arroz con cristales

Abril del 2013


Publicado el 14 de Abril, 2013, 18:06



Anoche, por fin, logré reunir el valor suficiente para tragarme las más de tres horas que dura el panfleto que, en 1972, Michelangelo Antonioni realizó sobre la China de Mao. El documental no sólo es tedioso por su ritmo exagerada (e innecesariamente) lento, sino que, como me esperaba, produce verdadero sonrojo por su acriticismo y la forma infantiloide en que se alaban los logros de un régimen, por otro lado, terriblemente injusto y cruel. El insigne realizador italiano, completamente entregado a la causa de la "Revolución Cultural" (como muchos otros intelectuales burgueses europeos que, por aquellas mismas fechas, buscando una alternativa revisionismo de Khrushchev, salieron de "Málaga" para meterse en "Malagón" de una forma muy ingenua, y con un desconocimiento total de lo que estaba realmente sucediendo en China por aquellos años, como refleja Jean-Luc Godard en su película, "La Chinoise"), no se cansa de recordarnos machaconamente los brutales métodos utilizados por los emperadores y señores feudales para someter al campesinado chino, y nos retrata a este pueblo, una vez emancipado por Mao Zedong, como feliz en su austeridad (en algunas ocasiones, utiliza directamente la palabra "pobreza", pero sólo cuando no le queda más remedio por la obviedad del subdesarrollo que se presenta ante su cámara). Por supuesto, en su periplo milimétricamente diseñado por las autoridades chinas, no se muestran los siniestros centros de reeducación mediante el trabajo, ni se dice que la universidad llevaba cerrada desde hacía seis años por considerarla un centro peligroso para Mao y sus secuaces por la producción de un pensamiento crítico que en ningún caso debía llegar al pueblo, ni que sólo diez años antes los mismos sonrientes trabajadores que aparecen comprando alimentos en un mercado abarrotado de alimentos (seguramente hiper abastecido para la ocasión), se habían visto obligados a comerse los cadáveres de sus familiares para no morir de hambre como consecuencia de una delirante política económica denominada "Gran salto hacia adelante" que sumió al país en una hambruna atroz. Cada localización que se muestra en la película ha sido perfectamente seleccionada (no por Antonioni, sino por el Gobierno chino, claro está) para ofrecer una imagen de postal (en ocasiones, los personajes parecen más bien figurantes que realizaran tareas ajenas a su vida cotidiana por exigencia del guión, especialmente cuando visitan una aldea colectivizada) en la que la masa obrera y campesina vive, trabaja y se divierte, como se muestra hoy en día en los tours organizados que el Gobierno norcoreano realiza para los periodistas extranjeros (en aquellos años, China era una gigantesca Corea del Norte, igual de cerrada y represiva). Aun así, durante el rodaje ocurren algunos "imprevistos" (como cuando se topan casualmente con un mercado negro rural, en el que los campesinos venden clandestinamente enseres y alimentos que supuestamente no les pertenecen) en los que se puede ver cómo era la dura realidad. Una realidad en la que los liberados y felices proletarios chinos tratan de derrotar el hambre y la escasez como buenamente pueden, a hurtadillas de un Estado omnipresente. Las caras de miedo cuando les filma un grupo de lao wai acompañados por comisarios políticos del Partido haciendo algo que saben que no está permitido son un auténtico poema. El documental es tan ridículo que no me merece más comentarios, sin embargo, me alegro de haberlo visto porque me ha llevado a reflexionar sobre los sistemas económicos y de organización del trabajo que se han puesto en práctica durante el siglo XX.

Durante el pasado siglo, un sólo fantasma recorrió Europa (y el resto del mundo), el fantasma del capitalismo; un sistema económico basado principalmente en la explotación de la clase obrera y en el saqueo de unos pueblos sobre otros por medio del imperialismo. El capitalismo puede ser de dos tipos: Por un lado tenemos el capitalismo clásico, liberal, creado en el siglo XVI y modernizado en el XVIII por economistas como Smith o Ricardo. En este tipo de capitalismo, en el que cada Estado puede ser más o menos proteccionista y en el que la producción de mercancías y su comercialización puede estar más o menos regulada por él, se permite la propiedad individual y la iniciativa privada. Por el otro, tenemos un tipo de capitalismo que se puso en práctica en diferentes países del mundo durante el siglo XX y que, aún hoy, continúa de forma residual en algunos otros como Cuba o Corea del Norte, me refiero al capitalismo de Estado; en este tipo de capitalismo, la propiedad privada por parte de los individuos no está permitida ya que ese derecho se lo arrogan los monopolios estatales y la clase dirigente que detenta el poder. Los trabajadores en lugar de vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario con el que pagar unos impuestos para recibir unos servicios públicos que satisfagan sus necesidades y las de su familia (salud, educación, seguridad,…), como sucede en el capitalismo liberal, lo hacen directamente a cambio de esos servicios más un salario prácticamente simbólico.

En el primer tipo de capitalismo, el liberal, las reglas del juego están claras y funciona debido a un acuerdo (pacto social) entre los que poseen los medios de producción y los que operan dichos medios, es decir los trabajadores. Cada parte tratará de que las condiciones de ese acuerdo sean lo más ventajosas para sus intereses. La mayor parte de la plusvalía generada por los trabajadores, una vez que se les ha pagado un salario (que en la mayoría de los casos sólo les permite sobrevivir) y los dueños de los medios de producción se han repartido las ganancias asignadas, se destina a reinvertir en la mejora de dichos medios con el fin de mejorar la producción y hacer a la empresa en cuestión más competitiva. La competición es el principio vertebrador de este sistema, y la reproducción del capital ad infinitum su máxima vital. El espectáculo y la publicidad sus armas de seducción, y las que hacen que se perpetúe en el tiempo, mediante la generación de deseo por parte de los trabajadores hacia las mercancías que producen; producción y consumo se retroalimentan en un ciclo imparable. En la actualidad, las grandes corporaciones mercantiles han secuestrado al poder político y lo han hecho su súbdito, lo público (como el ejército) se ha puesto al servicio de lo privado. La guerra imperialista es la consecuencia lógica de un modelo en el que los intereses económicos de unos países colisionan sistemáticamente con los de otros, principalmente por la escasez de los recursos naturales.

En el segundo tipo de capitalismo, el de Estado, para conseguir que la clase obrera fabrique mercancías prácticamente gratis, es imprescindible el engaño directo de la misma: hacer creer a los que manejan los medios de producción que esos medios y los recursos naturales del país son suyos. Este engaño se lleva a cabo mediante la propaganda artística en un primer estadío (la película "La sexta parte del mundo", del director ruso Dziga Vertov, sería un magnífico ejemplo de ello), y directamente a la represión cuando la primera deja de ser efectiva. En esta clase de capitalismo, la plusvalía generada gracias al trabajo ejercido por clase obrera no se utiliza para mejorar la producción (al tratarse las empresas de monopolios estatales, no hay nadie con quién competir), y mucho menos repartirla  entre los trabajadores o al menos mejorar los servicios (por lo general muy deficitarios) que se les da como pago por su trabajo. Una clase dirigente formada por militares, burócratas y tecnócratas, decide el modo de repartición del beneficio (las mayores partidas se las suele llevar la seguridad del Estado a través del ejército, con el fin de proteger a esa nueva casta dirigente de los enemigos externos e internos). En teoría, según sus creadores, los economistas alemanes Engels y Marx, esta primera etapa de capitalismo de Estado, a la que ellos bautizaron con el muy revolucionario nombre de "Dictadura del proletariado",  era absolutamente necesaria, pero debía suponer una mera transición en el proceso de conversión del capitalismo liberal en un sistema completamente colectivista y novedoso en el que los medios de producción y los servicios pasarían de forma real, y no meramente nominal, a ser propiedad de los trabajadores. A este sistema, lo denominaron "Comunismo" a finales del siglo XIX y, hasta la fecha, que yo sepa, sigue inédito, al menos a gran escala, si bien han existido experimentos más o menos focalizados y temporales como los Kibutz israelíes.

A parte de las diferencias en cuanto a la prohibición o no de la propiedad privada y de la forma de retribución a los trabajadores por su trabajo, que acabo de explicar, la segunda diferencia entre ambos tipos de capitalismo es que, en el capitalismo clásico, las fuerzas económicas son tratadas mediante procedimientos exclusivamente económicos (leyes de mercado), mientras que en el segundo tipo, dichas fuerzas se planifican teniendo en cuenta no sólo aspectos económicos sino también políticos, lo que hace al sistema poco funcional para una óptima producción. En este tipo de capitalismo, el potencial de la clase trabajadora se desarrolla por debajo de sus posibilidades; mediante la injerencia del Estado, se genera subdesarrollo de forma consciente, como se puede apreciar perfectamente en el documental de Antonioni.  China, en la actualidad, tras certificar un nulo crecimiento económico durante las décadas que estuvo en vigencia su capitalismo de Estado, ha optado por un sistema económico híbrido entre ambos tipos, en el que se fomenta la iniciativa privada dentro de una economía planificada por el Estado central, y en la que la clase obrera no goza de los derechos de los que gozan los trabajadores de los países con un sistema de capitalismo clásico, lo que ha aumentado espectacularmente su productividad y le ha permitido un verdadero despegue económico que en ningún caso redundará (o lo hará muy parcialmente) en los verdaderos artífices del milagro, los obreros.

Aunque casi siempre se presente a ambos tipos de capitalismo como sistemas antagónicos, la realidad es que las coincidencias entre ambos, de la que la más importante es la explotación de la clase proletaria, son tan numerosas que no es extraño que se pueda pasar de un tipo a otro en un brevísimo lapso de tiempo (caso de la URSS y países satélites), o combinar ambos tipos (caso de China, Vietnam, Laos, Birmania…).



Publicado el 1 de Abril, 2013, 9:53



"Li ha prometido que el Gobierno responderá a las demandas de la gente, reducirá las grandes diferencias sociales, proporcionará mejor cobertura sanitaria, luchará contra la corrupción, hará frente a la degradación medioambiental y reformará en profundidad el modelo económico"

Las palabras arriba escritas están extraídas de la noticia que da cuenta de las primeras declaraciones, en rueda de prensa, del que será el primer ministro chino Li Keqiang durante los próximos diez años, publicada por el diario EL PAIS el 18 de Marzo de 2013 

Si bien, como ya apuntó Ortega y Gasset, la política consiste en el arte de saber mentir, lo que diferencia a China del resto del mundo es que en la cultura china la mentira está socialmente aceptada como medio para garantizar la paz y la harmonía social.

En China, es muy frecuente que una persona halague a otra diciéndole algo que no siente o piensa (puede que incluso lo contrario de lo que sienta o piense), para conseguir algún tipo de beneficio de ella, sin que eso genere nada parecido a esa repugnante actitud a la que los occidentales llamamos hipocresía. El halagador sabe que está mintiendo, el halagado sabe que le están mintiendo, pero los dos sonríen felices. Como he explicado en otras ocasiones, en la forma de pensar de los chinos, la frontera entre lo verdadero y lo falso es algo difuso y maleable.

Cuando surge un problema, en cualquier ámbito de la vida, el chino (cobarde por naturaleza) en lugar de reconocerlo y tratar de solventarlo (lo que posiblemente generaría roce, malestar o un conflicto entre las partes), recurre inmediatamente a la mentira, al disimule, incluso a las buenas voluntades, a las caras sonrientes, a las falsas promesas, puede que también al halago o al regalo gratuito (otra característica natural del chino, seguramente derivada de la anterior, es la lambisconería), con lo cual, lo único que consigue es que el problema se acreciente, el roce y el malestar entre las dos partes vayan progresivamente en aumento, y al final el conflicto sea prácticamente inevitable y de mayores dimensiones.

El Primer Ministro Li ha prometido cambios radicales en China para solventar los graves problemas a los que se enfrentará el país durante los años por venir; el PCCh se va a tomar muy en serio problemas como la corrupción, la injusticia social, o el maltrato al medioambiente, ha dicho. Él sabe que está mintiendo a su pueblo, los chinos saben que sus dirigentes harán poco o nada al respecto. Todos sonreirán felices durante los próximos diez años. Unos más que otros, claro.