arroz con cristales

Publicado el 23 de Febrero, 2018, 21:47

"Oriente es Oriente y Occidente es Occidente, y los dos nunca se encontrarán"   Rudyard Kipling 

La vida me lleva de regreso a Asia (aquellos que crean que eligen lo que hacen con "su" vida, me parecen simplemente unos ingenuos. Tenemos la falsa sensación de ser dueños de una vida particular a cada uno, formada fundamentalmente por representaciones mentales, la mayoría de ellas heredadas por condicionamiento familiar y social, y automáticamente asimiladas como propias: sentimientos, ideas, atracciones, repulsiones, escalas de valores, motivos, incentivos...y que esa vida circunstancial y contingente la dirigimos como mejor nos va pareciendo mediante nuestras acciones. La realidad es que participamos de la Vida (que no es privada sino transpersonal y común a todos los entes), y ésta siempre busca por sí misma su mejor desarrollo, al margen de deseos egoístas y fantasías narcisistas. Unos monos calvos consiguen caminar rectos, desarrollar un lenguaje  articulado y una cierta habilidad para fabricar herramientas, y automáticamente su arrogancia les hace crear conceptos absurdos como el de 'libre albedrío', eliminando de un plumazo el principio de intercausalidad al que están sujetos todos los fenómenos espacio-temporales. Con nuestra limitadísima inteligencia no somos capaces de comprender por qué acontecen los hechos que van forjando nuestra biografía, y creemos que lo que nos pasa es, o consecuencia de nuestras decisiones, o, si es imprevisto, sucede por algo que está fuera de nuestro control, a lo que hemos puesto el nombre de azar. Es cierto que tenemos la libertad para obstruir ese movimiento esencial que nos es dado y que no depende de circunstancias contingentes,   al que Spinoza denominó Conatus, ese impulso interno que nos guía , a golpe de intuiciones, siempre por el mejor camino para desarrollarnos según nuestra naturaleza particular, sin embargo, al negarlo, lo único que generamos es sufrimiento en nosotros y en lo que nos rodea: no permitir ser lo que ya somos para amoldarnos a un modelo mental, generalmente, para conseguir la aceptación y el reconocimiento de los demás, me parece la vía más segura hacia la infelicidad).  

Estas idas y venidas de la civilizada y decadente Europa a la imprevisible y, en muchos sentidos cruel, Asia me han ayudado, entre otras muchas cosas, a comprender mejor la sociedad occidental, al verla con mayor perspectiva y, sobre todo, al compararla con algo tan diferente como es Oriente y su filosofía de vida que en nada se parece a la nuestra. 

A continuación expondré algunas de las conclusiones a las que voy llegando en este análisis comparativo en proceso, siendo consciente de antemano de que Asia no es un bloque monolítico de pensamiento y comportamiento ( que además está asimilando a gran velocidad los valores caducos de Occidente), y además tratando de estar alerta para no  caer en maniqueísmos que puedan llevar a pensar que todo lugar exótico (por tanto desconocido, o superficialmente conocido) es necesariamente mejor que el propio; algo tan erróneo como pensar que todo tiempo pasado fue de alguna manera mucho más glorioso. De hecho, considero que la vida en Asia es excesivamente dura, y los desafíos a los que tiene que hacer frente un individuo (sin nada parecido a un Estado de bienestar que le sostenga) a lo largo de su vida son, en la mayoría de los casos, extremos; exactamente lo contrario de lo que lo que sucede en Occidente donde el asfixiante bienestar, la sobrevalorada comodidad, y la obsesión por la  seguridad y la salud, nos han sumido en un estado de hartazgo, cansancio, abulia y falta de energía creativa que han reducido la vida a una grisura predecible y  soporífera donde se alternan el trabajo sin descanso con la depresión y el consumo con el vacío afectivo que produce una sociedad de individuos aislados que se comunican fundamentalmente a través de redes telemáticas desde el más absoluto anonimato. 

TRABAJO- Una de las cosas que más gracia me hace cada vez que vuelvo a Europa, es que, aún no sé muy bien por qué, pero se da por sentado que la cultura occidental es muy hedonista, algo sobre lo que parece existir un acuerdo general. Me parece gracioso porque creo que no ha existido en toda la historia de la humanidad una sociedad menos hedonista que la nuestra. El hombre occidental, reducido a un animal laborans, tiene en el trabajo el eje vertebrador de su vida, y se autoexplota sin ningún tipo de límites ( es mucho más difícil poner cotas a la explotación propia que a la ajena, porque cuando uno se explota a sí mismo cree que en realidad se está realizando; hay que admitir en este punto la astucia del neoliberalismo), y su anodina vida consiste básicamente  en un ir de su casa al trabajo y del trabajo a su casa,… en los momentos en los que se permite una breve pausa para reponer fuerzas antes de regresar a su ajetreada vida, o bien mata el tiempo consumiendo sin control, o se divierte/embrutece con espectáculos zafios, que no son dignos ni de ser considerados como ocio. La inmensa mayoría de personas no tienen ni el más mínimo sentido de una vita contemplativa, por no hablar ya de un cierto interés en un desarrollo espiritual que les haga discernir entre la esencia eterna e inmutable que realmente son y la ilusión de características contingentes que creen ser. La relación con su cuerpo también es muy limitada y está basada, por lo general, en unos "placeres" muy burdos, como la comida, la bebida y un sexo de lo más primario basado por completo en la genitalidad, alejadísimos de eso que los clásicos definirían como "hedone". 

En Asia, por el contrario, el trabajo no se considera un fin en sí mismo ( lo que en Europa convirtió el trabajo en un fin en sí mismo, en algo que redime y salva per se, fue el calvinismo, que, a su vez, fue la base sobre la que se forjó el capitalismo y su lógica de acumulación infinita), ya que el eje vertebrador de sus vidas lo constituye la familia. La gran mayoría de los orientales siguen mostrando un mayor interés por lo espiritual que por lo material (repito que Asia no es igual, en nada se parece, por ejemplo, La India de Corea del Sur, por lo que  resulta arriesgado generalizar), aunque es verdad que esa espiritualidad, en muchas ocasiones está teñida, cuando no directamente reemplazada, por la religión, la superstición o la fe ciega en dudosos maestros, en lugar de en una investigación personal y directa acerca de la realidad última y eterna que está más allá de lo sensible y cambiante. Los asiáticos, con excepción de Japón (país situado geográficamente en Asia pero tan occidental como el que más), trabajan lo imprescindible para mantener a su familia, y la acumulación por la acumulación de dinero u objetos no tiene ninguna razón de ser para la mayoría de ellos. Excepto en países, hasta hace muy poco, extremadamente pobres, como puede ser el caso de China, en los que la irrupción del neoliberalismo económico ha supuesto una novedad muy atractiva debido a su pasada escasez hasta de los productos más básicos, los orientales no tienen en la riqueza material uno de sus objetivos vitales. En Asia no existen conceptos vacíos como clase ( así como otras construcciones políticas característicamente occidentales como género o raza). Allí, están los ricos (que generalmente han nacido ricos), y los pobres que han nacido pobres y casi con toda seguridad morirán siéndolo. En general no se piensa en promocionar hacia una clase superior, ni las personas de una clase tratan de emular a las de la clase inmediatamente por encima. Se acepta lo que se tiene, y se trata de ser feliz con ello. 

El oriental emplea el tiempo en que no está trabajando en cultivar las relaciones interpersonales, charlando, jugando (el asiático es lúdico por naturaleza, quizá por su carácter un tanto infantil) o tomando té con la familia o amigos; en la observancia religiosa; o en un ocio sencillo y solitario como el cuidado de las plantas, la poesía, la música, la caligrafía, etc,…algo que, a medida que avanza la occidentalización, tiende a considerarse poco atractivo por las generaciones más jóvenes que tratan de emular un estilo de vida que no les pertenece, lo que me resulta a veces divertido, y casi siempre, un poco patético. 

Los occidentales, totalmente desconectados de "La Fuente", y sin el sustento de una red tejida mediante lazos afectivos familiares o de amistad duradera, se hunden, y en su descenso solitario y silencioso hacia el fondo, para colmo, se aferran a cosas que se encuentran fuera de sí mismos, y que, por su la pesada carga que supone, hacen aún más inexorable su sepultamiento en un lodo del que ni siquiera son conscientes mientras los asfixia. Esas cosas a las que se agarra, y que le condenan a un sufrimiento y un malestar constantes, son: proyectos profesionales que le agotan y suelen terminan por sumirle en la depresión; enlaces más o menos temporales con personas con las que mitigar la soledad pero que pronto se convierten en una carga de la que desembarazarse lo antes posible; consumo de objetos que, una vez dejan de ser novedosos ( algo que ocurre cada vez más velozmente), sólo producen sensación de vacío aunque, paradójicamente, unas mayores ganas de seguir consumiendo para taparlo; experiencias supuestamente excitantes, como viajes, que en la práctica suelen resultar francamente  frustrantes;  acumulación de un conocimiento que, en el fondo, no es más que información inútil e incapaz de transformarse en una sabiduría válida para guiarse con más o menos éxito por los vericuetos vitales.  

El occidental acapara; el oriental, suelta. El occidental empuja, razón por la que está agotado; el oriental, fluye y acepta lo que la vida le va dando o quitando en cada momento. El occidental lucha; el oriental cede y se adapta. El occidental conserva; el oriental no tiene el más mínimo problema en destruir para dar paso a lo nuevo. El occidental aprende; el oriental olvida. 

POLÍTICA- Otra cosa que llama mucho mi atención cuando regreso al Viejo Continente, es lo mucho que la gente se implica en política, llegando a vivir bajo estados de auténtica crispación, en los que amigos o familiares pueden incluso dejar de hablarse tras una discusión de índole "ideológica" (lo pongo entre comillas porque ese enconamiento y odio hacia el que piensa diferente creo que se debe mucho más al aburrimiento que produce una existencia en la que no hay que luchar por casi nada que a una verdadera conciencia política).  

El asiático, por el contrario, a no ser que se trate de algo que afecte de forma muy directa a su vida y la de su familia, pasa olímpicamente de la política, consciente, como es, de que ésta se trata básicamente de una lucha por el poder entre grupos oligárquicos, en la que él simplemente no pinta nada. En Occidente, por alguna extraña razón que a mí se me escapa, los ciudadanos ( con un grado de ingenuidad que me parece conmovedor) están absolutamente convencidos de que son agentes activos en el gobierno de sus sociedades, y de que su grado de participación va mucho más allá de meter un papel en un caja cada cuatro años para elegir a unos representantes que claramente los desprecian.  

Otra razón que explica este desinterés en la regulación y administración del espacio público del oriental, es que éste vive inserto en lo que es, mientras que el occidental, influenciado por un nefasto idealismo filosófico, vive en una abstracción constantemente proyectada hacia el futuro, pensando en lo que cree que debería ser. El caso es que, como a la realidad rara vez le da por adaptarse a nuestras caprichosas y extravagantes, cuando no contradictorias, ideas, los occidentales permanecemos en un constante estado de frustración,  sufrimiento e infelicidad tanto a nivel personal como colectivo. La máxima de Occidente, desde la Modernidad, parece ser: "En un tiempo por venir, cuando se consigan determinadas metas, todo será mejor", sin caer en la cuenta de algo tan básico como que el presente no es más que el futuro de algún pasado, y que, por lo tanto, si no se es feliz ahora, no será posible serlo en otro futuro idealizado y  pospuesto indefinidamente. Esto es algo que los asiáticos, con su concepción circular del tiempo, aceptan con total naturalidad, aunque desde nuestro revolucionario punto de vista ( generado por un tiempo que progresa a nuestro antojo como una flecha hacia unos objetivos ideales y abstractos), nos parezcan unos pusilánimes o unos serviles por no luchar para cambiar un mundo que se considera injusto.

Desde de mi punto de vista, la política es inútil porque la emancipación, en cualquier sentido, sólo es posible en el nivel individual, no en el colectivo ( como han demostrado, una tras otra, las sucesivas revoluciones que han tenido lugar en el siglo XX, que indefectiblemente han supuesto una regresión en cuanto a justicia social, derechos y libertades), ya que lo único que puede hacer un grupo es luchar contra otro por el poder. Sin embargo, cuando los individuos logren liberarse de todo el condicionamiento que les esclaviza a los intereses creados por otros más poderosos, se romperá el círculo que lleva siglos permitiendo la dominación de unos pocos que someten y manipulan a la mayoría, porque entonces las élites dejarán de tener el apoyo que necesitan de las bases. Esa es para mí la verdadera revolución, la que sinceramente no creo que llegue nunca, ya que la mayoría de individuos necesita esa noción de pertenencia a un grupo aunque no participe de sus beneficios o incluso se tenga que sacrificar para que otros, a los que consideran de "los suyos", se beneficien. Lo que acaba de suceder en Cataluña con el proceso independentista, me parece un magnífico ejemplo de ello: gente que sale a la calle envuelta en un trapo de colores, y dispuesta a que literalmente les partan  la cara para que los  que les manipulan y adoctrinan mediante mentiras históricas, económicas, etc.. puedan seguir enriqueciéndose inmensamente mediante, por ejemplo, el cobro de comisiones ilegales. Que esto sucediese en la Edad Media es algo perfectamente comprensible, lo que me parece extrañísimo es que siga pasando hoy en día.

PAREJA- En tercer lugar, me gustaría comparar el tema de las relaciones de pareja, experiencia erótica, o el nombre que se le prefiera dar, (no me gusta utilizarla palabra "amor" referida a la pareja, ya que considero que el amor es un sentimiento de simpatía y compasión hacia todos los seres en general, y no se puede dirigir a una persona concreta con la que, en la práctica, se suele establecer una egoísta relación de mutua dependencia y de exclusividad que reduce al otro a un objeto que se posee)…algo que a mí parecer se ha vuelto casi imposible en Occidente por las siguientes razones: Parece obvio que el principal motor del erotismo es esa mezcla de atracción y misterio que provoca lo diferente. Nos resulta estimulante descubrir un mundo desconocido, con la emoción que desencadena lo sorpresivo en aquello que no es igual a nosotros.

El problema es que Occidente se ha convertido en una sociedad de narcisistas que buscan en el otro únicamente su aprobación y su reconocimiento, y por otro,  ya no existe diferencia entre géneros porque las mujeres, en su lucha emancipatoria de la dominación de los hombres ( tras siglos de esclavitud y ninguneo) han asimilado los rasgos característicos de sus explotadores (la violencia, la competitividad, la rudeza,…), y han renunciado a aquellos que le son propios ( el amor, la compasión, el cuidado, la amabilidad, la dulzura,…), que el "hembrismo" dominante ( movimiento que ha suplantado al feminismo, y que no aboga por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres sino que promulga el odio entre unos y otros) considera como negativos en lugar de como valores. Cuando aquello con lo que se supone que te tiene que erotizar son hombres con vagina (cada día más soeces, agresivos y resentidos hacia todo lo que tiene que ver con la masculinidad, que asocian automáticamente al poder del patriarcado), la verdad es que, a mí por lo menos, se te quitan las ganas, y esa supuesta experiencia erótica que conlleva el transgredir lo propio para adentrarse en un universo otro  deja de ser apetecible, incluso posible, razón por la que lo que se produce hoy en día en nuestra plana y nada misteriosa sociedad occidental, en la mayoría de las ocasiones, es un total desencuentro entre hombres y mujeres ( cada vez más iguales pero no lo suficiente como para identificarse completamente), cuando no un enfrentamiento directo, o, en el mejor de los casos, un encuentro sexual demasiado directo, rápido, negado de toda erótica,… descarnadamente pornográfico: el sexo en Occidente tiene mucho más de búsqueda interesada y egoísta del placer (cuando no directamente un acto de depredación) que una demostración de cariño, y ternura. Yo lo veo como algo bastante depravado que tiene más que ver con la dominación que con la búsqueda del goce sensorial (¿cómo puede ser posible la complementación y la participación conjunta con alguien a quien consideras tu mayor enemigo y explotador?). 

En la cultura occidental, donde el comercio es el nuevo dios y la publicidad su profeta, se banaliza el cuerpo, a través de una exposición tan zafia como omnipresente, y de esta manera,  se convierte en objeto de un deseo que, al carecer de narrativa,  solo puede ser consumido, provocando con ello la misma frustración y sensación de vacío que produce la adquisición de objetos novedosos cuando pierden el aura de novedad al cabo de unos pocos días. Una relación de pareja implica un "ir conociendo" al ser amado, adentrarse paulatina y gradualmente en su mundo, y, a su vez, compartir el propio en un proceso de apertura mutua. Para que esto pueda suceder es necesario que ese conocimiento mutuo se desarrolle dentro de los márgenes de una duración temporal, y el tiempo en Occidente, desde la Modernidad, no se rige ya por la duración sino por la urgencia y la novedad. 

 En Oriente, en lo concerniente a las relaciones de pareja, todo se reduce a un único objetivo: casarse y formar una familia. El amor romántico (ese invento europeo, íntimamente asociado a la creación de una clase propietaria a partir del Renacimiento: la burguesía) no tiene prácticamente ninguna importancia en la vida de un oriental; es algo que conoce, entiende y con lo que incluso se puede entretener cuando lo observa en una película, pero, en la vida real, priman otros factores a la hora de elegir pareja, como la capacidad económica para mantener a la prole, la cantidad de la dote que paga la familia de la novia, la fertilidad de ambos contrayentes, etc. Esta obsesión por tener hijos varones (que se harán cargo de sus padres cuando sean viejos en países sin seguridad social ni sistema de pensiones) no impide, sin embargo, que la relación erótica sea aún posible en Oriente porque, aunque a medida que van asimilando el neoliberalismo, también tienden a desaparecer, todavía siguen existiendo ciertos vínculos afectivos en sus sociedades, y las personas no han sido radicalmente reducidas a cuerpos que producen y consumen, como ha sucedido ya en las nuestras. Otra razón es que, todavía se mantienen los roles de género; las mujeres no tratan de emular a toda costa a los hombres para luchar por el poder con sus mismas armas, y conservan aún ese universo femenino (que en Occidente se considera anticuado y decadente, cuando lo decadente es precisamente lo que está ocurriendo: el imperio de lo igual, que tan bien le viene al capitalismo para el consumo masivo de los bienes innecesarios que produce sin descanso) que las convierte, bajo mi punto de vista personal, en tan atractivas y deseables. En Asia, las mujeres parecen mujeres, y lo más importante, se comportan como tales, lo que no las convierte ni mucho menos en seres sumisos o meros objetos decorativos ya que, aunque no estén muy presentes en la vida pública, son el pilar sobre el que se asienta su institución principal:  la familia ( es cierto que, en general, se interesan mucho más de su aspecto físico y mucho menos de su desarrollo intelectual que las occidentales, pero eso va cambiando poco a poco, y las nuevas generaciones de chicas se preocupan cada vez más de ir a la universidad o de viajar, incluso algunas ya se plantean el hecho de no casarse ni tener hijos como una prioridad). Se podrá alegar que el machismo oriental, donde la mujer es sistemáticamente silenciada y tiene nula presencia en el espacio público es tan decadente como el hembrismo occidental,  y es cierto. Una sociedad pujante es una sociedad justa e igualitaria,  aquella donde un género no explota u obstruye al otro, pero parece obvio que la solución no se encuentra en la eliminación de los géneros, sino en la inclusividad del más desfavorecido, aceptando las diferencias, y no planteando una absurda batalla en la que un género asimila lo peor del otro para luchar en "igualdad de condiciones". La verdadera evolución (no revolución)  sexual llegará, en todo caso, cuando los hombres seamos capaces de dar el amor, la protección y el cuidado que proporcionan las mujeres y no al revés, pero, de nuevo, creo que esta transformación social sólo será posible a través de una toma de conciencia a nivel individual y no colectiva, no se producirá jamás por medio de una dialéctica de tipo político que enfrenta a colectivos que se necesitan en todos los niveles.