arroz con cristales

Junio del 2013


Publicado el 6 de Junio, 2013, 10:35



Como prácticamente todos los días, llueve torrencialmente sobre Taipei. Las gotas de agua caen como balas sobre los tejados de chapa, y el impacto genera un ruido tan ensordecedor que apenas me permite pensar para escribir este artículo. Nada nuevo, por otro lado, en un día que, sin embargo, sí que tiene algo de especial por tratarse de una efeméride trágica: hoy se cumplen veinticuatro años de los sucesos de la Plaza de Tiananmen en los que, según cifras extraoficiales, murieron unos tres mil ciudadanos chinos a manos del Ejército Popular de Liberación.

1989 fue un año de cambios, final de una década marcada por el hedonismo y la superficialidad, donde lo más importante parecía ser pasárselo bien consumiendo o consumir pasándoselo bien, como reacción a unos años setenta híper politizados, llenos de ira y de violencia. En lo personal, para mí ese año suponía el último que estudiaba en un colegio más o menos elitista, situado en una zona exclusiva a las afueras de Madrid, al que nunca me llegué a adaptar. Recuerdo ese mes de junio de una forma muy especial; adiós definitivo a los compañeros junto a los que había crecido, a unos profesores tan mediocres como intransigentes, y, en definitiva, a tantos momentos amargos en un sitio al que Leopoldo María Panero define tan certeramente en El Desencanto como "una institución penal que a lo que enseña es a olvidar la infancia". Para mí no es más que el lugar en el que por medio del adoctrinamiento y el miedo se da forma a los que, unos cuantos años más tarde, se convertirán en los esclavos del capital. De aquellos años de cambio, para el mundo y para mí, quedaron grabadas, supongo que para siempre, varias imágenes impactantes en mi memoria de preadolescente. Una de esas imágenes es la explosión del Transbordador Espacial Challenger, con sus preciosas volutas de humo blanco formando una Y que parecía que no iba a desvanecerse nunca en el cielo azulísimo de la Florida. Columnas de humo congeladas durante minutos que parecen horas, detenidas para siempre en la estratosfera de mis recuerdos. Otra imagen que recuerdo con la misma claridad como si la hubiese visto ayer, es una que parece pertenecer más a un sueño que a un acontecimiento real: una columna de tanques avanzan por una gran avenida desierta, cuando, de repente, como de la nada, aparece un hombre vestido con pantalón negro y camisa blanca que se coloca en el centro de la calzada para cortarles el paso a los vehículos militares. Contra todo pronóstico, éstos se detienen a escasos centímetros de él, como si poseyera alguna clase de superpoderes. Al hombre, de aspecto oriental por la marcialidad de los movimientos que realiza, nunca se le llega a ver la cara, ya que la cámara toma las imágenes desde atrás y además se encuentra muy alejada. Recuerdo también que la figura de superhéroe, aparte de por la vestimenta demasiado convencional, se veía contrarrestada, y casi anulada, por la cotidianidad que aportaban a la escena las dos bolsas de plástico que el hombre portaba en cada mano, como si hubiese ido a hacer la compra del día pero al volver a casa a prepararse la comida, se hubiese topado de sopetón con los carros avanzando hacia algún destino funesto y, como por instinto, de forma inopinada, algo le hubiese llevado a impedir a toda costa que llegaran a cometer sus fechorías, poniendo su propia vida en juego. Aparte del toque onírico, la escena en sí tiene también un aire extraño, a medio camino entre lo épico y lo cómico; si el tanque se iba hacia un lado, el hombre hacía lo propio, si volvía a la posición inicial, el chino, valiente y decidido, daba unos pasitos en esa dirección para proseguir con el bloqueo, como en una película de Buster Keaton o Harold Lloyd. Así estuvieron un rato (que también parece que dura horas por la incertidumbre del final), jugando a un juego improvisado cuyas reglas fueran desconocidas para ambos contrincantes. Después, el héroe misterioso se encarama al tanque para buscar a sus ocupantes y decirles algo. Los soldados, que no dan crédito a lo que está pasando, le dicen que se aparte, y segundos más tarde llegan otros transeúntes que se lo acaban llevando para evitar que sea detenido y fusilado. Nadie ha vuelto a saber nada de él. Algunos aseguran que tuvo que salir de China a toda prisa hacia el exilio en Estados Unidos, Taiwán o Hong Kong, otros, que ha vivido oculto todos estos años en una granja del centro del país, los más agoreros (y probablemente los más realistas) creen que los Servicios Secretos chinos consiguieron darle caza y lo ejecutaron por haberlos dejado en ridículo delante del mundo entero. Si tuviese que clasificar a China a través de un género cinematográfico, sería algo indefinible a medio camino entre la comedia de enredo y el cine de terror, este episodio es una magnífica muestra de ello. Si alguien no se acuerda o nunca ha visto las imágenes: http://www.youtube.com/watch?v=rOp46PUMnmY. Opino que a los chinos lo que les falta de raciocinio lo tienen de sensibilidad. Son personas con los sentimientos a flor de piel, a las que todo parece afectarles (tocarles los afectos) más que al resto, lo que les lleva en ocasiones a realizar actos tan románticos e inútiles como este.

Como ya he escrito en otros artículos, considero que los chinos tienen una curiosa forma de solucionar los problemas que consiste básicamente en no solucionarlos. Cuando surge un conflicto, las partes implicadas en el mismo optan automáticamente por disimular o mentir impúdicamente para evitar un enfrentamiento directo. No sé si por pura cobardía o simple vagancia, actúan como si no pasara nada, y solamente esperan a que todo se resuelva por sí mismo. Lo malo de esto es que los conflictos tienen el mal hábito de persistir si no se los resuelve, incluso de aumentar, con lo que generalmente lo que comenzó como un problemilla sin demasiada importancia, suele terminar siendo un problemón con consecuencias mucho más graves de lo que parecía en un principio (doy fe de ello por casos que me han ocurrido personalmente). Bajo mi punto de vista, eso es exactamente lo que sucedió en aquel junio sofocante de 1989 en una Beijing efervescente y ávida de cambio. Los hechos ocurrieron más o menos así: a mediados del mes de abril, unos cuantos estudiantes (en China, unos cuantos son unos cien mil) a los que se suman también obreros descontentos con una inflación galopante y una corrupción insoportable (inspirados en parte por los rusos que, tras setenta años de farsa socialista, se habían decidido a desmontar definitivamente la maquinaria de la escasez y la represión mediante conceptos tan exóticos e inéditos para nuestros oídos como Glasnost y Perestroika) se preguntan por qué ellos, los chinos, no van a poder optar a esas promesas de democracia, libertad y transparencia que provienen del país hermano y modelo de la revolución socialista. La juventud es esa época en la que uno no posee aún la sabiduría y el conocimiento de un adulto pero sí la arrogancia del que ya no se sabe un niño. Una etapa de la vida en la que uno cree que puede cambiar el orden de las cosas por la sencilla razón de que desconoce profundamente como éstas funcionan en realidad. Hablando un día sobre este tema con la única persona china con la que he podido mantener una conversación más o menos interesante  en dos años, me dijo que a ella los estudiantes de Tiananmen no le parecían mucho más que una panda de cretinos ingenuos que desconocían en qué consistía realmente la democracia pero en ningún caso unos héroes por la libertad. Creo que no iba tan desencaminada; los estudiantes reclamaban cosas bastante razonables en otros lugares, como libertad de prensa y derechos individuales, pero que en China, por las características tan singulares de sus moradores, ningún gobierno responsable podría ni debería  conceder jamás (podrá sonar fuerte pero es así,  cualquiera que haya vivido en China, sabrá a qué me estoy refiriendo. China se gobierna de la manera en que se gobierna porque en realidad no se puede gobernar de otra forma. Basta ya de análisis etnocentristas y juicios de valor sobre la falta de democracia en este país, la mayoría de ellos realizados además por gente que jamás ha puesto un pie en él y no saben cómo son los chinos, su manera de pensar ni sobre todo de actuar. Un partido único y autoritario como el PCCh es la única vía de gobierno posible en China a día de hoy, lo cual no significa que éste se pueda permitir abusar de su poder ni robarle al pueblo que es lo que lleva haciendo desde que tomó el poder en 1949). Así, los días iban pasando y las reivindicaciones de apertura y transparencia iban ganando adeptos entre la recién estrenada clase media china, y "el problemilla" que suponían varios cientos de estudiantes acampados en una plaza, realizando pacíficamente una huelga de hambre, dispuestos incluso a morir si hacía falta por sus abstractos ideales, debido a la inconsciencia propia de su edad, se fue poco a poco enquistando por la inacción de un gobierno perplejo ante la decisión de los jóvenes y la importancia que empezaban poco a poco a cobrar las protestas en casi todo el país . En cualquier país del mundo (que no se llame México), el asunto se habría solucionado en un par de semanas con no más de algunos heridos o un par de muertos a lo sumo, tras varios días de escaramuzas con la policía, entre chorros de agua a presión, pelotas de goma, y gases lacrimógenos (material antidisturbios y una policía preparada para usarlo que, por aquella época, dudo mucho que China poseyera ya que una revuelta popular era algo inconcebible para unas autoridades a las que les pilló todo con el pie completamente cambiado), como ocurrió en Paris en el 68, donde, con disturbios muchísimo más graves, sólo murió un estudiante y fue porque se tiró al Sena para evitar ser detenido. Sin embargo, el PCCh (con sus "palomas" como Zhao Ziyang o Wen Jiabao, que veían las protestas casi como una chiquillada y que en parte daban la razón a los estudiantes, pero también con sus "halcones" como el Primer Ministro Li Peng, más partidario de la mano dura) decidió resolver el conflicto, en principio grave pero no tanto, a la manera china, es decir, sin hacer nada  hasta que todo volviera a la normalidad por sí solo: En lugar de detener inmediatamente a los líderes (como se habría hecho en cualquier país occidental), se les invitó a ser escuchados y exponer sus demandas a los máximos dirigentes del Partido (para más inri, el debate fue televisado y en él los cabecillas universitarios dejaron en ridículo delante de todo el país a unas autoridades tan provectas como atónitas ante lo que estaban escuchando por parte de los jóvenes, y que se limitaron a reprenderles como se hace con los hijos desobedientes). En ese mismo debate, quedó patente que los estudiantes ni siquiera poseían una agenda política que implementar, sólo unas vagas ideas sobre libertad, derechos civiles y lucha contra la corrupción, que sonaban más bien a cuento de hadas en la dura realidad china. Se les sonrió, se les dio una palmadita en la espalda, y se les permitió seguir ocupando la plaza hasta que ellos decidieran abandonarla de motu propio (es conveniente recordar que bastantes de los estudiantes pertenecían a familias de la aristocracia comunista, razón por la que se fue tan condescendiente con ellos al principio). A partir de ahí, lo que todo el mundo más o menos conoce: al poco tiempo, los estudiantes se percatan de que ninguna de sus demandas va a ser concedida y que las conversaciones mantenidas con los máximos responsables políticos no son más que una estratagema para presentar al Gobierno chino como dialogante ante el resto de una opinión pública mundial que les mira atentamente (en aquellos días visitaba China, en visita oficial, nada menos que Gorbachov, la estrella política del momento, y Beijing estaba tomada por corresponsales extranjeros provenientes de todo el planeta), lo que les hace afirmarse aún más en su lucha, llenarse de odio hacia una autoridad a la que consideran ruin y mentirosa (los medios gubernamentales, mienten constantemente acerca de la naturaleza de las protestas y difama a los manifestantes presentándoles ante el pueblo como desestabilizadores y contrarrevolucionarios a sueldo de los enemigos externos de China, lo cual no era cierto en absoluto) y lo que es peor, a armarse (precariamente, pero armarse) y organizarse para una batalla que para entonces, tras mes y medio de lucha y con los ánimos al rojo vivo, nadie dudaba ya de que sería inevitable. A mediados de mayo, el problemilla no tratado, es ya todo un problemón, pero el Gobierno y el Ejército siguen titubeando en un caos que, una vez más, como casi todo en China, resulta cómico y dramático a partes iguales (como cuando se mandan pelotones de soldados a Tiananmen y se les ordena cantar himnos militares que rivalicen y ensordezcan los cánticos de protesta de los estudiantes). Por fin, la noche del cuatro de junio, con unos estudiantes (y pekineses que llevaban tiempo respaldando a los estudiantes) armados y muy radicalizados (y sobre todo muy envalentonados ante la tibieza y falta de determinación que había mostrado el Gobierno hasta entonces, que les hacía pensar que esta vez el Ejército tampoco se iba a atrever a abrir fuego) reciben en las inmediaciones de la plaza a una columna de camiones, llenos de soldados, a pedradas y palazos y los queman vivos lanzándoles cócteles molotov (las cifras de soldados muertos también fueron bastante elevadas). Los soldados, de unos dieciocho años de edad y sin la más mínima experiencia en esas lides, tremendamente asustados ante una turba tan violenta, comienzan la lluvia de balas contra todo lo que se mueve, cumpliendo así la orden de Ley Marcial que ha ordenado el líder máximo del Partido y de las Fuerzas Armadas, que no es otro que, el ya anciano presidente, Deng Xiaoping, artífice de la apertura económica del país.

En octubre de ese año, yo comencé a estudiar en un instituto público y, por primera vez en tantos años, experimenté en primera persona lo que era eso de la libertad.