arroz con cristales

Publicado el 20 de Enero, 2013, 7:58



Para Carmen.

No trabajo dos horas y media al día, y el resto del tiempo lo paso haciendo surf en el acantilado que está a los pies de mi casa de cuatrocientos metros cuadrados por la que pago una cantidad irrisoria al mes. Mis jefes no son seres bondadosos y comprensivos, sino unos explotadores sin entrañas. Aquí no siempre brilla el sol, de hecho, llueve casi todos los días. No puedo responder a qué me dedicaba cuando vivía en Madrid porque, en realidad, no recuerdo que me dedicara a nada en concreto. No tengo un grupo de amigos locales por los que daría la vida llegado el momento, ni ellos por mí, tampoco. Con la comunidad de expatriados no mantengo ningún tipo de contacto, ni tengo el más mínimo interés en ello. No consigo recordar una sola cosa que eche de menos de la ciudad palurda que me vio nacer. No como cosas nauseabundas por el simple hecho de que mis "anfitriones" las consuman con deleite. No sé cómo qué barrio de Madrid sería el barrio en el que vivo ahora, supongo que como ninguno. Ni he llegado aquí siguiendo a un amor, ni con la intención de propagar las dudosas virtudes del jamón ibérico y la sangría, abriendo un tugurio de comida española. No tengo nada claro acerca de mi futuro, ni siquiera tengo nada claro acerca de mi presente. Los fracasos se suceden sin solución de continuidad, y los éxitos son tan esporádicos e insignificantes que apenas me percato de ellos y, cuando lo hago, ya se han transformado nuevamente en un fracaso.

Casi todas las noches, antes de acostarme, atenazado por la angustia, me pregunto si seré un verdadero madrileño por el mundo o no, pero, de momento, lo único que puedo asegurar es que yo, sintiéndolo mucho por Sabina y su legión de fans, ni me bajo en Atocha, ni me quedo en Madrid, ¡qué depresión, madre mía!.