arroz con cristales

20 de Octubre, 2012


Publicado el 20 de Octubre, 2012, 13:15



He estado durante las dos últimas semanas en Tokio, y se me han ido cayendo, cual fichas de dominó, uno por uno todos los mitos que tenía preconcebidos sobre esta ciudad, hasta quedar sólo dos en pie, incólumes: la obsesión de los tokiotas por el trabajo y el elevadísimo precio de las cosas, especialmente la vivienda. Venía con la intención de quedarme a vivir como mínimo un año, pero no lo voy  a hacer por dos razones; la primera, porque no me apetece tener que vender uno de mis órganos para no dormir a la intemperie, y la segunda es porque no he conectado para nada con esta gran urbe ni con las gentes que la habitan.

Esperaba encontrarme en Japón un país avanzadísimo, tan moderno como extraño, casi incomprensible, a años luz de todo lo conocido hasta ahora, y me he encontrado con un país muy parecido a China pero mucho menos pobre, luego infinitamente más limpio (nunca entenderé por qué razón la suciedad se alía tan pertinazmente con la pobreza en todas partes, siendo la limpieza algo completamente gratuito) y con una gente mucho más educada y culta, lo cual no es un gran mérito si tenemos en cuenta que jamás he visto un pueblo tan atrasado en esas lides como el chino, y en parte justificable si tenemos en cuenta que Japón le lleva doscientos años de ventaja a China en el proceso de modernización y occidentalización en el que el gigante asiático lleva inmerso apenas treinta años. En el metro de Tokio, libros y móviles se cuentan al cincuenta por ciento, mientras que en los años que llevo viviendo en China jamás he visto a alguien leyendo en el transporte público. En temas como valores democráticos y de derechos humanos, ni entramos.

 Siempre había escuchado que Tokio era una ciudad vibrante, excitante, rebosante de vida y energía,… pero supongo que yo he debido ir a otra Tokio (ya decía yo que el billete de avión era demasiado barato) porque  no me voy en absoluto con esa idea, sino más bien con la contraria. Si uno no está muy viajado, es probable que confunda una ciudad populosa con una ciudad viva, y quizá de ahí provenga el error de estimación, porque lo que yo he visto ha sido un hormiguero tan gigantesco y masificado como  impersonal y anodino, por el que pululan millones de oficinistas en busca del alma que algún día perdieron; ojalá que la encuentren pronto, les deseo lo mejor. No estaré allí para verlo. Intuyo que tanta fascinación por parte de los occidentales por Tokio (en su mayoría adolescentes y jóvenes que reconocen que su interés por la cultura japonesa proviene de su afición por el manga y el anime, lo cual me parece tan estúpido como interesarse por la cultura escocesa porque le guste a uno el whisky. Recuerdo haber visto , en una ocasión, un grupo de otakus españoles rondando por la Gran Via, me hubiese gustado haberme hecho amigo suyo, como en la canción de Astrud, pero me pareció un espectáculo tan lamentable que preferí seguir mi camino) también pueda provenir del hecho de tener en la misma ciudad el "exotismo" de Asia sin las cosas que a los occidentales nos suelen resultar tan desagradables de este continente: basura putrefacta por todas partes, un tráfico endiablado, olores acres tan penetrantes como los sonidos estridentes que se clavan en el tímpano, ratas, cucarachas, mendigos, modales que están más cerca del comportamiento animal que del humano… es decir, las cosas que hacen de Asia un  lugar tan salvaje y repulsivo como, al mismo tiempo, interesante por aquello de poder contemplar la condición humana sin los filtros de la civilización y por tanto de manera más directa y acusada. Tokio, por el contrario, es insonora, inodora e insípida y, además, fea. Para mí una ciudad vibrante es, por ejemplo, Hong Kong (si tenemos en cuenta que en el planeta sólo existe una ciudad, que se llama Nueva York, Hong Kong le seguiría de muy cerca) a la que nunca me canso de venir aunque lo haga con mucha frecuencia. En el centro de Tokio sólo hay edificios de oficinas, restaurantes, tiendas y parques desiertos, y solamente japoneses por sus calles y algún que otro expatriado o turista, ni rastro alguno de una cierta multiculturalidad o mestizaje, algo que la cultura japonesa, endogámica a carta cabal y bastante racista, ni siquiera concibe (existen dos grandes comunidades foráneas: la china y la coreana pero están muy bien delimitadas). Tampoco me han atraído las famosas barridas residenciales que rodean el centro con sus características casitas de dos alturas y serpenteantes callejones; las creía llenas de historias y en realidad no pasa absolutamente nada en ellas, al menos en mi visión bastante superficial de las mismas. No es que yo pretendiera encontrarme con la Tokio de Ozu (algo que sería tan ingenuo como viajar a Roma y pretender encontrarse con la de La dolce vita) pero de la imagen que uno se hace viendo, por ejemplo, la entrañable Cuentos de Tokio, al insulso conjunto de edificios arracimados que he presenciado (porque Tokio no se vive, sino que se presencia, como el espectáculo frío y aburrido que es), va todo un mundo.

Se podría decir que Tokio es a las ciudades lo que Lana del Rey a las cantantes; un buen día, los pontífices de la modernidad se ponen de acuerdo para reverenciar algo cuyo valor uno no acaba de captar, y el corifeo simplemente asiente. Un par de novelas zafias y un par de películas insustanciales al respecto, tipo "Lost in translation" o "Mapa de los sonidos de Tokio", hacen el resto. La realidad es que en Tokio, se mire por donde se mire, todo es menos: El barrio rojo, el Kabuki cho, no tiene el más mínimo interés si lo compara con el de Manila o Bangkok. Omotesando tiene mucho menos relumbrón del que me esperaba (aunque merece la pena la visita sólo por ver el precioso edificio Prada de los arquitectos Herzog & de Meuron, una de las mejores experiencias arquitectónicas de mi vida, y que guardaré  en mi memoria para siempre). Ni siquiera el barrio tecnológico, el famoso Akihabara, me ha sorprendido ya que incluso el de Shenzhen es más grande y espectacular. O el célebre mercado de pescado, que para algunos es una especie de lugar único en el mundo, a mí me ha parecido simplemente eso, una lonja grande donde se vende pescado como la que puede haber en el mercado de abastos de cualquier ciudad del mundo (he de reconocer que fui un día en que no había subasta y no vi esos atunes grandes como toros de lidia, lo cual sin duda le resta puntos). Hasta he comido mejor sushi en otros lugares y las tokiotas, pintadas como puertas, son mucho menos agraciadas que las coreanas o chinas. Autopistas elevadas, en Shanghai.

En cuanto a los japoneses, parecen amables, y digo que lo parecen, no porque lo aparenten y no lo sean, sino porque da un poco la sensación de que cada mañana al despertar, echaran mano a una palanquita que tienen en la nuca (justo donde finaliza el cabello) y desconectaran el "modo descanso" para accionar inmediatamente el "modo activo-amable-educado". En realidad, lo más interesante de esta ciudad ha sido contemplar en acción a una sociedad civil completamente militarizada; Tokio todo es como un gigantesco cuartel en el que sus ciudadanos soldado llevan a cabo las tareas más banales y cotidianas con una disciplina tan exagerada y afectada que, en la mayoría de las ocasiones, raya lo cómico. Lo malo es que es contagiosa y uno, por indisciplinado y holgazán que sea, se encuentra sin proponérselo actuando con tremenda laboriosidad y meditada escrupulosidad,  de manera mecánica, casi marcial. Al igual que uno en China se embrutece y haraganea por ósmosis inversa con la gente que le rodea, en Japón uno se civiliza por el  simple roce con lo civilizado, lo cual viene a ratificar mi teoría de que en el comportamiento humano pesa más el ambiente actual donde se encuentre un individuo que el aprendizaje o que eso que los psicólogos llaman rasgos de personalidad adquiridos y que, por ejemplo, la persona más honesta robaría en un mundo de ladrones, debido a ello. En Tokio te guardas los papeles en el bolsillo (no hay ni una sola papelera en toda la ciudad) y te abstienes de fumar en la calle (existen unas áreas habilitadas al efecto, en el resto, está prohibido hacerlo). Lo extraño del caso, es que los japoneses parecen comportarse de esta manera sin el aliciente de una recompensa o el temor a un castigo, sino por el hecho de hacer las cosas bien para los demás que, en contrapartida, las hará también bien para uno mismo. Lo sorprendente es que nadie parece quedarse al margen en este pacto social consuetudinario (o se está dentro del sistema o fuera de él, con todas las consecuencias): ¿cómo lo habrán logrado? Supongo que técnicas orwellianas desde el parvulario.

Si, como explicaba en el artículo anterior, el fin de un chino es mejorar sus duras condiciones de vida ascendiendo en la escala social por medio de las relaciones que va tejiendo a lo largo de su vida, para el japonés parece ser simplemente aceptar el papel que la sociedad le ha designado y desempeñarlo de la mejor manera posible, ya sea éste hacer las camas de un hotel o dirigir una empresa multinacional, razón por la cual este país funciona como un reloj de cuarzo. Al que le guste el orden y tenerlo todo bajo su control, Japón es su paraíso, sin la menor duda; hay unos protocolos de actuación que se cumplen y punto, aunque en un momento dado fuera más conveniente cambiarlos o al menos flexibilizarlos (mientras que en China todo se negocia hasta la extenuación, en Japón no se pierde el tiempo en interminables regates y larguísimos tira y afloja, así cada uno funciona como funciona).  Para terminar con esta comparación entre ambos países (que no es gratuita ya que la cultura japonesa es hija de la china de la que tomó prestado desde su sistema de escritura hasta su religión, pasando por su arquitectura, por lo que resulta tan extraño que dos países tan próximos física y culturalmente sean tan distintos en algunos aspectos), había escuchado que la sociedad japonesa es mucho más machista que la China y que la mujer está por tanto relegada al papel de mera acompañante, pero la realidad ha superado con creces mis creencias al respecto. Mientras que a la mujer china le gusta hacerse notar (en algunas ocasiones, incluso demasiado), la japonesa, por el contrario intenta pasar completamente inadvertida, como si no estuviera, como si no hiciera falta para nada que no fuera procrear (he visto, por ejemplo, a un grupo de ejecutivos  salir de la oficina para dirigirse a comer y una compañera de trabajo acompañándolos unos pasos por detrás, callada, absolutamente ignorada). El resultado de tanta discriminación y autoanulación es un ser tan tímido, frágil y limitado socialmente que pareciera que la función más compleja que tuviera que realizar a lo largo del día fuera la de ponerse un par de pestañas postizas (de furor en Japón), pintarse los labios o darse colorete, tareas a las que conceden gran importancia y dedican gran tiempo. Estoy casi seguro de que luego serán mucho más fuertes y luchadoras que los hombres, como suele suceder en casi todo Asia, pero mi visión (repito, un tanto superficial de esta cultura) no ha sido esa.

En fin, una interesante experiencia pero bastante decepcionante (supongo que la decepción es siempre directamente proporcional a las expectativas generadas), igual de decepcionante como me resultó ir a Vietnam y en lugar de ese lugar mágico, donde el tiempo parece haberse detenido según cuentan los que han estado, me encontré con cuatro campos de arroz mal plantados y unas gentes que fingen hasta el paroxismo (bastante mal por cierto) una cordialidad y hospitalidad para con el turista con el único fin de conseguir su dinero. Ahora creo que también debí de haber ido al Vietnam que no era. La próxima vez que viaje, me cercioraré comparando con la Lonely Planet.