arroz con cristales

28 de Octubre, 2012


Publicado el 28 de Octubre, 2012, 6:28



Los chinos son como niños, para lo bueno (espontáneos, bondadosos, risueños, generosos, inocentes, naturales,…) pero también para lo malo (irresponsables, caprichosos, desordenados, escandalosos, …y, en ocasiones, crueles y extremadamente violentos), razón por la que resulta exasperante tratar con ellos, algo más que habitual cuando uno vive en China.

Ayer presencié un hecho que deja muy a las claras esa forma tan primaria de pensar y ese comportamiento tan básico y pueril que tiene la mayor parte de ellos, independientemente de la edad que tengan. En China (en casi todo Asia) existe un medio de transporte llamado moto-taxi, es decir, una motocicleta de pequeña cilindrada que, por un muy bajo precio, te lleva "de paquete" a un lugar relativamente alejado. Como Shenzhen está un poco por encima de la media de ciudades chinas en cuanto a la imagen que se quiere dar del país en el exterior (es más limpia, moderna y organizada que el resto, ya que quiere presentarse como la alternativa china a la vecina Hong Kong), las autoridades han prohibido este medio de transporte público ilegal, por lo que, de vez en cuando, realizan redadas para confiscar las motos y multar a los dueños; unos policías de paisano van por la calle y detienen a los conductores, luego juntan todos los vehículos en una especie de corralito hasta que llega un camión y se las lleva a un depósito donde supongo que permanecerán hasta que el propietario pague una elevada suma de dinero para recuperar su motito. Los conductores son por lo general gente muy pobre, recién llegada del campo, con sus característicos trajes raídos y zapatos polvorientos, los rostros curtidos por el sol. Es muy frecuente que, al salir de una estación de metro, te encuentres con decenas de manos agitándose, llamándote, al tiempo que ellos gritan: "laoban, qu na li?" (algo así como: "¿para dónde vas?, jefe") y tocan desesperadamente el claxon para sobresalir sobre el resto de compañeros, lo cual es extremadamente molesto y razón por la que nunca hay que vivir a escasos metros de una boca de metro en China si no se quiere acabar enfermo de los nervios. En verano, ponen una especie de sombrilla de playa atada a un mástil para que los clientes no se achicharren bajo el inmisericorde sol de Shenzhen. Personalmente, trato de tomarlas lo menos posible porque me parecen muy peligrosas, ya que otra de sus características es que van de un punto A a otro B siguiendo el camino más corto, la línea recta, independientemente de que para ello haya que hacerlo en sentido contrario a la circulación o por la acera en lugar de por la calzada. Casi siempre que he sido testigo de un accidente de tráfico, había una de ellas involucrada, y yo mismo me he llevado más de un susto alguna vez en que las he utilizado.

Ayer, al salir del metro, me extrañó no ver la habitual marea de manos reclamándome para llevarme al sitio adonde me dirigía. Unos metros más adelante, descubrí el porqué. Vi la redada en todo su apogeo; policías apilando motos a un costado de la acera y solicitando la documentación a sus dueños. El caso, y por lo que viene a cuento esta historia, es porque como una hora más tarde, cuando volvía de resolver los asuntos que me habían llevado a hasta esa zona (más bien después de no resolverlos, como suele ser habitual en este caótico país), presencié la siguiente escena: un corro de curiosos rodeaba un espectáculo inusual, varios de ellos incluso, no contentos con mirar, lo grababan todo con sus smartphones falsificados. En el centro había una persona mayor, como de unos sesenta años, en un estado a medio camino entre la cólera extrema y la desesperación más absoluta. El hombre, completamente fuera de sí, destrozaba su motocicleta, tirándola contra el suelo una y otra vez, mientras dos jóvenes (policías de paisano como pude deducir por los walkie-talkies que llevaban a la cintura) trataban de detenerle aunque sin mucha convicción ni empeño. Lo que me pareció realmente increíble, era la fuerza que tenía el sujeto; era descomunal, ¡con qué saña atacaba a su propio vehículo hasta dejarlo reducido a simples piezas!. Un espejo retrovisor por aquí, un trozo de batería por allá, el asiento tirado a unos cuantos metros, en medio de la calzada,…incluso él mismo no se había podido salvar de su furia autodestructiva, y se había provocado unas cuantas heridas que comenzaban a sangrar en su brazo y rostro. Yo nunca había visto algo semejante, era desconsolador verle en tal estado y más patético aún por la avanzada edad que tenía, pero no se podía hacer nada al respecto para disuadirle de su rabia, su enfado era tal que no atendía a ningún tipo de razón. Paraba un rato para  descansar y, cuando parecía un poco más calmado, volvía manos a la obra con el mismo ímpetu que antes o incluso con más. No lloraba pero emitía algunos sonidos ininteligibles, inclasificables, como gruñidos que pretendían alcanzar sin éxito la categoría de palabras. Trataba de decirle algo a los que le habían detenido, pero su nerviosismo era tal que no le salía un lenguaje articulado por la boca; algo así como un discurso entrecortado a medio camino entre el ruego y el exabrupto. Tras unos minutos y, cuando el hombre, exhausto, ya no tenía más moto que destrozar, reducida ésta al puro armazón metálico, llegaron al lugar varios policías motorizados que, expeditivos, disolvieron el tumulto, imagino que con el clásico "circulen, aquí ya no hay nada que ver" Chinese version. Yo continué mi camino como los demás.

 Mi interpretación de los hechos es que el hombre, al ser cazado infraganti transportando a un pasajero, y tras confirmar sus peores presagios en cuanto al destino de su medio de vida, se puso histérico, perdió el control y prefirió directamente pasar a la acción, no tratando de agredir a sus captores o de darse a la fuga, sino haciendo trizas su propia motocicleta. Más que como un animal acorralado que lanza su último y desesperado ataque, como esos niños que, en plena rabieta, se deciden sin contemplaciones a romper sus juguetes ante la amenaza de los padres de quitárselos como consecuencia de un castigo. Lo peor del caso, es que daba la impresión de que igual que la había emprendido con la moto, la podía haber emprendido con otra persona, actuando de igualmente salvaje manera, ya que los chinos, como los niños, suelen ser muy pacíficos, pero cuando son violentos, no miden las consecuencias de su ira (doy fe de ello por algunas brutales palizas que he presenciado; la animalidad siempre a flor de piel, latente, dispuesta).

Este acontecimiento me ha llevado a reflexionar sobre la justicia aquí, y en especial sobre la pena de muerte, un asunto del que extrañamente no había tratado aún en esta bitácora (bitácora, posiblemente una de las palabras más bonitas de nuestro idioma). El gobierno chino justifica la no abolición de la pena de muerte con el argumento de que en una sociedad donde una gran parte de sus individuos no son plenamente responsables de los actos que cometen, al carecer de una mínima capacidad de discernimiento moral, hace falta este tipo de actos ejemplarizantes para tratar de contener así la criminalidad. Según ellos tiene una función aleccionadora, formativa (en China, de camino al patíbulo, se pasea a los reos en un camión, a la vista de todos. Atado al cuello, llevan un cartel en el que pone el delito que han cometido y la pena a la que han sido sentenciados. Esta práctica tiene unos dos mil años de antigüedad), una especie de educación para la ciudadanía con clases prácticas. Cuando la sociedad sea lo suficientemente madura y formada para ello, se suprimirá la pena capital, mientras tanto es absolutamente necesaria para mantener un cierto orden, repiten incesantemente los representantes políticos cada vez que los defensores de los derechos humanos les solicitan que paren tan bárbara práctica. Por otra parte, sería terriblemente injusto exigir civismo a quién no ha recibido mas que algunos años, en el mejor de los casos, de formación escolar, como sucede en el paupérrimo y subdesarrollado campo de este país, donde reside todavía la mayor parte de la población. Personalmente, soy absolutamente detractor de la pena de muerte más que por considerarla algo inhumano (que también), porque me parece absolutamente inútil en cuanto a la prevención del delito (está demostrado con datos estadísticos que en los estados donde se aplica en EE.UU., los índices de criminalidad no son menores que en aquellos donde no se hace). En occidente matar a una persona que ha matado previamente a otra, no es otra cosa que una simple venganza por parte de los familiares de la víctima, un linchamiento legal, un bíblico, macabro y repulsivo "ojo por ojo", algo tan carente de sentido como lo sería comerse a un caníbal. Pero después de dos años viviendo en este país y conociendo cómo es la gente que lo habita ( y el nivel intelectual y cultural de la mayoría de ellos), creo que en China, y por las mismas razones que explica el gobierno, sí pueda ejercer una función disuasoria para los criminales en potencia, y no se aplique de la manera frívola con la que se acusa desde las potencias occidentales de forma completamente etnocentrista. Está claro que en China, a diferencia de lo que ocurre en EE.UU., la pena de muerte no consiste meramente en una venganza consentida, ya que no es privativa de asesinos, sino también aplicable a delincuentes sentenciados por narcotráfico, corrupción, espionaje, traición,... hasta una cincuentena de delitos, algunos de ellos tan comunes como el hurto. Que se ejecute a una persona por traficar con un par de kilos de heroína, puede parecer excesivo a ojos de un occidental (de hecho lo es) pero esto no es occidente, ni la gente que habita este país occidentales con los ojos rasgados. Es tal la simpleza de sus infantiles mentes que sólo logran entender una noción muy básica entre lo que está bien y lo que está mal, mediante el castigo que media entre ambos; cuanto mayor sea éste y cuanto mayor su repercusión (especialmente a través de los medios), más hondo calará el mensaje para tratar de evitar una conducta criminal.

Por cierto, hasta hace unos pocos años, un destacamento de soldados del Ejército Popular de Liberación, se presentaban al amanecer en casa de los familiares del ejecutado y les hacían entrega de sus cenizas y de un sobre que contenía en su interior la bala con la que éste había sido ajusticiado. Los padres, esposa o hermanos, eran entonces obligados a pagar, en ese preciso momento, el importe de la bala y de paso quedaban estigmatizados y repudiados de por vida en su comunidad, muertos en vida. Educación. De otro tipo.


http://www.ministryoftofu.com/2011/11/photos-the-final-12-hours-of-chinese-women-on-death-row/