arroz con cristales

Octubre del 2017


Publicado el 15 de Octubre, 2017, 12:05

A finales de los años sesenta y durante la década de los setenta, ocurrió algo tan extraño (por irrepetible) como bello (por su calidad artística); las majors de Hollywood apostaron por un cine experimental (todo lo experimental que puede ser hacer cine para una industria cuyo principal objetivo es ganar dinero). Sea como fuere, se dio pábulo y gran libertad artística a jóvenes directores con un talento inconmensurable. De aquella época son Easy Rider (1969), de Dennis Hopper; Zabriskie Point, de Michelangelo Antonioni (1970); Taxi Driver (1976), de Martin Scorsese; o A Clockwork Orange (1971) de Stanley Kubrick, por nombrar sólo algunas de las más famosas. En todas ellas, el tema filosófico principal es el de la libertad individual y las repercusiones sociales que supone su ejercicio, tan en boga por aquellos años de vuelta a la naturaleza, interés por la filosofía oriental y su promesa de liberación y tanscendencia, experimentación por medio de drogas, una nueva forma de entender las relaciones sexuales fuera de las instituciones tradicionales, y la idea del viaje como fuente de autoconocimiento, adelantada por escritores como Jack Kerouac en su magistral On The Road, una década antes.

El director Sidney Pollack, que más tarde caería rendido, con bastantes altibajos, en los insulsos y poco artísticos brazos del cine comercial, con películas tan almibaradas y simplonas como Out of Africa (1986), también tuvo cabida en aquella época dorada de Hollywood y realizó algunas películas muy interesantes en unos tiempos en los que, y sin que sirviera de precedente, se impuso el arte sobre el mercado en la "meca" del cine. Concretamente, a dos años del cambio de década, filmó una preciosa cinta, poco conocida por un público mayoritario, titulada The Swimmer (1968), basada en un cuento homónimo de John Cheever. En ella, un maduro, aunque todavía atractivo, Burt Lancaster, arquetipo del seductor norteamericano, interpreta a un exitoso y carismático hombre de negocios al que inopinadamente se le ocurre llevar a cabo una excéntrica proeza, como es la de llegar hasta su casa de una manera, cuando menos, original. Ned Merrill, que así es como se llama el personaje interpretado por Burt Lancaster, pertenece a esa decadente élite estadounidense de gente con dinero y cierta sofisticación. Situada en un exuberante e idílico condado a las afueras de Nueva York, habita esta comunidad formada el Señor Merrill y por sus vecinos, gente tan acaudalada como él; una comunidad, en la que todos parecen conocerse y tener un trato cercano que se ha ido forjando a través de vínculos de amistad tejidos desde la infancia. La idea de Ned resulta disparatada para sus conocidos que parecen no comprender por qué quiere llevar esta extravagancia a cabo; dicho plan consiste en cruzar a nado las piscinas de sus potentados vecinos situadas en una línea imaginaria trazada desde el punto en que se encuentra cuando tiene tan descabellada ocurrencia hasta su propia casa, algunos kilómetros colina arriba. Cada vez que Ned se presenta por sorpresa, semidesnudo, voluptuoso, en una propiedad para nadar en su  piscina, no sólo se sumerge en sus aguas, sino también en un microcosmos de relaciones interpersonales que van desde la más sincera admiración y cariño (en ocasiones, se le recibe como al héroe que llega victorioso tras una contienda que se ha prolongado más de lo esperado), hasta el más abyecto rencor, larvado durante años por alguna afrenta de un pasado que, a medida que la narración se desarrolla, se va revelando con más sombras que luces. Lo que el protagonista ( y el espectador) desconoce es que tras esta aparentemente inocente travesura, se oculta un viaje iniciático que lo transformará para siempre.

Para mí, esta película no sólo supone una obra maestra del cine (increíblemente moderna a pesar de sus casi cincuenta años), sino todo un modelo de actitud hacia la vida y los demás, porque nos presenta una forma de estar en el mundo de forma auténtica, como modo de resistencia frente a los condicionamientos y convenciones sociales donde imperan valores basados en la corrección política, la búsqueda desesperada de reconocimiento y éxito, y la falta absoluta de genuina iniciativa individual y creatividad, que logran que vivamos obsesionados con proyectar una  imagen de perfección para un "público" tan  saturado de información que no tiene ni tiempo ni energía para tenernos demasiado en cuenta. Nos tomamos tan en serio a nosotros mismos, nuestro discurso (nada original, en general) y las banalidades que producimos, que hemos transformado algo maravillosamente misterioso e imprevisible, en una fuente de aburrimiento, preocupaciones, competición y neurosis. Sin embargo, la actitud infantil (en el buen sentido de la palabra porque, de hecho, no debería tener uno negativo) de Ned Merrill le posiciona automáticamente en un entendimiento del mundo como campo de juego en lugar de como el campo de batalla que nos propone el capitalismo como expresión productiva del darwinismo, y de la existencia como una exploración creativa, una acción poética fuera de los encorsetados circuitos del arte institucionalizado; la vida como obra de arte completa sin la necesidad de generar objetos que se repiten a sí mismos de forma cíclica, con pequeñas variaciones según las demandas del mercado. Si la vida es una ficción, ¿por qué conformarse con vivirla como meros espectadores pasivos en lugar de como escritores que en todo momento están generando de manera consciente un relato que resulte mucho más interesante de lo que podría ser de no intervenir creativamente?.  Cada vez que Neddy, como le llaman los más cercanos, le cuenta a alguien el "proyecto" que está llevando a cabo, se autodefine como un explorador (con la misma naturalidad con la que Don Quijote se autodefinía como un caballero andante). Naturalmente, eso provoca las risas, la incomprensión, o la suspicacia de sus amistades, muchos de los cuales, le toman, como a Alonso Quijano, por un chiflado que vive ajeno a la realidad. Igual que en la novela de Cervantes, en su deriva, se producen momentos de auténtico patetismo, como cuando el cincuentón Sr. Merrill trata de mitad seducir, mitad proteger, sin ningún éxito a una ingenua "admiradora" adolescente que no acaba de  entender  muy bien cuáles son sus intenciones; o como cuando llega a una fiesta en la que no es bienvenido y de la que sale de forma violenta por el adocenamiento de una gente entregada a una vida materialista; por no hablar del amargo y desgarrador final donde se le humilla sin ninguna compasión por gente mundana. No obstante , Ned Merrill, continúa nadando impertérrito de piscina en piscina, jugando con el universo, a pesar del abatimiento físico (especialmente bella es la escena en la que comienza a tiritar de frío, en presencia de su ex amante, a causa de un sol que parece calentar a todos menos a él) y de la devastación emocional y moral producida por la rememoración de un pasado que él recordaba, sin duda, mucho más glorioso que aquellos a los que, seguramente sin proponérselo, ha hecho daño de alguna forma.

También en este sentido, me parece que la cinta es notable, ya que supone una interesante reflexión sobre lo que somos y sobre cómo construimos nuestra identidad en base a los recuerdos y la imagen que nos devuelven los otros, y cómo ésta nos conforma como individuos. Absolutamente todas las conversaciones que Ned lleva a cabo con las personas que se encuentra en su camino versan sobre el pasado: los años de universidad, el dinero que en su día pidió prestado y no devolvió, los romances que no fueron todo lo idílicos que se esperaba, las fantasías sexuales que despertaba años atrás entre mujeres mucho más jóvenes que él... Al protagonista le gustaría ser libre, ser un caballo, correr como un caballo, saltar como un caballo…, pero no es más que una mosca  atrapada en la telaraña que conforman los recuerdos ajenos, un pasado del que es en vano tratar de escapar porque  nadie parece interesarse lo más mínimo por saber cómo se encuentra en el momento actual, de hecho, todos parecen conocer una dolorosa verdad del presente que él desconoce (o se niega a afrontar) pero actúan como si nada sucediera, disimulan hipócritamente y se limitan a sacar a relucir memorias, gratas en unas ocasiones, amargas en otras.  Aquí, es precisamente donde surge la reflexión en torno a la libertad: ¿es posible ser libre cuando nuestra identidad se cimenta en esa falsa imagen, a la que llamamos "yo", que hemos forjado a través de los años, y por la que los otros nos reconocen y con la que nos identifican; una imagen que nos condiciona dramáticamente a pesar de que la realidad sea que, como sucede en el resto de seres que pueblan este universo, desde una galaxia hasta un adenovirus,  estemos en constante proceso de transformación y evolución?, o dicho de otro modo, ¿son los individuos viviendo en sociedad capaces de labrar su destino de manera independiente, o como pesimistamente reflejaba el naturalismo, estamos completamente determinados por las fuerzas (psicológicas, sociales, políticas, económicas...) invisibles del grupo?.

Puede que  las piscinas que cruza Ned Merrill sean precisamente una metáfora del rio de Heráclito en el que no nos podemos bañar dos veces, o quizá de ese otro rio de Palestina en el que Jesús bautizaba a sus seguidores, convirtiéndolos en personas renacidas, sin pasado, libres, como el propio Ned Merrill cuando llega por fin, exhausto, llega a su casa.

Desde aquí, me  gustaría alentar a ejercer el derecho de meterse en piscinas ajenas, y reclamo el valor necesario para ello. Liberarse del miedo que produce lo desconocido o lo diferente, o lo no aceptado socialmente. A tirarse de cabeza, sin pensar en "likes", ni condicionados por lo que se supone que somos, o, peor, por lo que se supone que debemos ser. Considero que sólo así vivida, la vida tiene sentido. En caso de encontrarnos con una piscina vacía, reivindico la capacidad de imaginarnos que tiene agua, y seguir nadando dando brazadas en el aire, con la misma entrega y convicción con que las daríamos para disfrutar del roce del agua sobre nuestra piel, como hace Ned Merril con el niño que vende limonadas a nadie.