arroz con cristales

Publicado el 23 de Abril, 2016, 12:18


Me gusta mi vida, me gusta huir de la monotonía, hacia adelante, la única huida que para mí tiene sentido, cada dos años más o menos (uno de los mandamientos sagrados de mi manual de nomadismo prescribe no pasar más de dos años en un mismo sitio, ya que considero que lo que no hayas hecho o aprendido en un lugar en ese lapso de tiempo, es muy improbable que vaya a suceder, y vivir en una ciudad por simple inercia o comodidad es como seguir con una novia con la que no haces el acto desde hace un lustro y con la que peleas más tiempo del que conversas. Una pérdida de tiempo). Como decía André Gide en sus diarios: "Es importante no quedarse demasiado tiempo en ningún sitio, ni siquiera en uno mismo", yo añadiría, que especialmente en uno mismo, si es que alguna vez somos capaces de aprehender ese "uno mismo", localizarlo.

 Toda esta patética perorata introductoria para justificar(me) el hecho de que me marcho de la ciudad en la que he vivido los dos últimos, y muy interesantes, años, que no es otra que la sin par Berlín; lugar reconvertido en parque temático para veinteañeros de la ciudad libre y creativa que fue hace veinticinco años, cuando la sorpresiva caída del muro dio paso a una década maravillosamente extraña propiciada por un vacío de poder tras la reunificación, en el que los políticos estaban demasiado ocupados asegurándose su futuro como para andar creando problemas ( de lo que en realidad viven, su verdadero negocio), y reprimiendo a la gente con normas que indefectiblemente reducen su libertad individual, el único valor que tenemos como ciudadanos, y que curiosamente nos la suda cada vez que se ve recortado o mermado gravemente. No somos mucho más que un ganado manso que agacha la cabeza con tal de seguir rumiando, aunque nos avergüence reconocerlo. Personalmente, he llegado a la conclusión de que la razón principal de haber elegido esta vida nómada es que, hasta el momento, la extranjería es lo más parecido a la libertad que he sido capaz de procurarme. Vivir un tiempo más o menos reducido en un lugar del que se desconoce absolutamente todo, a parte de proporcionarte un suplemento de pensamiento crítico y analítico por simple comparación con lo ya conocido, te situa en una especie de estado de excepción, que si no es libertad (siempre hay códigos sociales, civiles y penales que hay que cumplir, para que la vida no se convierta en algo solitario, pobre, brutal y breve, como ya advertía Hobbes) se le parece bastante. 

Paulatinamente, sin prisa pero sin pausa, Berlín está pasando de ser un lugar muy singular (por su historia, por su gente, por su espíritu absolutamente liberal) a una ciudad más de Alemania, quizá menos aburrida que las soporíferas Colonia, Múnich o Hamburgo, pero en el fondo no tan diferente. Una ciudad que ha muerto de éxito y sobre todo por no haber sido capaz de reinventarse, de haberse creado una nueva identidad durante los últimos quince años (supongo que resulta más cómodo vivir de las rentas o de la herencia familiar que levantarse todos los días a las siete de la mañana para crear algo novedoso y excitante). Que nadie se deje engañar por su medianeras graffiteadas, sus casas "okupadas", sus clubs techno, o sus punkis anacrónicos (que me recuerdan a esos tipos que posan disfrazados de soldados romanos junto a los turistas en las inmediaciones del Coliseo de Roma a cambio de unas monedas). Puro maquillaje. Escenografía para consumo de propios y extraños. Por si esto fuera poco, en los últimos años han llegado cantidades ingentes de veinteañeros, y como todo lo tiene que soportar un número de personas mayor del que puede albergar, acaba por depauperarse, por bajar automáticamente el nivel para que la plebe esté contenta al confirmar que han llegado al lugar que estaban buscando, y, al final, la ciudad en cuestión acaba por convertirse en un cliché de lo que algún día, cuando no estaba tan de moda, fue realmente. Berlín me recuerda a los pies de las imágenes de Cristo, desgastados tras años de soportar los besos y el roce constante de los devotos, con sus lugares "abandonados" por los que cada día pasan miles de jóvenes para realizar lo que consideran un acto de rebeldía, cuando no una cita con la historia, en el peor de los casos. Jóvenes burgueses, que al igual que los protagonistas de la película de Godard, "La Chinoise", lanzan como loros mecánicas soflamas revolucionarias de regímenes políticos sanguinarios que, gracias a dios, han terminado en el basurero de la historia. En Berlín, la revolución tiene estética de videoclip. La revolución es rosa. La revolución es cool. Una revolución en la que no corre la sangre, porque basta con agitar al aire unas banderas rojas o colgar un póster del Subcomandante Marcos en la puerta de la cocina, para derribar gobiernos tiránicos. Marx, Adorno, Horkheimer y Althusser revisitados por los "ninis" de la generación del "me gusta"; pulgares arriba, en lugar de puños en alto.

La gente que se traslada a vivir a Berlín, no lo hace buscando la libertad que no encuentran en sus lugares de nacimiento o el caldo de cultivo que les permita realizar una actividad creativa, lo hace por dos razones fundamentales: o porque ingenuamente esperan encontrar (con una buena dosis de nostalgia) lo que este sitio tenía de especial en los noventa (cuando la mayoría de ellos siquiera había nacido) o porque se puede vivir con quinientos euros, y uno, cuando es tan joven, a parte de relativamente estúpido, suele ser genuinamente pobre. Hoy Berlín es una ciudad que aparte de imagen tiene muy poco que ofrecer a sus moradores, y estoy convencido de que si mañana los alquileres se incrementaran hasta situarse en valores de mercado (fuera del limbo proteccionista en que se encuentran hoy, por culpa de un Estado que no sabe cómo incentivar la economía, veinticinco años después de la unificación, y crear puestos de trabajo decentes), la ciudad se vaciaba en menos de tres meses. Como dijo Josef Beuys: "todo ser humano es un artista", proverbial parida que en Berlín ha adquirido tristemente la dimensión de falsa realidad, fomentada por un gobierno empeñado en subvencionar la nada que produce el medio país devastado por setenta años de socialismo (que lo han dejado en la más absoluta ruina económica y social) que se echó a la espalda hace cinco lustros.

El debate (tan repetitivo y tópico que se ha vuelto francamente aburrido) es si Berlín sigue siendo cool o está acabado. Para mí no hay ninguna duda; Berlín ya ha dado todo lo que podía dar en los años ochenta y noventa, y hoy no es más que un lugar de consumo, un paraíso híspter por el que los jóvenes se pasean sin hacer nada interesante. Una ciudad en la que hay que ser creativo por decreto, razón por la que prácticamente nadie es realmente creativo, casi todo el mundo repite el mismo patrón, o sea lo contrario a la creatividad. Me da completamente igual esa cosa tan vaporosa como "lo cool". Creo que un lugar o es interesante o no lo es, y Berlín, a mi juicio, lo sigue siendo pero mucho menos que antes. Dicho esto, considero que Berlín, en algunos aspectos, sigue siendo, hoy por hoy, la mejor ciudad para vivir de la decadente Europa, lo cual tampoco es que sea decir gran cosa. En Berlín se sigue respirando un cierto aire de libertad (nadie ta va mirar raro por mucho que intentes provocar, entre otras cosas porque los berlineses ya lo han visto casi todo, y los que llegan nuevos hacen como que tampoco nada les sorprende), aunque el consumo la esté asifixiando poco a poco. Personalmente, lo que más me gusta mucho ese aire de ciudad inacabada, siempre en construcción, que la aleja de la ciudad-museo típica europea, y la acerca más a sitios como Nueva York (sólo en ese sentido, ya que Berlín sigue siendo muy provinciana, y casi nada cosmopolita por muchos extranjeros que vivan en ella). Berlín no es tan mesetariamente palurda y superficial como ese "poblachón manchego", como definió Cela a Madrid; ni tan snob y materialista como Londres, ni tan elitista y pagada de sí misma como París, ni tan insoportablemente turística como Ámsterdam o Praga, ni tan deprimente como Varsovia, ni tan caótica como Roma, ni tan pequeña y aburrida como Copenhague….Creo que en el "Viejo Continente", sólo podría vivir o en Berlín o en la cosmopolita Barcelona (  también a pesar de sus millones de turistas). Berlín en primavera y verano, y Barcelona en otoño e invierno, para huir del frío y de los alemanes, que en la práctica vienen a ser lo mismo.

Un Berlín sin alemanes, desde luego que ganaría mucho. Sobre todo sin todos los que han llegado en los últimos años desde esa Alemania conservadora, provinciana y pequeñoburguesa. Esos que leen orgullosos el "Süddeutsche Zeitung" mientras se toman un capuccino en uno de los cafés de Prenzlauer Berg o pasean a sus retoños en carritos de diseño escandinavo por la kastanienallee. El alemán (provenga de donde provenga) es básicamente un ser reprimido, con la mente absolutamente devastada (frecuentemente con algún tipo de psicopatología diagnosticada), y muchos fantasmas (tanto personales como históricos) que le atormentan sin descanso. Es por estas razones por las que prefiere refugiarse en el trabajo y en su soledad para socializar y comunicarse lo menos posible con sus semejantes, por los que parece sentir cierta aprensión. Sólo rompe su silencio cuando otro hace algo que le molesta (y, la verdad es que cuando se vive en un estado de constante malestar e insatisfacción personal, molesta prácticamente todo), especialmente cuando ese otro rompe el "ordnung", ese orden, que para ellos es sagrado y  en el que, en vano, tratan de basar su paz interna (tienen hasta una policía del orden, la "ordnungsamt", aunque de facto, cada alemán, a partir de los dieciocho años de edad, pasa a formar parte del cuerpo, aunque no vista el uniforme). Los alemanes están en un permanente estado de ofuscación, por lo que tras una primera etapa en la que les llegas a odiar por sus reprimendas violentas y desmesuradas ( el alemán, sin ningún género de duda, el pueblo más belicista y militarista del mundo moderno, se ha apaciguado a base de una normatividad muy estricta, pero la violencia innata sigue ahí, latente, soterrada, a flor de piel, y cuando cualquier norma, por insignificante que pueda para parecer al resto de los mortales, se vulnera, a los alemanes les posee la bestia violenta que llevan dentro y que solamente permanecía aletargada), después de un tiempo sólo puedes sentir por ellos conmiseración por el tormento al que la gran mayoría se ve sometida, así como por una existencia tan melancólica como aislada (¡qué cantidad de jóvenes y bellas muchachas se ven vagar completamente solas por esta ciudad, como almas en pena, sin el menor atisbo de vida afectiva!). Por si eso fuera poco, con los años se les va avinagrando el caracter, como el vino en contacto con el aire, y si bien de jóvenes son simplemente incomunicativos y aburridos por su ausencia absoluta de conversación y sentido del humor, a partir de los cuarenta y cinco aproximadamente se transforman en seres agriados cuya única esperanza en la vida es la de cruzarse con alguien que por error viole la menor norma para caerle encima con toda la agresividad de la que son capaces.

Otra de las razones por las que me marcho de Berlín es porque me resulta insoportable convivir con una gente legalista hasta la obsesión pero con una laxitud moral tan enorme, es decir, siempre y cuando la ley se lo permita ( o las posibilidades de que les "pillen" infringiéndola sean más bien escasas, véase el escándalo de Volkswagen), van a ser capaces de cometer los actos menos éticos imaginables, sin con ello sacan algún tipo de interés personal ( aquí todo el mundo se mueve por interés ya que, como en el resto de países noreuropeos, no existen apenas lazos afectivos de tipo familiar o vecinal), y por la noche van a dormir a pierna suelta. A su historia reciente, infame como pocas, me remito. Un ejemplo de esto serían las llamadas leyes de "arianización", mediante las cuales los alemanes de a pie se abalanzaron en tromba sobre las propiedades y puestos de trabajo de los judíos, una vez que el Estado se lo permitió legalmente. Creo que lo suyo gordo está todavía demasiado reciente pero no tengo ni un resquicio de duda de que, si en un futuro no muy lejano se repitieran las mismas condiciones socioeconómicas de hace ochenta años, este glorioso pueblo actuaría exactamente igual a como lo hizo entonces, porque, aunque no se atrevan a reconocerlo publicamente (por la corrección política imperante en nuestra sociedad occidental y la proximidad en el tiempo de la masacre que cometieron sus abuelos), la mayoría piensa que se hizo lo correcto, lo ordenado, lo que había que hacer, lo pensaban entonces y creo que muchos todavía lo piensan porque es su forma de ver el mundo: "Ley y Orden", o mejor dicho, la ley al servicio del orden, y Alemania para los alemanes. En su descargo tengo que decir que también me he encontrado con gente solidaria y comprometida al máximo con los desfavorecidos y los que necesitan ayuda, que les dedican gran parte de su tiempo y energía, pero estos son ciertamente una minoría. Supongo que en todas partes surgen individuos que reaccionan a su ambiente de forma más o menos radical mediante el cultivo de los valores opuestos, algo que considero que les dignifica aún más como personas.

Para todos aquellos que conocen a los alemanes "de visita", y que cuando escuchan mis críticas suelen decir algo tipo: "pues a mí me parecen muy majos, a ver si el problema lo vas a tener tú", les recomendaría encarecidamente que viesen alguna de las películas dirigidas por Fassbinder, sin duda el cineasta que mejor ha sabido captar la esencia de la "alemaneidad", muy en especial en su opera prima, "katzelmacher", donde expone de una manera magistral su falta de modales; su falta de ética;  su falta de humanidad; su vulgaridad; su egoísmo; su racismo; el profundo asqueamiento que sienten por sus vidas vacías; la violencia tanto, verbal como física; el halago y la hipocresía, siempre que interesen; su caracter huraño, siniestro y sombrío; su obsesión por el dinero,...

Pues eso, un Berlín con sus polacos, sus turcos, sus vietnamitas, sus italianos, sus brasileños, sus españoles, sus japoneses (que los hay, y muchos), incluso con sus americanos estúpidos e incultos que vienen a Europa a pasar el verano para hacerse los bohemios bebiendo el pésimo vino alemán en algún bar de Kreuzberg. ¡Pero sin alemanes!. Si eso pasa, prometo volver aquí a vivir, a pesar de todo. Toi, toi, toi.