arroz con cristales

Marzo del 2014


Publicado el 13 de Marzo, 2014, 14:36



En Corea, a ratos estás en Japón, a ratos en China, pero nunca en Corea. De hecho, yo he llegado a pensar que Corea en realidad no existe, o que es un país tan tímido que se oculta detrás de otros dos.




Publicado el 13 de Marzo, 2014, 14:34

"En tanto nada lo impida, toda cosa en movimiento continuará su trayectoria a velocidad constante"

Principio de inercia. Isaac Newton


En ocasiones me veo a mí mismo como una especie de Sísifo contemporáneo, un Sísifo de la era de la globalización, postmoderno, que, en lugar de empujando una enorme roca, va acarreando todas sus pertenencias en dos grandes maletas negras y pesadas como dos ataúdes con ruedas, y que cuando, como le ocurría al Sísifo del mito, cree haber alcanzado la cima (en mi caso, una estabilidad laboral, emocional,…), deshace el camino andado para comenzar de nuevo la ascensión por empinadas cuestas en forma de aeropuertos, trenes, más aeropuertos, aduanas, embajadas, hoteles de mala muerte, hoteles de buena muerte, búsqueda de casa, de amigos, de trabajo, de compañía,… Yo, lejos de considerar esta vida extenuante y peripatética (incluso, patética a secas) como un castigo divino, la considero más bien como una bendición, lo más parecido a la libertad que he sido capaz de proporcionarme hasta la fecha. Para Heidegger, eso que él denominaba vida auténtica no consistía en otra cosa que en un constante arrojarse hacia adelante sin saber a ciencia cierta dónde se va a acabar, en lugar de refugiarse en lo impersonal, lo gregario, lo rutinario, como hace casi todo el mundo. Si la única certeza que tenemos es la de la muerte, me cuesta mucho entender el conservadurismo con el que desarrolla su existencia la gran mayoría de la gente. Yo creo que desde el momento en que nacemos ya estamos comenzando a morir, por eso sólo concibo la vida como una constante huída de la muerte, de lo cotidiano. A mí siempre me han parecido mucho más excitantes ciento volando. Las raíces se las dejo a las plantas.

Tras un par de meses en la cada vez más absurda y delirante España (un país en el que parece no haber límite para el esperpento, y en el que cada verano alucino más. Una mezcla explosiva de subdesarrollismo, corrupción, güisquis baratos, atrabiliarismo, una luz cegadora y flamenco-pop), regreso a la apacible Taipei para continuar con mis clases en la facultad de arquitectura, pero, al poco tiempo de llegar, me doy cuenta de que camino sobre tierra quemada, y mi ganado demanda pastos más frescos y abundantes. Decidido levantar de nuevo el campamento (un nómada acepta siempre las reglas del juego y sabe que el movimiento es consustancial a su propia experiencia vital) y dejar atrás la acomodada vida de profesor universitario que tantas alegrías me ha proporcionado en este último año (eso de abrirle, aunque sea sólo un poquito, la mente a unos seres a los que jamás se les ha permitido pensar es algo mucho más emocionante y gratificante de lo que habría creído jamás, creo que he encontrado mi vocación docente y además considero que soy un buen profesor). Cuando uno ha optado por el exilio continuado, la permanencia en un lugar ni siquiera se negocia. No me lo pienso mucho (soy veloz cuando tengo hambre o cuando me encuentro en peligro, como un felino), y en menos de setenta y dos horas, renuncio a mi trabajo y dejo a dos amigos muy queridos, y me encuentro casi de golpe metido en un avión rumbo a Tailandia.

 Para no meterme de buenas a primeras en la ajetreada y populosa Bangkok, algo que me consumiría tan rápido como una cerilla empapada en gasolina, decido adentrarme en la cultura thai, por donde es menos cultura y por donde es menos thai, y tras una breve pero intensa escala en Kuala Lumpur, aterrizo en la bella y turística isla de Phuket, paraíso virginal mancillado por la working class australiana y norte europea que acude aquí en masa, principalmente atraída por unos precios que, en temporada de monzón, rozan el ridículo ( la otra razón es obviamente la variedad y cantidad de prostitutas que emigran desde las provincias pobres del norte del país para mantener a sus familias ejerciendo tan noble y poco reconocido oficio. Si las putas tailandesas se cogieran de la mano, darían varias vueltas al planeta, creo que podrían incluso llegar a la luna. La imagen es realmente bella, no lo voy a negar, millones de putas, en bikini por el espacio sideral, uniendo por medio de una cadena humana e ingrávida la Tierra con su satélite).

Nuevamente estoy en el trópico sudasiático, del que, como les sucede a los protagonistas de la película de Buñuel, El ángel exterminador, por alguna desconocida razón no puedo salir, aunque no exista absolutamente nada que de facto me lo impida. Van pasando los meses y los años, y me desespero como le ocurre a ese grupo de aristócratas en las estancias de la lujosa mansión a la que han acudido para pasar una agradable velada, convertida por un enigmático motivo en una cárcel sin rejas ni guardas. Aquí, cada vez me agobia más el calor pegajoso, el sudor que constantemente  se desliza por mi piel, rodando mi cuerpo abajo, cada vez me dan más asco las putas con las caras llenas de polvo blanco y pintarrajeadas infantilmente (curiosamente, ahora he descubierto que tolero a las ratas, me parecen incluso simpáticas, pero las putas me provocan una mezcla de lástima y náuseas), cada vez me repugna más la basura en putrefacción, la ausencia total de higiene y de modales, el olor de la comida callejera, cada vez detesto más la falta de honestidad y claridad de los asiáticos, su falsa amabilidad, imposible de distinguir de la amabilidad verdadera y genuina particular de estos pueblos…Sólo una misteriosa fuerza telúrica me puede tener pegado al trópico como un imán. No quiero acabar como uno de esos alemanes mayores que pasean de la mano de una puta casi niña. Me da miedo que ese sea mi final. A veces creo que no estoy muy cuerdo y deliro; es este puto calor que anula mi pensamiento y me hace imaginarme futuros así de poco conciliadores y probables. Pero aquí todo se acepta, nada se juzga y eso me gusta. A lo mejor no es un final tan malo después de todo. Pienso que jamás podría vivir ya en un occidente absolutamente decadente y miserable.

Como soy un turista que odia el turismo y los lugares turísticos, lo que suelo hacer cuando llego a un sitio como Phuket es básicamente aislarme en mi hotel a leer, escribir y ver películas de directores del país que me ofrezcan una visión un tanto más narrativa del mismo. Intermitentemente, salgo a comer, dar paseos por la playa, ligar con alguna chica aburrida de su vida tropical ( en los trópicos el tiempo pasa mucho más despacio, como en Macondo, y un extranjero siempre es visto como una promesa de aventuras y diversión), y sobre todo observar como los demás turistas disfrutan de sus vacaciones realizando todo el repertorio de horteradas a las que se entregan con verdadera fruición; parejas de veinteañeros rubios que pasean de la mano su amor por una playa idílica semidesierta, ajenos al hecho de que, en aproximadamente cinco años, estarán, sin mirarse siquiera a la cara, delante de un juez, pleiteando por los bienes gananciales y la custodia de sus consentidos y confundidos hijos; ancianos de piel quemada por un sol inmisericorde, en camiseta de tirantes, bebiendo cerveza en un chiringuito, acompañados de sus adolescentes novias thais a las que alimentan como si se tratara de ganado que fueran a presentar a un concurso; chinos que contra todo pronóstico, por primera vez en cientos de generaciones, viajan fuera del Imperio del Centro, para experimentar qué es eso tan ajeno a su cultura como el disfrute de la vida, en lugar de para trabajar hasta la extenuación y ahorrar hasta el último céntimo (sin la menor idea, por cierto, de cómo se tiene que comportar uno cuando se supone que está disfrutando de la vida; ellos se limitan a hacerse fotos que luego subirán a sus Weibos, pero se les ve desorientados ante el paso de un tiempo improductivo, en el que no están ganando dinero o haciendo como que trabajan, algo en lo que son auténticos maestros); mochileros alemanes que tratan a los locales como lo hicieron sus abuelos con los de la Polonia ocupada, con idéntico desprecio y arrogancia, cambiando únicamente los uniformes grises por unas coloridas bermudas y unas chanclas, lo que le da a la escena un aire todavía más siniestro; hijas de la Gran Bretaña, cajeras de un Tesco de alguna ciudad perdida del norte del país, a las que Mallorca se les ha quedado pequeña; rusos antipáticos que salen a comerse el paraíso a golpe de rublo, con el hambre atrasada de los que han pasado demasiados años con las Repúblicas Bálticas como destino más exótico en el que pasar sus vacaciones ( sí, ya sé que tienen el mismo derecho que todos las demás personas a disfrutar del ocio en los rincones más bellos del planeta, pero desde que chinos y rusos han empezado a viajar, no puedo evitar pensar que  el mundo es un lugar mucho más cutre de lo que lo era antes). Decía Pascal que la mayoría de los males les vienen a los hombres por no quedarse en sus casas, y yo no puedo estar más de acuerdo con él. La clase media ha destrozado irreversiblemente las diferentes culturas, empobreciéndolas, cuando no directamente eliminándolas por completo con ese diabólico invento del turismo, lo único que faltaba es que esa clase media se haya incrementado de golpe en varios cientos de millones de personas y, además, personas que no poseen ni la educación más básica. A veces me gustaría vivir muchos años sólo por la curiosidad que me causa ver cómo va a acabar todo este tinglado que hemos montado en el último siglo. Muy bien, intuyo que no puede ser.

Al cabo de una semana, aburrido por tan decrépito panorama, decido tomar un autobús que me lleve hasta Krung Thep, más conocida en el resto del mundo como Bangkok, la Venecia de Asia, como la denominan algunos ( curiosamente, nunca he escuchado a nadie llamar a Venecia la Bangkok de Europa, a partir de ahora me voy a referir así a la bella ciudad del Véneto a la que por cierto acabo de volver, y una vez más me ha vuelto a cautivar; la ciudad más bonita del mundo, sin la menor duda). Puede que sea porque llevo ya mucha Asia sobre mis espaldas, pero la capital del Reino no me dice casi nada. Como Shanghai, me parece la típica mega urbe asiática sin demasiada gracia. Una ciudad que seguramente hace treinta años tenía su interés pero a la que la globalización se ha llevado por delante, para convertirla en lo que Rem koolhaas ha denominado como una ciudad genérica: rascacielos, centros comerciales, autopistas elevadas, pero ni rastro de seña alguna de identidad. Bangkok no tiene la magia de Manila (magia que no se percibe hasta pasados unos días en ella) o el encanto de Hanoi. Aquí no hay bullicio, sólo tráfico y muchedumbres que se desplazan y compran. La gente viste como en Tokyo, Hong Kong o Singapur. Demasiada exclusividad en un país pobre pero completamente pagado de sí mismo, demasiado contento de haberse conocido, (aunque parezca increíble por la insignificancia de Tailandia en el resto del mundo, donde no es vista más que como un lugar de turismo barato y prostitución por doquier, los tailandeses están absolutamente convencidos de que su país es el non plus ultra de una vida próspera y feliz. Están muy orgullosos de su patria y además creen que su rey es un ser semi divino dedicado en cuerpo y alma a velar por mantener ese nivel de bienestar que consideran haber conseguido. Tailandia en realidad es un país medieval, con una monarquía medieval, y gobernado por unas élites políticas y militares medievales. Si tienes la suerte de pertenecer a ellas, la vida es fantástica, sino puede ser bastante jodida, aunque tampoco creo que mucho más que en cualquier otro país asiático).

Por el momento, en Tailandia, todo me parece excesivamente superficial, en mi superficial mirada de lo que creía iba a ser mucho más turbio e hiriente (en mi inconsciente Bangkok era un lugar peligroso y violento, pero nada más alejado de la realidad) . Venía a Indochina creyendo encontrarme con una curiosa mezcla entre la cultura China y la India pero el grado de occidentalización, mayor aún que el de Japón, hace que me plantee si es este realmente el país en el que pasar los próximos años de mi vida. No lo creo.