arroz con cristales

Publicado el 10 de Enero, 2017, 11:58

El diccionario vincula la acción de viajar a la de trasladar(se), desplazar(se), y transportar. Para mí, viajar supone algo bastante más complejo que un simple desplazamiento (se puede mover un cuerpo de un sitio a otro para escapar, por ejemplo, de un conflicto armado, sin que me parezca que eso de por sí, suponga viajar). De igual manera, el turismo me parece un mero desplazamiento, en muy poco diferente a un viaje de negocios, donde las personas se trasladan a un lugar diferente de aquel donde residen para realizar algo concreto, ya sea firmar un contrato o fotografiar determinado monumento. Lo que básicamente diferencia a un viajero de un turista es que el segundo tiene el objetivo de "ver" el mayor número de cosas en el menor tiempo posible, mientras que el segundo trata de ver el menor número de cosas en el mayor tiempo posible. El turista es el oficinista del viaje, un notario que da fe de que lo que ha visto en guías, revistas, documentales, etc, existe en la realidad.

En nuestra sociedad del rendimiento, el "viaje" cumple básicamente dos funciones: por un lado la de ofrecer una recompensa en forma de desconexión vacacional (para poder continuar con la explotación inmediatamente después), y por otro, la de proporcionar estatus, ya que el "viaje" se compra como una mercancía más, que indica el poder adquisitivo exactamente igual que un coche lujoso o una casa grande.

También existe una rara especie de personas (aunque cada vez más numerosas), entre las cuales me incluyo, llamadas nómadas, para las que el viaje no desempeñaría ese papel de interrupción temporal de un continuo vital, sino que, por el  contrario, es el hecho de permanecer en un mismo y único lugar lo que constituye una excepción. Los primeros hombres eran nómadas, sus posibilidades de sobrevivir dependían de no asentarse en una zona determinada, por lo que su vida era precaria, insegura e imprecisa. Si este tipo de vida nómada no se ejerce por una necesidad imperiosa ligada a la supervivencia, parecería que se trata más bien de una extravagancia, de un capricho, sin embargo, yo creo que sí existen razones de peso para ejercer el nomadismo en el marco de la sociedad contemporánea, donde las condiciones materiales son tan favorables. Trataré de explicar, en pocas palabras, porque me parece tan fundamental viajar, y sobre todo, hacer del viaje una forma de vida.

En primer lugar, como ya sabían en la antigüedad, uno sólo puede ser humano dentro de la ciudad (cívitas), y para ello es preciso ser hábil en el arte de la civilidad que, según el filósofo Zygmunt Bauman, consiste en "la capacidad de interactuar con extraños sin atacarles por eso y sin presionarlos para que dejen de serlo o para que renuncien a algunos de los rasgos que los convierten en extraños". Es decir, que la principal tarea que tiene que realizar un ser humano para poder ser considerado como tal, es la de negociar con otros seres humanos con los que no le une ninguna relación de parentesco (es precisamente en la prohibición del incesto y la normatización de las relaciones de parentesco donde Levy-Strauss situa el punto cero de la cultura). Esta negociación requiere de un espacio especial, llamado espacio público; un espacio que pertenece a todos los miembros de una determinada comunidad, donde todos sin excepción se reconocen como iguales en derechos. El espacio público se regula mediante la ley, y esta regulación, que desde Grecia llamamos política, no consiste en otra cosa que en la negociación colectiva para conseguir el bien común. El problema, es que en las democracias occidentales actuales, el espacio público, ese donde las personas se reconocen como tales y se encuentran para negociar, ha entrado en crisis (no es que haya desafección de la política por parte del pueblo, es que simplemente nos han negado esa esfera pública casi en su totalidad). Nos hemos convertido en sociedades de individuos que no desean ser molestados por otros individuos, y como no existen los problemas colectivos, o tienen poca importancia, la negociación no se considera ya ni necesaria ni deseable. Vivimos en lugares donde "nadie sabe hablar con nadie". Nunca el ser humano ha alcanzado el nivel de libertad que ha alcanzado en las democracias liberales, sin embargo el precio a pagar, en forma de aislamiento y ausencia de vínculo comunitario, es demasiado alto, a mi juicio. El Estado, la cosa pública, sigue existiendo, pero ya no para dirigir el destino común mediante el ideal de "lo bueno", sino para administrar los servicios por los que los ciudadanos pagan sus impuestos. Una vez reducido a su mínima expresión lo público, y sobre todo lo civil, solo nos resta permanecer cómodos y seguros dentro de nuestra esfera privada para consumir todo tipo de mercancías y hacer públicas nuestras vidas en redes sociales (el nuevo ágora cívitas) donde otros, con los que no nos une casi ningún vínculo, nos dan su aprobación.

Alguno se preguntará qué coño tiene que ver este análisis de la sociedad tardomoderna con el hecho de viajar y el nomadismo. Lo explicaré: en el viaje (a diferencia de en el turismo), todas las necesidades que tenemos como individuos, tanto fisiológicas (alimentación, sexo, cobijo) como psicológicas (seguridad, confort, reconocimiento), no están aseguradas en absoluto, por lo que para obtenerlas no queda más remedio que practicar el arte de la civilidad: consumar el exasperante comercio, la agotadora comunicación, el irritante regateo y las incómodas concesiones. Según esta tesis, se podría decir que nunca somos más humanos que cuando viajamos, por la sencilla razón de que necesitamos, tanto como el aire que respiramos, esa relación con los demás, por la que pasamos de ser individuos a ser hombres de facto, en el sentido antropológico del término (para mí, la cultura no es más que la mezcla de intercambio y prohibición)

En segundo lugar, en las sociedades occidentales contemporáneas, existe una obsesiva preocupación por la polución y la contaminación, hay una tendencia colectiva a identificar el peligro con la invasión de "cuerpos extraños", y a identificar la seguridad con la pureza. Vivimos en una cultura de lo igual en la que lo diferente se rechaza por indeseable y amenazante.  Por eso, otro factor que me parece determinante en ese proceso de humanización a través del viaje, es algo que yo he denominado la "experiencia exótica"; Ex–ótico, significa literalmente "lo que está fuera de la visión", nada que ver por tanto con esos paraísos lejanos que nos vende la industria del turismo (para los caribeños, no puede haber nada menos exótico que el Caribe). Lo interesante de esto es que cuando uno viaja a un lugar exótico, inmediatamente se da cuenta de que lo más alejado de la mirada corriente, lo más desacostumbrado que hay en él, es uno mismo, por lo que se produce un bonito juego especular de miradas: yo miro al Otro como extraño, y él hace lo propio. Se puede decir que ambos nos reconocemos en nuestra común extrañeza, y mágicamente se establece una conexión dialogística (que no tiene porqué ser lingüistica), muy probablemente motivada por la simple curiosidad innata en nuestra especie (si en Occidente, los medios en lugar de empeñarse en criminalizar a los extranjeros como usurpadores de puestos de trabajo patrios, se dedicaran a explicar su "extrañeza", y lo mucho que pueden aportar a nuestra decadente sociedad, estoy seguro de que la gente perdería el miedo al contagio y se abriría más ellos, y ellos a nosotros). Si admitimos que la identidad se construye fundamentalmente a través de la mirada del Otro, en este curioso desdoblamiento de ser observador y observado al mismo tiempo, uno pasa mirarse a sí mismo como otro, se abre una dimensión entre uno y uno mismo que hace mucho más factible la comprensión del propio ser, de sus miedos más recónditos, de sus anhelos más profundos, de sus mecanismos inconscientes. Viajando uno no sólo conoce formas distintas practicar la humanidad, lo más importante es que en esa búsqueda de encuentro con lo diferente, uno se conoce a sí mismo. Sin esta experiencia, creo que se está condenado al provincianismo más incapacitante, donde todo se centra en la preocupación por lo que piensen otros igual de provincianos que nosotros.

       

La tercera razón para elegir este tipo de vida es la siguiente: uno de los motivos por los que me parece que la mayoría de las personas están insatisfechas (cuando no directamente asqueadas) con sus vidas, es porque se han creído la gran mentira de que la vida, en un sentido biográfico, existe. La vida, como la entendemos comúnmente, es solamente un concepto, y como tal no tiene ninguna consistencia ontológica; eso que llamamos "vida" está en realidad formada por millones de momentos presentes, con sentido propio en  en sí mismos por muy banales que nos puedan parecer, a los que la inmensa mayoría de la gente da la espalda e ignora, mucho más preocupada por su darle sentido a su autobiografía realizando elecciones (tomadas para colmo a una edad muy inmadura, y que tienen difícil vuelta atrás), que por vivir de una manera orgánica y creativa con lo que el presente les va deparando. En ello es en lo que se basa la seguridad pequeñoburguesa, en la repetición de patrones apriorísticos, heredados en términos generales de las generaciones precedentes. Cuando uno es un nómada, tiene por fuerza que dejar de lado cualquier plan a largo plazo si quiere sobrevivir, y centrarse en el día a día; el pasado vale poco, y el futuro lejano vale aún menos, como mucho se piensa a unos cuantos días vista, y a veces, cuando un aprende a viajar (tarea, por cierto, nada sencilla), simplemente se abre a lo que le traiga el presente. Esto no tiene nada que ver con sentirse más libre por ausencia de esa cárcel llamada rutina, se trata de algo mucho más profundo, y que se tarda algún tiempo en entender, una auténtica lección de vida: se trata de tener conciencia de estar en el sitio justo que ocupas en el mundo, y no en el sitio en el que tu ego, tu sociedad, tu familia, etc, te hacen creer que tienes que estar. No creo que exista mejor maestro que el viaje ni mejor cura de humildad.