arroz con cristales

Publicado el 16 de Marzo, 2017, 18:02

Los países son como las personas; los hay turbios, los hay acogedores, los hay bellos, los hay complicados, los hay tristes, los hay sucios, los hay aburridos,…Si tuviese que identificar a Chile con un tipo humano, sin duda sería con el del señor que trabaja en correos y cuyas conversaciones se limitan a enumerar las ofertas del supermercado de la esquina. Dicen que es el país de los poetas, pues yo creo que me he debido de ir al Chile de al lado, al de los ingenieros, ya que casi todo el mundo que he conocido practica esa noble y desinteresante profesión en alguna de sus modalidades. Chile es la Corea del Sur de América, un país próspero en su entorno pero excesivamente genérico (es decir, "agringado") caracterizado por su indefinición identitaria y su mediocridad ( por alguna extraña razón asociamos siempre la mediocridad con algo negativo, cuando, por definición, no es algo ni negativo ni positivo. España me parece el país de la mediocridad por antonomasia, una sociedad que no sobresale en nada, que no sea deporte o cocina de autor, ni por arriba ni por abajo. La mediocridad en España tiene una causa clara: el "amiguismo". En mi país los mediocres premian a sus amigos más mediocres aún que ellos, y los tipos válidos hacen las maletas y se van a vivir fuera, casi siempre a países anglosajones, donde tener amigos influyentes es casi más un lastre que una ventaja sobre el resto). Cuando digo que  Chile es un país mediocre, me refiero a que no es un país pobre pero tampoco es rico (ser el país más rico de Latinoamérica es como ser el campeón de la Segunda División); sus moradores no son, ni mucho menos, unos amargados violentos como los alemanes, pero tampoco desprenden la simpatía y buena onda de mexicanos o brasileños, o la ingenuidad y candor de la mayoría de los asiáticos (los chilenos se hacen los acogedores pero creo que tiene mucho de paripé, como de papel que tuvieran que representar de cara al extranjero, aunque no digo que no haya gente que te intente ayudar de corazón); las chilenas no son guapas como las colombianas o las argentinas pero tampoco son los "callos" bolivianos. Su gastronomía se ciñe a perritos calientes (a los que en un alarde de exotismo culinario añaden tomate, aguacate y mayonesa) o platos tan elaborados como la "salchipapa" (patatas fritas con trozos de salchicha, todo ello regado con abundante Keptchup) que han debido de ser ideados por un chef de unos seis años; su plato estrella es la empanada, que tampoco me parece el "non plus ultra" del universo culinario, (gracias a dios, los peruanos han invadido el país con millones de restaurantes donde se come comida de verdad, aunque a precios noruegos). En Chile no se vive mal, aunque siento que le falta algo para que se viva bien, ese punto que es difícil de definir con palabras, y que otros lugares sí tienen y lo notas nada más bajar del avión. Lo más singular, y para nada mediocre de Chile son sus paisajes, tanto los terrestres (o lunares) como los estelares, que yo no he visto, ni creo que vea nunca, cielos estrellados de una belleza tal como los que he tenido el privilegio de ver en el desierto de Atacama.

Lo único que me produce verdadero asombro de este país, a parte de los ya mencionados paisajes de volcanes nevados, bosques inabarcables y lagunas altiplánicas, es su historia más reciente: ¿cazas que bombardean el Palacio presidencial con su presidente dentro, el cual, mientras caen las bombas, radia tranquilo un emotivo mensaje de despedida al joven estudiante y al ama de casa chilena: "me sacrifico por vosotros y por una sociedad más justa"? (¡Ay, si levantaras la cabeza, Salvador, y vieras cómo tu país se ha convertido más o menos en lo contrario a lo que tú pretendías!); ¿guerrilleros marxistas, casi niños, dispuestos a entregar su vida para atentar contra el sátrapa de Pinochet? (atentado del que, por cierto, escapó de puro milagro, algo que ningún aguerrido comunista o anarquista español intentó seriamente durante los ¡cuarenta años! que duró la sangrienta dictadura fascista de Franco); ¿Implacables torturadores que aplicaban durante horas corrientes eléctricas en los genitales de personas cuyo único delito había sido tener en su casa "El Capital" de Marx? (para mí, la verdadera tortura es el simple hecho de leerlo, pero bueno, cada uno mata su tiempo como le viene en gana.)…¡No entiendo nada!, ¿son estos los mismos tipos anodinos, y "americanizados" hasta la médula con los que me relaciono en mi día a día?. Esa misma sensación de extrañeza y desconcierto tenía en China cada vez que veía las colas que, a las puertas de Gucci, Prada o Dior, formaban los nuevos ricos chinos (que ya deben ir como por los cien millones), esperando para entrar al asalto y llevarse de cinco en cinco bolsos de las citadas marcas previo pago de unos 5000 euros cada uno; ¿son estos los mismos que hace tan solo cuarenta años apaleaban y escupían, acusándolo de terrateniente, al pobre campesino que poseía un huerto de diez metros cuadrados, o colocaban orejas de burro al profesor universitario al que tachaban de revisionista al servicio de Estados Unidos, el imperialismo y la burguesía?, recuerdo que me preguntaba incrédulo cuando vivía allí (aunque de los de los chinos uno se puede esperar absolutamente cualquier cosa, estoy seguro de que si mañana les dicen que se coloquen otra vez la gorrita Mao y meneen el famoso librito rojo con sus frases cursis y afectadas del tipo: "La revolución no es como asistir a una cena de gala", lo hacen sin rechistar, y la mayoría, tan contentos). Estos dos ejemplos de cambio radical de mentalidad y comportamiento en tiempo record, y en dos partes del mundo que no tienen nada en común entre sí, son suficientes para validar una de mis muchas teorías: las ideologías, de cualquier signo, no son más que cuentos con los que los más avispados (o mezquinos, o generalmente ambas cosas) engatusan y manipulan a los más cretinos (o ingenuos, o generalmente ambas cosas) para ponerlos a su servicio, y tomar y conservar el poder. En realidad la forma en que operan los ideólogos, ya sean políticos o religiosos, no es muy distinta de cómo opera la mente individual: "En el futuro todo será mejor". La ideología, la que sea, te coge por las solapas y te saca de la realidad para meterte en un mundo de fantasía, donde siempre espera un futuro rosa una vez que se cumplan ciertas condiciones (te mueras y entres en el paraíso, se logre construir una sociedad sin clases, nos independicemos de tal Estado,...). Lo que más me gusta del liberalismo (filosofía política que los desinformados confunden con el "neoliberalismo" de los años 70, que no es más que una teoría económica que aboga fundamentalmente por la desregulación de los mercados y la privatización de los servicios sociales), es que no promete una sociedad idealizada; simplemente trata de que los individuos se relacionen como pares y se reconozcan iguales en derechos y oportunidades aquí y ahora (algo que en la práctica tampoco es tan sencillo). Se puede engañar a todos un rato, o a unos pocos todo el tiempo, lo que no se puede es engañar a todos todo el rato, y como bien saben los taoístas, al final, el agua siempre vuelve a su cauce. Nos guste o no, lo que la gente quiere y busca consciente o inconscientemente, aquí y en China, es demostrarle a su vecino que ha llegado más lejos que él, restregándole por la cara que es capaz de comprar cosas que el otro no es capaz y que le otorgan estatus social, para de esta manera auto convencerse de que todo ese esfuerzo inútil que requiere su miserable vida, en el fondo ha servido para algo. Son muy pocos los que viven de espaldas a la opinión ajena y llevan a cabo esa vida auténtica a la que hacía referencia Heiddeger.

En el país en que me encuentro ahora, en tan solo cuarenta años, se ha pasado del marxismo más radical, un marxismo bendecido por el mismísimo Fidel Castro (que durante su casi eterna vida ha ejercido el papel de una especie de "Papa Rojo", bendiciendo, cuando no apadrinando y financiando cualquier movimiento armado que tuviera cierto tufillo, aunque fuera remoto, a revolución marxista, si con ello podía sacar algún provecho para su exangüe economía y mantenerse a flote unos años más machacando a su resignado pueblo), al neoliberalismo y  consumismo más salvaje, en nada diferente al de Estados Unidos, si no, incluso más, diseñado por los "Chicago Boys", discípulos del mismo Milton Friedman, durante la dictadura del general Pinochet. ¿Cómo es esto posible?. La respuesta es muy sencilla: porque el comunismo (o el fascismo, que en el fondo, vienen a ser casi lo mismo con ciertas variantes como el ardor nacionalista de éste) no es algo que nazca orgánicamente del pueblo (en general, demasiado ignorante como para comprender su complejidad teórica política; me imagino a mi abuelo, un agricultor manchego semianalfabeto, el lío que debía tener el pobre en su cabeza durante los revolucionarios años treinta, como la inmensa mayoría de los españoles, que lo mismo te levantaban el puño como te extendían la palma hacia el sol cual legionarios romanos: marionetas en manos de desalmados jacobinos a sueldo de Moscú como La Pasionaria o Carrillo, o señoritos como José Antonio, a los que el pueblo, con el que se les llenaba la boca en sus astutos discursos, les importaba menos que nada. En realidad conceptos como "patria", "clase" o "pueblo" o "etnia" me parecen demasiado abstractos e imprecisos como para sentirse realmente identificado con ellos, y creo que uno, al final, se preocupa básicamente porque su vida, y como mucho la de sus familiares directos, sea lo mejor posible, y si para ello se tiene que asociar con otros a los que le une algo, lo que sea, para atacar a unos terceros, pues se hace. La vida es, primero que nada, una lucha por la supervivencia, y no digo que no existan en la realidad ejemplos prácticos de ese concepto llamado solidaridad, pero mi experiencia me dice que ésta se da como sentimiento real en muy pocos individuos, y que para nada es feudo exclusivo de los explotados y oprimidos, como nos ha querido siempre hacer creer la izquierda más simplona; yo creo que eso que se dio en llamar a principios del siglo XX "conciencia de clase", en el fondo, no era más que "envidia de clase", de los pobres hacia los ricos, a los que empezaron a matar por el simple hecho de tener más que ellos, o "resentimiento de clase" hacia una religión que controlaba la vida privada de la gente desde el púlpito, de igual forma que la "conciencia patriótica" de los nazis no era más que el odio indisimulado que sentían hacia una minoría más inteligente y culta, y que vivía más holgadamente que los depauperados alemanes en su propio país en los años veinte, a la que convinieron en exterminar para quedarse con sus posesiones, empastes de oro incluidos), sino que se le impone, a punta de pistola (que el "allendismo" no fue tan pacífico como se intenta vender lo prueban hechos como que la  guardia pretoriana del presidente, por poner un ejemplo, estaba compuesta por miembros del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria), que es algo tan provocador y difícil de comprender como si de la seguridad de un supuesto Lehendakari abertzale se ocupara ETA-militar) por una clase media burguesa (Allende, igual que Ernesto "Che" Guevara, era médico, hijo de una familia acomodada y católica, como Fidel, y no tenía ni el más mínimo vínculo real con el proletariado. Una anécdota, que no si será cierta, dice que, el doctor Allende, todos las noches, al volver a casa, quemaba sus ropas para evitar contagiarse con los microbios y bacterias que le pudieran transmitir los pobres harapientos a los que abrazaba tan efusivamente durante sus campañas) que en un momento dado decide hacerse con el poder, bien sea por medio de las urnas, como en Chile, o por medio de la insurrección sangrienta como en Cuba, o Rusia (donde una clase burguesa dirigente, mayoritariamente judía, manda u obliga a los trabajadores a jugarse la vida por ellos, y al día siguiente de vencer, con el pastel ya en la mano, los envía otra vez de vuelta a las fábricas en las mismas condiciones. En el socialismo siempre ha existido una aristocracia, un "nosotros" y un "ellos"). Allende, que no me pega que fuese un jacobino al estilo de su "compañero de armas" como él llamaba a Fidel (lo que demuestra de nuevo lo poco tibio e independiente que era Allende, y lo alineado que estaba con el bloque soviético en los años de la Guerra Fría), y que seguramente estaba motivado por causas nobles de igualdad y justicia social, practicó un marxismo sin leninismo, es decir, nacionalizó la banca y parte de la industria minera, aprobó la reforma agraria, pero no impuso al Partido Comunista como partido único, ni disolvió las cámaras de representantes, ni abolió la independencia de los tres poderes, ni maniató a la prensa, ni "purgó" al ejército (si lo hubiera hecho, no le habría servido de mucho, ya que los golpistas se "camuflaron" de leales hasta el día antes), ni encarceló a los opositores, ni prohibió las huelgas, ni conculcó el derecho a la manifestación, ni ordenó a los servicios secretos que espiasen a todos los que formaban el "pueblo" como potenciales "enemigos del pueblo"..., en fin, todas las medidas clásicas de ese "Estado de Terror" leninista llamado "Dictadura del Proletario" que, al final, no es más que una "Dictadura del Secretariado" en contra del pueblo (que se lo digan a los húngaros a los que acribillaron y masacraron en el otoño del 56). Ese fue su "error" (por el que algunos le tildan de ingenuo), el que le costó el gobierno y la vida (si no eliminas físicamente a la burguesía como prescribía Marx en su "Capital", ésta te acabará eliminando a ti), porque ambos, marxismo y leninismo tienen que ir juntos si quieres permanecer medio siglo en el poder sin preguntar a tu pueblo si te quiere o no, como cierto señor con barba que acaba de morir en su cama. El día en que Salvador Allende se inmoló, según él, en una suerte de martirio crístico para la redención de los obreros chilenos, éstos salieron por miles a lo largo (iba a decir "y ancho" del país, pero tratándose de Chile, lo dejaremos en sólo en largo) a la calle a brindar con "pipeño" ( el vino más barato, no con el  champagne con el que seguramente brindarían en las casonas de Las Condes o de Providencia, pero a brindar al fin y al cabo) y a bailar la cueca porque eran conscientes de que en breve se acabarían las interminables colas para comprar los alimentos más básicos, tomar el transporte público, o las huelgas que duraban semanas y que tenían al país completamente paralizado, es decir, que se volvía a eso que hemos dado en llamar la "normalidad" en oposición a eso otro que hemos dado en llamar la "revolución" (por cierto, acabo de leer una obra del "antiteatro" de Fassbinder titulada, "Anarquía en Baviera", en la que el cineasta muniqués hace una graciosa parodia de los revolucionarios de aquellos años, finales de los sesenta y principios de los setenta; en ella, se descojona de su estupidez dogmática, de las contradicciones ideológicas de unos tipos tan inmaduros, de las situaciones grotescas que se producen cuando se quiere acabar de la noche a la mañana con instituciones, como la familia o el dinero, que llevan arraigados en la sociedad y la han vertebrado durante milenios,…¡hasta las putas se quejan a los revolucionarios y les piden que les dejen trabajar en paz!. No creo que Fassbinder sea precisamente una persona sospechosa de conservadurismo burgués, a lo Chesterton, y seguro que se inspiró para escribir esta obrita en sus amigos de la Baader-Meinhof, de los que se cachondeaba en privado al verlos tan absolutamente perdidos en cuanto a sus objetivos concretos para construir una sociedad mejor).

Que nadie lea en este artículo ( o si lo hace, que sepa que está en un error, porque yo siempre defenderé la legitimidad de las urnas, y el gobierno de la Unidad Popular era absolutamente legítimo) una justificación del golpe militar, y mucho menos de los dieciséis subsiguientes años de "pinochetismo" plagados de asesinatos, torturas, encarcelamiento, exilio…pero la historia es como es, y se podrá interpretar pero no cambiar: la mañana del once de septiembre de 1973, cuando comenzaron los primeros tiros y bombardeos en la Moneda, los obreros chilenos, los mismos que llevaban meses coreando a grito pelado: "Allende, Allende, el pueblo te defiende", no acudieron de forma espontánea, masiva y a pecho descubierto ( como sí sucedió heroicamente en Madrid el dieciocho de julio del 36) a rodear el palacio y defender con su vida al gobierno constitucional que habían votado tres años antes (algo que puede que evitara que estallara una guerra civil con miles de muertos, como sucedió en mi país). Para parar el golpe (que no era ni mucho menos el primero que sufría Allende), a la Moneda tenían que haber ido unas cien mil personas ( habría que ver si los golpistas hubiesen tenido los huevos de asesinar a sangre fría a cien mil hombres y mujeres desarmados) y fueron unas cien (con toda seguridad, "miristas" que sabían que ya no tenían nada que perder porque los iban a torturar y matar unas horas más tarde), el resto se quedaron en sus casas y puestos de trabajo escuchando la radio (como los españoles durante la chaplinesca asonada de Tejero). Un par de horas después, todo se había terminado, seguramente, para muchos, el sueño de realizar una sociedad más justa, eso no lo pongo en duda (como he dicho antes, hay mucho ingenuo suelto por ahí que debe de pensar que las sociedades se cambian mediante procesos revolucionarios en los que los obreros bailan mientras trabajan, y cantan canciones de Víctor Jara y Silvio Rodríguez, y la burguesía renuncia voluntariamente a sus posesiones y sus privilegios por el bien de la justicia social y el interés general), pero para muchos otros la pesadilla de un país sumido en el caos (puede que en parte debido al sabotaje, que lo hubo y mucho durante el gobierno de la Unidad Popular) y sobre todo dividido en dos facciones irreconciliables. Hoy Chile es un país unido, sin ninguna identidad cultural y "americanizado" hasta la médula pero unido, donde no se habla demasiado de aquella época y se mira hacia adelante, y donde llegan millones de emigrantes de países pobres como Haití, o empobrecidos como Venezuela, Colombia, o España, atraídos por su prosperidad económica y estabilidad política. ¡Que viva el pueblo!.