arroz con cristales

Mayo del 2013


Publicado el 20 de Mayo, 2013, 13:04



"Allí donde el mundo real se transforma en simples imágenes, las simples imágenes se convierten en reales"

La sociedad del espectáculo. Guy Debord


La arquitectura ha sido y continúa siendo la gran ramera del poder. Todas las potencias que en algún momento de la historia han gobernado el mundo, sin excepción, del Imperio Romano al norteamericano, pasando por el Tercer Reich, la han puesto una y otra vez de rodillas, a su servicio para que simbolizara su poderío y, de paso, tratara de mejorar engañosamente la imagen de una realidad menos espectacular de lo esperado, exactamente igual que han hecho con otras manifestaciones artísticas como el cine. Existen ríos de tinta escritos sobre la relación entre cine y propaganda pero curiosamente no hay demasiado estudiado sobre la arquitectura usada con estos fines predicadores y de autopromoción de una sociedad determinada.

Antes de vivir en China, mi idea sobre la situación actual que tenía del país era, en gran medida, gracias a los edificios que allí construían algunos de los arquitectos que más admiro, en especial, los realizados para los Juegos Olímpicos de 2008 y la Expo de Shanghai 2010. En mi imaginación, mediatizada por las revistas especializadas, que devoraba cuando era estudiante, daba por hecho que la nueva China debía de ser un país rico y desarrollado: "Tienen que estar al mismo nivel que Japón, si no ¿cómo es posible que sean capaces de estar haciendo una arquitectura tan avanzada?" recuerdo que pensaba con tremenda ingenuidad. Una vez allí, me percaté de la burda maniobra llevada a cabo por el Gobierno chino, consistente en gastar ingentes cantidades de su PIB en edificios e infraestructuras capaces de transmitir al resto del mundo una imagen epatante y espectucular que comunique la idea de un desarrollo económico y sobre todo de un bienestar social que, de momento, no existe o, al menos, no es tan generalizado como se nos quiere hacer creer. Si la Unión Soviética se lo gastaba en fabricar cohetes espaciales y misiles, los chinos, una vez que la Guerra Fría ha terminado, hacen lo propio con rascacielos, puentes y aeropuertos; la arquitectura (mejor dicho, la creación de imágenes arquitectónicas, que no es exactamente lo mismo) como el nuevo arma de la sociedad postcapitalista y, por enésima vez, los arquitectos en su triste papel de escort de lujo de un poder insensible a las verdaderas necesidades de la gente.

 Lo que hace tan interesante la experiencia de vivir en China es ese caracter tan contradictorio que traspasa al país en todos los ámbitos, también (o sobre todo) en el económico: China es el segundo país con el PIB más alto del mundo pero el centésimo en cuanto a renta per cápita de sus ciudadanos. Si a eso sumamos que la riqueza se distribuye de manera muy poco equitativa, podemos asegurar que éste se trata de un país inmensamente rico en el la mayoría de la gente que lo habita es muy pobre. Eso se percibe muy a las claras en el contraste que se genera entre los chinos de a pie y el decorado arquitectónico (casi siempre diseñado por arquitectos occidentales o burdas copias Made in China) en el que desarrollan sus desesperanzadas vidas: terminales de aeropuertos que podrían muy bien encontrarse en Frankfurt o Atlanta, en las que desembarcan campesinos con los trajes raídos y la cara quemada por el sol, llevando a cuestas enormes cajas de cartón o los característicos bolsones de plástico azul, rojo y blanco, y escupiendo sobre las cintas transportadoras que los conducen por un mundo de acero y cristal que les resulta tan ajeno como amenazante.  

 

Recuerdo que viviendo en Shenzhen, punta de lanza de la China capitalista diseñada por Deng Xiao Ping, cada mañana, al despertar y descorrer la cortina de mi habitación, lo primero que aparecía ante mi vista todavía somnolienta era el imponente edificio que albergará la sede de la bolsa de esa ciudad, todavía en construcción, obra de uno de mis gurús, el arquitecto holandés Rem Koolhaas. Un edificio tan poco conservador que  me cuesta imaginar en ningún otro lugar del mundo que no sea en Asia. Un día normal, cotidiano, ahí estaba yo, observándolo incrédulo desde mi apartamento, bebiendo la primera taza de café del día, frente a frente con la vanguardia arquitectónica, asistiendo en primera persona a la construcción de algo que más tarde pasará a formar parte de la historia del arte, mientras contemplaba hipnotizado los inverosímiles voladizos de un podio gigantesco que flota misteriosamente en el aire a cuarenta metros del suelo. Con identica perplejidad y sensación de irrealidad recuerdo las condiciones de insalubridad en que vivían la mayoría  de mis compañeros de trabajo y amigos, el asco que me habían producido sus casas cuando amablemente me habían invitado a cenar en ellas, el olor de las cloacas próximas que se abrían al cielo sin estrellas de una noche amarilla, la falta de aire puro recorriendo unos callejones sofocantes, la putrefacción, el hacinamiento, el barro eterno en unas calles sin aceras ni drenajes, la escasez cristalizada en edificios ruinosos,…

La estrategia del PCCh en este sentido está bastante clara: gastar enormes cantidades de dinero publico (en China, la inversión privada se suele realizar de manera mixta con el Estado, propietario único del suelo) en construir museos de la nada, centros comerciales de marca, y demás edificios espectaculares con un escaso o nulo valor social, pero con una presencia asegurada en los medios de comunicación de medio mundo (del medio que interesa) en lugar de dedicarlo a construir vivienda pública de calidad y barata o servicios básicos dignos como hospitales más o menos decentes. En la China actual, en lo que respecta a la toma de decisiones concernientes al desarrollo urbanístico del país, el único valor que prevalece es el impacto de la imagen producida y no el beneficio que pueda redundar sobre la mayoría de la población. Por ejemplo, se sustituye la actual red de ferrocarril, que es funcional y económica, por líneas de alta velocidad con preciosos trenes que la gran mayoría de los chinos no pueden ni soñar con tomar debido al altísimo precio de los billetes, resultado: los millones de chinos que antes viajaban en tren, ahora lo han de hacer en autobús. también se construyen infraestructuras tan gigantescas como innecesarias, cuyo uso además cuesta un dinero que no todo el mundo puede pagar (recuerdo que para ir de Shenzhen a Guangzhou, separadas a una hora y pico por autopista, había que pasar como unos cinco peajes). O se expulsa de sus casas a los moradores que las han habitado por generaciones para construir gigantescas torres de apartamentos que en la mayoría de los casos permanecen vacías por falta de compradores con recursos y por la falta de crédito (se estima que, a día de hoy, existen sesenta y cuatro millones de viviendas nuevas completamente vacías pero todas ellas vendidas, eso sí, a inversores ricos que prefieren retenerlas antes de bajar los precios). Todas estas operaciones se realizan con tres objetivos claros: El primer objetivo consiste en continuar engordando ficticiamente el PIB del país a través del gran motor económico que supone la construcción (creo que los chinos deberían aprender de los españoles y darse cuenta de adónde conducen al final esas políticas pseudoexpansivas, por otro lado, tan difíciles de frenar). El segundo motivo es el enriquecimiento de los clanes que controlan la economía de capitalismo de Estado que se lleva a cabo hoy en China, y cuyo ejemplo más flagrante sería la realización de la Presa de las Tres Gargantas con cuya construcción se han hecho multimillonarias varias familias de la aristocracia "comunista" bien conocidas por todos los chinos. La tercera razón, y no menos importante, puede que incluso la que más, es la de dejar ver al mundo de lo que es capaz la nación que aspira a gobernarlo hegemónicamente, supongo que para atraer así inversores extranjeros,  afianzarse como segunda potencia económica mundial y dar el paso en la conquista por el primer puesto de ese ranking tan ansiado. Mientras todo esto sucede y el país entero es como una inmensa obra (disculpen las molestias), la mayoría de los chinos (muchos menos que hace unos años, sería injusto no decirlo, pero todavía demasiados) viven en unas condiciones de verdera indignidad y carencia en medio de unas imágenes edificio que les resultan tan deslumbrantes como inservibles y carentes de significado.

http://www.dezeen.com/2012/11/15/galaxy-soho-by-zaha-hadid-architects-photographed-by-hufton-crow/