arroz con cristales

Marzo del 2013


Publicado el 15 de Marzo, 2013, 14:03



Para Jose e Ignacio, por los días de Berlín.

Que el mundo en que nos ha tocado vivir es como un enorme parque temático de tamaño planetario es algo tan evidente que considero innecesarias las argumentaciones al respecto. Viajamos como notarios, que certifican que los lugares que nos presentan los medios de comunicación a través de documentales, revistas, guías de viaje,… están donde nos habían prometido y son idénticos a como éstos nos los mostraban. La foto delante del monumento en cuestión (original o réplica), es el acta notarial definitiva que da fe, tanto de nuestra presencia en lugares remotos y cargados de exotismo, como de la autenticidad de lo que hasta ese momento no era  más que  pura virtualidad. El turismo de masas ha convertido a las culturas pasadas en una caricatura de lo que algún día fueron. Yo, como todo casi todo el mundo, he practicado ese tipo de viajes a los paraísos artificiales del turismo y no me arrepiento de ello; no conmoverse profundamente (a pesar de los cientos de coreanos, japoneses, rusos,...de alrededor y de a pesar de la certeza de la mistificación histórica) al presenciar un amanecer en la ruinas de Angkor Wat, u observando una puesta de sol sobre el Ganges desde una terraza en Benarés, por poner sólo un par de ejemplos, es algo como para como hacérselo mirar. Una escenografía real o una realidad escenificada. Mediocridad histórica restaurada y espectacularizada. Imagen de la imagen. Espejismo marchito. Ruina a estrenar. Reino de lo pre-visto. Existe otro tipo de viajes, sin embargo, que a mí personalmente me interesan mucho más: son viajes a lo desconocido, a lo inesperado; viajes en los que uno simplemente sale a encontrarse con el mundo; viajes donde el "tour operator" no es otro mas el azar; viajes donde lo importante no son las arquitecturas milenarias, sino las personas contemporáneas; viajes de los que uno no vuelve igual, en los que crece y se hace mejor persona; viajes en donde te das de bruces con la condición humana y te humanizas por el simple contacto con tus semejantes; viajes donde no te queda más opción que la de ejercer de antropólogo accidental y tomar notas de todo lo que ves y oyes, sin la necesidad de certificar nada, mucho menos de juzgarlo. Acabo de tener la enorme suerte de haber vivido un viaje así. Ha durado solamente cuarenta y ocho horas, pero han sido probablemente las más intensas de mi vida, y sin duda las que más han transformado mi punto de vista sobre determinados temas.

 Como por cuestiones de visado tenía que salir de Taiwán, había comprado el billete más barato posible con la intención de abandonar el país, permanecer fuera un par de días, y regresar a él como un turista más que viene a visitar la isla por un periodo de tres meses (periodo máximo de estancia continuada permitido para los europeos). Tras comentarlo con varios amigos, las posibilidades más económicas para llevar a cabo mi plan se reducían a una sola: billete en compañía "low cost" a la Base Aérea de Clark, en Ángeles City, Filipinas.

Filipinas es un país aparte, diferente, especial. Ya había estado con anterioridad y la verdad es que me había gustado, especialmente su gente, con esa extraña mezcla de la hospitalidad y el candor tan característicos de los habitantes de Asia, con la viveza y la pasión que aporta la sangre latina. Si a eso añadimos la imaginería de la religión católica, omnipresente, hace que ese lugar resulte un sitio bastante sui géneris. Todo en Filipinas es peculiar y excesivo, desde la contaminación a la comida, desde las armas de fuego (igualmente presentes por todas partes) hasta la lengua, el tagalog, un  idioma tan abstruso como familiar por estar compuesto en un treinta por ciento de palabras españolas: uno está esperando a que el avión despegue, leyendo la interesantísima información recogida en las revistas de las compañías aéreas, y pasando completamente de la azafata (que está explicando esas cosas tan raras como que, en caso de despresurización de la cabina, reprimas tu instinto maternal y te pongas tú primero la máscara de oxígeno antes de ponérsela a tu hijo), hasta que entre tan ininteligible revoltijo de palabras, se empiezan a escuchar algunas que resultan demasiado comprensibles como "aeroplano", "compartimento", "cinturón", "electrónico",… es entonces, cuando uno levanta la cabeza de la revista, mira a la azafata para ver si se trata de un guiño personal, para comprobar, con gran desilusión, que ésta, completamente ajena a ti y a tus orígenes ibéricos, cual felatriz de los aires, ha pasado a hacer como que infla el chaleco salvavidas soplando por un tubo rojo.  La verdad es que, si uno lo piensa, da un poco de pena que, después de casi cuatrocientos años de presencia española en Filipinas, haya quedado solamente un grupo de palabras tan cutres. La culpa la tiene el imperialismo americano (¿hay algo en este mundo de lo que no tenga la culpa el imperialismo americano?), el que, después de la Segunda Guerra Mundial, impuso la enseñanza obligatoria del inglés en las escuelas, prohibiendo con ello la del español.

Tras poco más de una hora y media de vuelo, aterrizamos en lo que, hasta 1991, fue una base aérea estadounidense de vital importancia durante la Segunda Guerra Mundial y la Guerra de Vietnam, la Base Aérea de Clark, hoy perteneciente al Ejército de Filipinas, y cuya pista se ha utilizado para construir un aeropuerto civil a una hora escasa de Manila. Al bajar del avión, bofetada en la cara de trópico en estado puro (esos "Tristes Trópicos", como los denominaba poéticamente el antropólogo Claude Levy- Strauss). El trópico es un lugar genérico, ya que es prácticamente igual en todo el planeta, sin apenas diferencias de un sitio a otro: una luz intensísima; perros anoréxicos que juegan apáticamente a mordisquearse o se huelen el sexo con igual desgana; pollos y gallinas correteando por las cunetas de unas carreteras pesimamente asfaltadas; niñitos jugando en la calle como sus madres los trajeron al mundo; mujeres caminando bajo paraguas de estridentes colores para protegerse de un sol inmisericorde; hombres durmiendo a cualquier hora del día bajo cualquier cosa capaz de  proporcionar una pequeña sombra; ratas del tamaño de un perro pequeño rebuscando en la basura; chicas embarazadas con catorce o quince años, puestos de fruta madura en cuyo néctar reseco se regodean millones de moscas; miles de vehículos para el transporte público con la música a un volumen atronador; sensualidad exudando por cada poro de la piel, sexo sudoroso y furtivo,…Cada vez que voy a Filipinas no puedo dejar de sentirme como se debía de sentir el pintor Paul Gaugin en la Polinesia; con esas mujeres orondas y voluptuosas, de melena negra y brillante que recorre todo el largo de su espalda, y que sin conocerte de nada, te acogen con una sonrisa cómplice y receptora, por el simple hecho de ser foráneo. Como digo, cada vez que llego a ese país tengo la sensación de que, cuando vean mi avión aproximándose a la terminal, las autóctonas van a montarse en sus canoas y van a venir remando a nuestro encuentro, con sus pechos descubiertos y las caras ufanas, para colocarnos collares confeccionados con flores salvajes alrededor de nuestros blancos cuellos, cada uno encima del anterior.

Ángeles City es una ciudad que creció a la sombra de la Base de Clark y, como no es difícil suponer, es, simple y llanamente, una ciudad burdel (de esto ya me había percatado unos días antes de emprender mi viaje, cuando puse "Ángeles City" en Google, cliqueé en el apartado "Imágenes", y vi el panorama con el que me iba a encontrar en breve), como Pattaya o como cualquiera de las que existen en el Sureste Asiático. También a través de un buscador de internet (¿cómo era nuestra vida antes de que existiera internet?, ¿alguien se acuerda?), había localizado un hotel a las afueras (¿a las afueras de qué?, a las afueras de las afueras, supongo) que tenía pinta de ser un lugar tranquilo. Tras pasar el control de inmigración del aeropuerto, hacia allí me dirigí. El camino desde la terminal hasta el hotel fue tal y como me lo había imaginado: una sucesión de pequeños burdeles que no se acababa nunca; putitas adolescentes en sus puertas tratando de llamar la atención de unos clientes occidentales viejos y gordos; pedófilos sentados con algún niño hambriento, en la mesa de un restaurante, esperando impaciente a que éste terminase su plato para subírselo a la habitación, jubilados australianos con la piel quemada por el sol conduciendo motocicletas con menores filipinas viajando en la parte de atrás asidas a sus enormes barrigas,…uno de esas esquinas del  mundo, desoladoras y bastante deprimentes.

 Mi relación con las putas es tan antigua como mi propia vida; nací y pase mi infancia y adolescencia en el céntrico "Barrio de las Letras", un barrio más o menos señorial tiempo ha, y venido a menos durante esa etapa un tanto oscura de la ciudad, que fueron los años del tardofranquismo; últimos sesenta y, sobre todo, los setenta, con la irrupción salvaje de la droga y la delincuencia en una época en la que España se abría al mundo y perdía la inocencia, si es que alguna vez la tuvo, cosa que personalmente dudo (España e inocencia son dos palabras que, por más que lo intente, nunca puedo concebir unidas). No exactamente en mi calle, pero sí en la de al lado, trabajaba un nutrido grupo de "mercenarias del amor", unas veinte o treinta en total. De estas prostitutas se podría decir que pertenecían a algo así como la Tercera Regional de las meretrices: gordas voluptuosas vestidas con minifaldas y medias de rejilla que mostraban unas carnes excesivas y grotescas, yonquis maduras desdentadas por la acción del caballo y los años, alguna que otra africana que, sin duda, llamaba poderosamente mi atención de niño, en un Madrid en el que, por aquél entonces, debían de vivir unos veinticinco o treinta negros en total, y en el  que, las improbables veces en que te cruzabas con uno de ellos, le apretabas la mano a tu madre en un gesto de complicidad, como diciendo "mira mami, un negrito" (es curioso que, con los años, me haya convertido yo en ese "negrito", ese personaje fantasmal y diferente al que los niños asiáticos miran con la misma mezcla de fascinación y sobrecogimiento con que lo hacía yo entonces). Como digo, aquellas mujeres, formaban parte de mi paisaje vital. Cuando iba y venía del colegio, ellas estaban siempre ahí, habitando las esquinas o medio metidas en un portal, quietas, calladas, como formando parte del mobiliario urbano, pasando frío en invierno y calor en verano, esperando la llegada de algún viejecillo recién llegado de la provincia con las palabras "Calle de la Cruz" apuntadas en un papel arrugado, que les comprara un rato de compañía a cambio del dinero necesario para la próxima dosis o la manutención de algún hijo ilegítimo. Jamás me importunaron. Nunca las vi molestar a nadie. La prostitución, elegida como una opción tomada libremente por un hombre o una mujer, nunca me ha parecido humillante ni denigrante (ni más humillante ni más denigrante que cualquier otro trabajo, puede que incluso menos si se ejerce sin ninguna coacción. No entiendo porque vender un rato de compañía y sexo tenga que ser peor que malvender la fuerza de trabajo, sin duda, una muestra más de la moral hipócrita judeocristiana). Lo que me ha parecido siempre la prostitución (quizá por aquella estampa tan desoladora que acompañó mi niñez), es algo terriblemente triste, contrario al goce y la festividad de la carne a la que se supone que está destinada. Las risas y el champán yo no los vi nunca. En cualquier caso, creo que las personas que se dedican a este noble oficio son bastante más interesantes que el resto y poseen una sabiduría especial, la que proporciona el roce constante con las capas más oscuras del ser humano. Como decía el gran actor Fernando Fernán Gómez: "las señoritas son para follar, las putas para charlar con ellas". Absolutamente de acuerdo.

Como soy una persona que, para su suerte o para su desgracia, tiene la extraña habilidad de encontrar siempre lo más raro dentro de lo raro, tras una serie interminable de conexiones entre jeepneys (el medio de transporte por antonomasia en Filipinas; Jeeps militares americanos transformados en furgonetas profusamente decoradas) y triciclos (motos con sidecar), llegué por fin a mi hotel, donde lo primero que me recibió, en el hall de entrada, fue la singular figura de una mujer desnuda, a tamaño real, tallada en una madera muy oscura, casi negra. La mujer estaba en una postura muy sensual, sentada de rodillas con las piernas ligeramente abiertas, la cabeza inclinada levemente hacia atrás y las manos sobre el pelo, imitando a la legendaria Bo Derek en la película "10, la mujer perfecta". Alguien le había puesto unas bragas y un sujetador, y también una máscara sobre la cabeza, que con su blancura resaltaban mucho sobre la oscura tonalidad de la madera y de la noche que empezaba ya a cubrirlo todo, con esos atardeceres veloces, tan característicos de los trópicos, en los que la penumbra se precipita sobre lo que queda del día en cuestión de segundos. El edificio parecía deshabitado, nadie en la recepción, nadie por ninguna parte, lo que me permitió husmear un poco, y decidir si realmente quería quedarme en un hotel con una pinta tan peregrina, ya que por los alrededores había visto otras opciones que parecían un tanto más "normales". Lo segundo que llamó mi atención, después de la escultura de la mujer, fue la cantidad de carteles, naturalmente escritos en inglés, que había sobre las paredes del hall. Estos carteles en algunas ocasiones se limitaban a dar indicaciones objetivas y frías, tipo: " EL CAFÉ ESTÁ DISPONIBLE PARA LOS CLIENTES DEL HOTEL EXCLUSIVAMENTE DE 7 AM A 11 AM), o directamente órdenes concisas como: "QUEDA ESTRICTAMENTE PROHIBIDO HACER RUIDO A PARTIR DE LAS 10 PM". En otras ocasiones, los carteles transmitían mensajes que se podrían calificar como de jocosos, y contrastaban con la seriedad de los anteriores. Éstos eran del tipo: "¿PREGUNTA USTED POR EL HOMBRE QUE ESTÁ AL CARGO, O POR LA MUJER QUE SABE DE QUÉ VA LA COSA?". Otro consistía en una de esas pegatinas amarillas, con forma romboidal, que se pegan en la ventanilla del coche, en las que pone: "BEBÉ A BORDO", pero en la que la figura del bebé atado a su sillita había sido sustituida por la de una ametralladora M16. Pensé que, sin duda, faltaban algunos clásicos españoles como: "HOY NO SE FÍA, MANAÑA SÍ" escrito sobre una porra, o el no menos desternillante: "ES UN PRECIOSO DÍA, YA VERÁS COMO VIENE ALGUIEN Y LO JODE", una lástima. La tercera categoría de carteles, estaba compuesta por un grupo que se podría denominar como de "mensajes morales"; éstos transmitían recomendaciones éticas a seguir por los huéspedes durante su periodo de estancia en el hotel, recuerdo uno que decía: "TODO LO QUE VEAS Y TODO LO QUE OIGAS AQUÍ, DÉJALO AQUÍ", toda una declaración de intenciones que me produjo una mezcla de preocupación y gracia: preocupación lógica porque, cuando uno va a hospedarse en un hotel, no se supone que tenga que ver u oír nada que no pueda ir luego contando por ahí, y gracia porque me recordaba a esa frase tan lapidaria como estúpida que usan los futbolistas, después de algunos partidos especialmente hoscos, para no tener que dar explicaciones a los periodistas que les preguntan sobre un lance marrullero del juego (un insulto, un pisotón, un escupitajo en la cara, o cualquier otra lindeza tan habitual en ese deporte tan caballeroso), y que éstos suelen zanjar con un contundente y definitivo: "lo que pasa en el campo, se queda en el campo", pues aquí, lo mismo. Otra cosa que me pareció singular de aquel lugar, es que estaban colgados, en la parte alta de la pared, los escudos de todas las armas del Ejército de Estados Unidos, algo sin duda más propio de un cuartel que de un hotel: Cuerpo de Marines, Guardia Costera, Fuerza Aérea, Guardia Nacional,…hasta un total de unos ocho, todos con gran profusión de barras, estrellas, águilas, flechas, y toda la parafernalia imperialista tan del gusto de ese pueblo norteamericano. El que más me impresionó fue uno que decía: "DISABLED AMERICAN VETERANS" ("VETERANOS AMERICANOS DISCAPACITADOS"), sobre cuya superficie había pintada una diosa griega  con los ojos vendados que posaba su espada sobre el hombro de un soldado postrado de rodillas ante ella, en clara actitud bendicente (ahora me explicaba el porqué de la enorme cantidad de sillas de ruedas que había apiladas en una pequeña habitación anexa a la recepción). Como ya habían pasado unos cinco minutos, y por allí no aparecía nadie, decidí tocar una campana que había colgada de una cuerda junto a la puerta de la recepción, que estaba cerrada. Al poco rato, llegó un vigilante de seguridad que volvió a tocar la campana para que viniera el recepcionista, como en un protocolo que tuvieran pactado de antemano. Segundos más tarde, llegó un chico muy joven al que sin duda habíamos despertado, a campanazo limpio, de un sueño profundo que trataba de disimular en un alarde poco convincente de profesionalidad. Abrió la puerta de la recepción y entramos para realizar mi registro. La recepción, que hasta ahora sólo había podido entrever a través de un pequeño ventanuco, era inenarrable, no sólo por la enorme cantidad de carteles que había colgados por todas partes (muchos más que en el hall), sino porque en ella había unas estanterías en las que se exponía para su venta todo tipo de productos, tanto alimentarios como para la higiene personal, la gran mayoría de los cuales no había visto nunca con anterioridad, ni sabía exactamente cuál era su utilidad. Tras un rápido check in, el recepcionista, aún somnoliento, me dio a elegir entre habitación con aire acondicionado o con ventilador. Cuando le pregunté que si el ventilador sería suficiente para dormir cómodamente, me contesto fría pero cortésmente que eso dependía de mí (se conoce que no quería reclamaciones posteriores). Tras pagar mis dos noches de estancia en lo que se prometía como el paraíso, me acompañó a mi habitación y, por el camino, me informó de que el hotel disponía de una piscina. Me pareció advertir que lo dijo con un cierto orgullo. Sobre cada una de las habitaciones que íbamos pasando, había una lucecita, que podía estar en rojo, verde o amarillo, cuya función y códigos de color no me atreví a preguntar a mi transitorio guía (supuse que rojo para las que estuvieran ocupadas o reservadas, verde para las vacantes, pero, ¿y el amarillo?. De todas formas, las que tenían la luz en verde parecían estar igualmente habitadas). Tras recorrer una larga galería exterior, dimos por fin con mi habitación. Fue abrir la puerta, y tras entrar y darle al interruptor de la luz, sentir una sensación de inexplicable de desazón recorriendo todo mi cuerpo (esas veces en que entiendes físicamente lo que significa la expresión: "caérsete el alma a los pies"); era como si todo en ella se hubiera conjurado con el único fin de dar la idea más alejada posible de la confortabilidad y el acogimiento, muy diferente, desde luego, de la imagen que me había hecho a través de las fotos que habían colgado en su página web: una luz fluorescente fría y mortecina (el tipo que inventó la luz fluorescente seguro que era un tipo amargado, sin familia, ni amigos, si no, no me lo explico); sobre la cama, unas sábanas con ciertas zonas más oscuras que otras; la cortina de la ducha llena de moho y medio descolgada, un ventilador impotente, y más cartelitos pegados por todas partes, de entre ellos, el más curioso, uno que rezaba tan surrealista leyenda: "ESTA PROHIBIDO FUMAR EN LA HABITACIÓN. EN CUALQUIER MOMENTO, SE PODRÁ REALIZAR UNA INSPECCIÓN DE LA MISMA; SI ÉSTA HUELE A HUMO, O SE ENCUENTRA SOBRE LAS SÁBANAS O LAS TOALLAS ALGUNA MANCHA DE SANGRE O DE TINTE PARA EL PELO, EL HUÉSPED DEBERÁ PAGAR UNA MULTA DE VEINTICINCO DÓLARES". Me resultaba cómico que en un ambiente tan insano como aquél hubiese una cruzada antitabaco tan contundente, lo del tinte para el pelo no me lo explicaría hasta la mañana siguiente. Al menos parecía limpia y habían tenido  el detalle de dejar una pastilla de menta sobre cada una de las almohadas, único signo de hospitalidad en toda la estancia. Tras mostrarme la habitación en detalle (en realidad tampoco tenía mucho que mostrar) y explicarme cómo funcionaba la televisión, el recepcionista cerró la puerta y desapareció. En la televisión estaban poniendo un concurso de niños filipinos imitadores de Michael Jackson (por cierto, niños del mundo: ¿hasta cuándo vais a seguir imitando a Michael Jackson, bonitos?. Cuando uno los ve dando esos pasitos hacia atrás, llevando esos sombreros que les tapan la cara hasta los ojos, esas americanas a las que sus madres han cosido primorosamente miles de lentejuelas plateadas y esos guantecitos blancos que cubren unas manitas que se agitan en el aire sin parar para acabar indefectiblemente agarrando la entrepierna, no puede evitar preguntarse: "¿lo estará haciendo como tributo a su ídolo, o es que el pobrecillo no se ha enterado aún de que "El Rey del Pop" la pichó hace ya casi cuatro años y que su último disco lo sacó hace como doce?". Es tan inexplicable como pensar que un niño de hoy, al jugar con sus amigos al fútbol, en lugar de pedirse ser Messi o Cristiano Ronaldo, se pidiera ser Maradona o Michel Platini. Cosas de niños que a mí, seguramente por no ser padre aún, se me escapan completamente). Otra cosa que me gusta de Filipinas es que el deporte nacional son las peleas de gallos, y en los anuncios de la tele, entre champús, mutuas de seguros, y zumos tropicales, se publicita pienso para fortalecer a tan irascibles aves. Me imagino la lista de la compra de un filipino: Coca-Cola, patatas, atún en conserva, papel higiénico, chocolate, pienso para el gallo,…La primera vez que estuve en Filipinas, fui a una pelea de gallos a las afueras de Manila, algo que sin duda le recomiendo a todo el mundo que visite el país (me hice pasar por un fotógrafo de National Geographic, y me abrieron todas las puertas, aunque creo que me las hubieran abierto igual por ser el único turista que había pisado el palenque en todos sus años de historia; ¡estaba todo el mundo más pendiente de mí que de los gallos!. Me acuerdo de que cada poco me traían cervezas, que yo por supuesto no rechazaba, y que al final salí de allí bastante borracho. Fui unas horas antes de coger mi avión de regreso a China y recuerdo que mi mayor preocupación era meterme tanto en el ambiente que acabara perdiendo el vuelo. Por poco lo consigo).

Como en la habitación me estaba dando un cierto bajón, decidí salir a cenar algo y a darme después una vuelta por los puticlubs. Éstos, al menos en la zona en que yo me encontraba, estaban situados a un costado de la carretera principal, y consistían en una hilera de casuchas iluminadas con una gran variedad de luces de colores, tanto en el exterior como en el interior. A pesar de que todos tenían unos nombres muy llamativos y exóticos, tipo "HONEY POT" o "FIRE AND ICE", eran realmente cochambrosos.  A un lado de la entrada de cada uno de ellos, había una chica con minifalda que solía permanecer recostada sobre una silla de plástico cuyo respaldo apoyaba contra la pared, dejando las dos patas delanteras de ésta en el aire; en uno de los dedos, se habían atado una cuerda cuyo otro extremo habían atado al picaporte de la puerta, para poder abrirla sin tener que levantarse, en el remoto caso de que algún cliente quisiera pasar al interior para tomar una copa mientras veía bailar a otras chicas que ejercían de strippers tras una gruesa cortina negra, que colgaba del dintel de la puerta para imposibilitar que se las pudiera ver bailar medio desnudas desde la calle. La portera, repanchingada con la cuerda conectando su mano con la puerta, le daba al conjunto un aspecto de indolencia extrema. En uno de estos prostíbulos, vi una cosa bastante sorprendente: a unos dos metros de una de estas "prostituta-cancerbera", había un gato sentado. Lo gracioso es que el gato estaba sentado como lo hacen las personas, con el culo sobre el suelo, la espalda apoyada en la pared y los brazos caídos. Además, el animal tenía la mirada perdida en el infinito, como si le hubiese sentado mal alguna droga y hubiese salido del local para tomar un poco de aire. Presentaba un aspecto tan humano que resultaba gracioso e inquietante a partes iguales ("trop bizarre", como dicen los franceses). A las putitas no había por donde cogerlas, eran como esas niñas que, aprovechando la ausencia de sus madres, han tomado su tocador y el maquillaje que éste contiene al abordaje y se han dedicado durante una hora o más a dejarse la cara hecha un adefesio. Todas tenían una estatura muy baja, alrededor de un metro cincuenta o puede que incluso menos, y la piel muy morena. Cada vez que pasaba por delante de uno de estos "Girls Bar", que es como se los conoce allí, y no hacía el menor ademán de querer entrar, alguna de las chicas que trabajaban fuera del local animando al público a pasar a su interior, me preguntaba a voz en grito: "¿where are you going, sir?", como diciendo: "pero adónde vas, insensato, ¿no ves que en ningún sitio vas a estar mejor que aquí con nosotras?". Yo, indefectiblemente, rechazaba la invitación con una sonrisa un tanto forzada, o les preguntaba el precio de una copa para mostrar con ello un interés que en realidad no existía, y marcharme acto seguido. Al principio, pensé que su insistencia por mí se podía deber a que por allí, entre tanto carcamal tripudo, yo les debía parecer todo un Yorch Cluni, pero luego me di cuenta de que sus reclamos sonaban mecánicamente a mi alrededor, y yo no era para ellas más que un turista más al que sacarle algunos pesos, en nada diferente del resto. En una de las isletas de la autopista adyacente, estaban tres de estas chicas "atractoras" tratando de llamar la atención de los conductores que por ella circulaban; para ello, se habían puesto una de esas bandas que llevan las misses en los concursos, y en las manos llevaban unas luces parpadeantes (como las que se colocan en la parte trasera de la bici) que agitaban frenéticamente en dirección al local que las pagaba por hacerlo. Como todo estaba adquiriendo ya un tono más onírico del estrictamente necesario, tras continuar brevemente mi paseo, y un poco deprimido ante la certeza de que aún tenía que permanecer un par de días más en ese lugar, me volví cabizbajo al hotel, pasando otra vez por delante de todos y cada uno de los burdelitos por los que lo había hecho minutos antes, desde los que las putas que me acababan de invitar a pasar, extrañadas por mi rápida vuelta, me volvían a preguntar con la misma indiferente voz: "¿where are you going, sir?". "Al hotel", contesté yo en un par de ocasiones. Todavía no sé muy bien porqué. Como si a ellas les importara en lo más mínimo el destino de mis pasos tristes. En mi camino de regreso, me crucé con algunos americanos y australianos de unos sesenta y tantos bebiendo en los bares, algunos en grupos de dos o tres, otros solos y, al verlos, no pude evitar preguntarme qué es lo que podría llevar a un ser humano a elegir voluntariamente acabar sus días en un lugar como ese. Tras un rato sopesando pros y contras, no encontré ninguna explicación que me pareciera mínimamente plausible.

 A la mañana siguiente, me desperté con los primeros rayos de sol y salí de mi habitación lo antes posible. Fue entonces cuando mi sorpresa fue mayúscula; ¡no sabía muy bien si me encontraba en un hotel o en una residencia de ancianos!, ("¿me habré equivocado de edificio?", recuerdo que pensé). De todas y cada una de las habitaciones, iban saliendo tipos muy mayores, militares americanos retirados (como averiguaría más tarde), que tenían pinta de vivir permanentemente o de al menos pasar largas temporadas en el hotel (ahora me explicaba lo de los escudos y también lo del tinte para el pelo del cartelito). La mayoría salía de su cuarto del brazo de una joven filipina que, debido a su provecta edad, les trataba más con los cuidados de la enfermera que era, que con los mimos de la amante que se suponía debía ser. Algunos se trasladaban en sillas de ruedas empujadas por sus jóvenes novias locales. También había algún que otro estadounidense joven. Uno muy fornido, con melena pelirroja recogida en una coleta, una poblada barba y un tatuaje, sobre su colosal brazo, de una cruz gamada sobre alambre de espino, se me acercó muy amigablemente y me dijo, como si nos conociéramos con anterioridad, que se iba a otro hotel porque ese era muy ruidoso y no había podido dormir bien la noche anterior. Yo le dije que había visto uno con muy buena pinta, muy tranquilo y barato en la otra punta de la ciudad (Nazis Raus!!!). La verdad es que entre los veteranos reinaba un ambiente de máxima cordialidad y una educación casi exquisita, como si de lores ingleses se tratara; todos me daban los buenos días o, al menos, me miraban con cara de aprobación. Sólo había uno, completamente borracho, que estaba dando la nota y que se me acercó para decirme que a lo mejor me debería afeitar; "probablemente", le contesté yo, a lo que él reaccionó estallando en una sonora carcajada, al considerar mi respuesta de lo más ingeniosa y divertida. A continuación, me dio su móvil para que marcara el número de su novia filipina (ya que las lamentables condiciones en que se encontraba le impedían hacerlo personalmente). Cuando ella contestó la llamada, lo primero que le preguntó con preocupación fue que dónde había pasado la noche y que dónde se encontraba en ese momento, a lo que el americano borracho le contestó que ese no era su problema y, tras preguntarle si había podido entrar en su casa o no, le cortó. Yo no daba crédito de todo lo que me estaba pasando en tan breve periodo de tiempo, una cosa disparatada detrás de otra, como en las películas de los Hermanos Marx. Luego bajé a la recepción y pregunté dónde podía tomar algo para desayunar. Un recepcionista, diferente al de la noche anterior, me dijo que fuera al VFW, que se encontraba en un anexo al edificio del hotel. A mí eso del VFW me sonaba como a fondo para protección de la naturaleza o algo así pero, en seguida, me di cuenta de que las siglas en realidad correspondían al acrónimo de "VETERANS OF FOREING WARS" ("VETERANOS DE GUERRAS EN EL EXTRANJERO") y que no era otra cosa que una especie de club de oficiales que habían montado allí los viejos para reunirse y comentar las batallitas (nunca mejor dicho) de cuando servían en Corea o Vietnam en un ambiente ideal para ello. Al entrar en el club, tenías la sensación de salir automáticamente de Filipinas para entrar en la América profunda. Era como estar en un bar de Alabama en el que lo único que desentonaban eran las camareras sudasiáticas. Aquí la parafernalia militar estadounidense se hacía ya excesiva, casi insoportable: retratos enmarcados de los altos mandos del Ejército del Aire de Estados Unidos; fotos de aviones F-14 volando en escuadrón, firmadas personalmente por los pilotos; cartelería de guerra con consignas propagandísticas que infundían ardor guerrero incluso a los tipos más cobardes o más antibelicistas, como es mi caso (un águila de cabeza blanca delante de una bandera yankee con la leyenda: "THESE COLORS DON´T RUN" ("ESOS COLORES NO HUYEN"), recuerdo que fue uno de los que casi me empuja a alistarme). Me sentía como si estuviera haciendo de extra en la parte decimoquinta de "Top Gun", en la que los estudiantes para piloto hubiesen cumplido ya los ochenta años de edad. El tablón de anuncios estaba divido según tres categorías: eventos, reuniones y entierros (este último es el que más mensajes contenía, lo cual no es de extrañar teniendo en cuenta la edad de los socios de tan singular club). La verdad es que, si la noche anterior no podía entender las razones de una jubilación dorada en lo que a mí me parecía el lugar más próximo al infierno, en este club me di cuenta de que, en realidad, era mucho mejor pasar los últimos años de vida junto a los compañeros de armas, cuidado por una filipina paciente y cariñosa, que en un desabrido pueblo de Iowa, con Jack Daniel´s por única compañía. Tengo que reconocer que, poco a poco, le estaba cogiendo el punto al sitio y hasta me comenzaba a encontrar a gusto en él. Después de desayunar me dirigí a la piscina para darme un baño. La piscina y el bar que estaba a su lado, podían haber estado perfectamente en California o Florida. Tomándose unas cervezas en la barra, había tres americanos como de unos cuarenta años con las cabezas rapadas al cero. Tenían pinta de contratistas de una de esas empresas que dan cobertura al ejército estadounidense cuando está llevando a cabo una de sus guerras imperialistas en alguna parte del globo, Halliburton, por decir una. Uno de ellos trabajaba en su pequeño ordenador portátil mientras hablaba con los otros dos de las gilipolleces de las que suelen hablar los americanos, y que, cuando se encuentra fuera de "América", consisten básicamente en despotricar, por una razón o por otra, contra todos los países a los consideran tercermundistas, con frases del tipo: "¿has estado en Bolivia?, joder, los baños apestan allí, tío" (seguramente confundiendo Bolivia con cualquier otro país de su entorno). De los americanos siempre me ha llamado la atención dos cosas: la primera es la enorme facilidad que tienen para socializar entre ellos; es verse, y surge una camaradería a primera vista que les puede llevar a conversaciones (absolutamente estúpidas e inanes) de horas. La segunda, es comprobar cómo la gente más cretina que existe sobre el Planeta Tierra, lo gobierna desde hace casi un siglo. Para mí sólo hay un pueblo más imbécil e inculto que el americano y es precisamente el que  parece estar llamado a sucederle como superpotencia mundial, lo que confirma mi teoría de que cuanto más estúpido sea uno, más probable es que alcance el éxito en esta vida. Visto lo visto, me subí a mi habitación, donde pasé el resto del día escribiendo (tengo que reconocer que, por un momento, jugué a creerme un verdadero escritor maldito, como mis admirados Roberto Bolaño, Charles Bukowski, o Raymond Carver, ordenando notas en la habitación sombría de un hotel decadente perdido en la espalda del mundo).

 Por la noche, volví a salir para comer algo y darme otra vuelta por los antros de perdición (la oferta cultural de Ángeles City se limita al strip tease, nada de conciertos de música barroca, ciclos con la filmografía de Antonioni, o performance experimental, qué le vamos a hacer). Después de cenar, camino de regreso al hotel, pasé por delante de un bar que me pareció un tanto diferente del resto, desde el que me llamó una chica que también parecía distinta. El bar se llamaba "A TOUCH OF CLASS" y, a juzgar por la pinta que tenía, no parecía que se tratara simplemente de un reclamo publicitario, un título retórico sin más puesto únicamente con la intención de atraer a una clientela más o menos selecta, por otro lado, inexistente en el lugar. Si algo estaba pidiendo Ángeles City a gritos, era precisamente un toque de clase, aunque fuera diminuto como este bar. En verdad, se trataba de un local muy pequeño pero realmente distinguido, con una decoración que hacía que pudiera perfectamente haberse encontrado en la zona más exclusiva de Hong Kong, Tokio o Singapur: botellas de vinos muy caros sobre estanterías metálicas de las que salía una agradable luz azulada, una música muy suave y una barra de vidrio negro con taburetes de diseño más o menos moderno. Por supuesto, dentro no había chicas bailando, sólo un par de camareras bastante atractivas y ningún cliente a esa hora, por lo que me decidí a acercarme para echar un vistazo. La chica que se me acercó en la calle para darme la publicidad e invitarme a pasar era terriblemente bella, nada que ver con el resto; dulce, discreta, bastante tímida. Cuando estábamos hablando todavía fuera del bar, de repente, me vi rodado por un grupo de niños que se abalanzaron sobre mí, mientras me metían la mano en todos y cada uno de los bolsillos que llevaba para tratar de robarme la cartera. Ella, rápida de reflejos, como un ángel de la guarda, me agarró de la muñeca y me metió al interior del bar, disculpándose  acto seguido por el incidente con los niños, en el que ella, de hecho, no había tenido ninguna responsabilidad. Una vez dentro, comenzamos a charlar mientras tomábamos una cerveza. Me contó que era de Manila, que tenía veintiún años y que durante los últimos dos había compaginado su trabajo de camarera con el de modelo (me mostró las fotos que guardaba en su móvil y que le había hecho un fotógrafo de Hong Kong; me quede petrificado, eran unos retratos un tanto comerciales pero en los que el fotógrafo había conseguido transmitir un nivel de sensualidad sorprendente, por otro lado, algo no muy difícil con semejante cara y con ese cuerpo menudo pero tan bien perfilado). No hablaba mucho, básicamente contestaba a mis preguntas y se reía, al hacerlo se tapaba la boca con la mano. Luego estuvimos hablando de su trabajo; me dijo que era camarera pero que por una cierta cantidad de dinero se iba al hotel con los clientes aunque fueran viejos ("first to come, first to serve", recuerdo que me dijo con una sonrisa de resignación cuando le pregunté si no le daban asco). Todo esto lo decía sin el menor atisbo de drama, aceptándolo sin más, con una dignidad extrema, que había hecho extensible a todas las demás chicas de Ángeles City (y acaso a las del resto del mundo que ejercían su misma profesión), a las que, a partir de ese momento, yo ya no vería nunca más como "putitas", sino como las chicas que son, con sus anhelos y sus problemas, sus esperanzas y sus miedos. Sus palabras y la actitud con que las decía, las había humanizado a todas de golpe, y en mí, había cambiado su percepción para siempre. Luego me contó que había tenido varios novios extranjeros y también varios tutores. Por tutores, se refería a tipos que la visitaban periódicamente y le hacían regalos (móviles, joyitas, flores,…), una especie de benefactores. Uno de esos tutores era un médico vietnamita que trabajaba en Estados Unidos y venía a verla aproximadamente una vez al mes, pero con el que ya había perdido el contacto. Me dijo que, la última vez que estuvieron juntos, cuando él se volvió a Estados Unidos, dejó pagada una semana más la habitación del hotel donde se habían estado quedando para que ella pudiera permanecer allí sin hacer nada, relajándose. Camille, que así es como se llamaba, decidió entonces traer a su familia de Manila para que todos pudieran disfrutar del regalo del tutor vietnamita (la historia me pareció realmente conmovedora y hermosa, y reconozco que se me hizo un pequeño nudo en la garganta cuando me lo contó). También me dijo que lo que buscaba realmente en un hombre no era ni dinero, ni regalos caros, sólo que la tratara como a una princesa (me hizo gracia que utilizara esa expresión porque me vino inmediatamente a la cabeza la película de Fernando León de Aranoa), que prefería los regalitos baratos pero hechos con verdadero cariño. Parecía tan fácil una vida feliz al lado de Camille. Cuando terminé mi cerveza y una vez que sentí que ya no teníamos nada más de qué hablar ( y había quedado suficientemente claro que ni ella trabajaba gratis ni yo pagaba por sexo), ella presintió que me marchaba, entonces fue a un cuartito del que volvió con un papelito de color lila que metió en el bolsillo de mi camisa. En él había anotado su dirección de correo electrónico. Al despedirnos, nos dimos un abrazo y un fugaz beso en los labios. Me marché sin mirar atrás. A lo lejos, a unos diez o quince kilómetros de Ángeles City, se divisaba una tormenta con gran aparato eléctrico. En mi cabeza continuaba sonando el "Time after time" de Miles Davis.

 


Publicado el 2 de Marzo, 2013, 11:20



Hoy, mientras permanecía sentado en un banco de uno de los parques de la apacible Taipei, he observado a mi lado un acontecimiento tan contradictorio como hermoso por raro. Las hojas secas de los árboles, arrancadas de sus ramas por una leve brisa de aire templado, caían sobre flores recién estrenadas. A tal incongruencia estacional no sabría si clasificarla como primatoño u otoñera, lo único que sé, es que como una hora después, me he enamorado muy profundamente de una mujer.


Publicado el 2 de Marzo, 2013, 11:17



Mi nueva vida en Taiwán es tan fácil y llevadera comparada con la que he llevado durante los dos últimos años en ese enorme manicomio con forma de país llamado China, que he decidido llevar(me) a cabo pequeños actos a modo de sabotaje, con la única finalidad de no perder la noción de incondicional incomodidad, delirante exasperación y mala hostia permanente, a las que estaba ya tan acostumbrado, y que sentía como parte intrínseca de mi existencia. Dichos actos auto lesivos varían según el humor en que me encuentre en un día determinado; a continuación, una lista con algunos de los que he realizado en el  último mes: desinflarme las ruedas de la bicicleta (especialmente si llego tarde a algún sitio); meterme tierra en los bolsillos; apuntarme con un pequeño espejo a la cara cuando voy caminando para que el reflejo del sol me ciegue los ojos, y perder la referencia de dónde me encuentro; rociar con agua las sábanas antes de meterme en la cama; formatear el disco duro del ordenador sin guardar nada antes; al prepararme la comida, añadir pequeñas cantidades de productos para la limpieza; si encuentro alguna cucaracha por la calle (cosa más que frecuente en Asia), cogerla con sumo cuidado, subirla a casa y depositarla detrás de mi nevera; situarme justo detrás del tubo de escape de los autobuses cuando espero a que se abra un semáforo, respirar hondo cuando arrancan; desconectar la manguera de la lavadora del desagüe al que vierte el agua sucia, y provocar así una pequeña inundación; poner cinta aislante en la célula fotoeléctrica del ascensor para impedir que se cierren las puertas cuando lo quiero usar, y tener que subir por las escaleras; mezclar basura orgánica con basura reciclable y luego separarlas pacientemente; comprar a través de internet billetes de avión que no voy a utilizar, cancelarlos y realizar los trámites para que me devuelvan el dinero (poner algún dato erróneo  para que se complejice más todo el proceso); acudir apresuradamente a lugares a los que no necesito ir por ninguna razón; solicitar y aceptar trabajos que no pienso realizar; comprar libros que no voy a leer; echarme novias a las que no voy a querer; hacer amigos a los que no voy a llamar,…la verdad es que no es exactamente lo mismo, pero se parece tanto que casi no lo extraño.