arroz con cristales

Febrero del 2012


Publicado el 27 de Febrero, 2012, 15:07



Llegó sin nada a la ciudad y lo primero que le sorprendió fueron los rascacielos de luz que herían el cielo gris como espadas que atraviesan un cuerpo muerto. Al cabo de un año, se percató de que los espacios se habían cargado con la poco liviana carga del pasado. Todo había adquirido súbitamente un nuevo significado, como cubierto por una segunda piel afectiva que incorporaba emociones a lo que hasta ese momento habían sido simples objetos. Así, aquel conjunto de árboles, bancos, farolas, fuentes y grava se había convertido como por arte de magia en el parque por donde por primera vez pasearon juntos,… determinada estación de metro dejó de ser una más de la lista, exactamente igual al resto, para pasar a ser el lugar donde le esperaba al salir del trabajo y volver juntos a casa,…

Ante tan inesperado acontecimiento, aceptó la necesidad de vivir con las cicatrices del tiempo cuando comprendió que cambiar de ciudad cada año para vivir en un mundo completamente novedoso (por lo tanto inocuo) era una tarea tan ardua y frustrante como la del propio Sísifo. Shenzhen era ya su casa, de eso no cabía la menor duda, pero además, en lo más profundo de su alma, sabía que una mudanza no es sino el anuncio de la que está por venir. También sabía que, llegado el momento de partir, la echaría de menos.

Publicado el 14 de Febrero, 2012, 11:43



En China, como es bien sabido, el ping pong es uno de los deportes más populares. Cerca de mi casa hay un parque con unas mesas públicas (de esas metálicas que, por red, tienen una chapa perforada). La gente que se reúne allí para jugar tiene por lo general un nivel bastante alto, por lo que cada día aprendo cosas nuevas. Todos, niños y ancianos, mujeres y hombres, hacen cola para jugar conmigo porque les parece gracioso jugar con un extranjero que hace cosas de chinos, lo cual no es muy normal. Yo acepto el reto de uno tras otro hasta que estoy muy cansado y me siento un rato a fumar un cigarro o me voy a casa (con la cara de decepción del siguiente en turno). Algunos hombres juegan con traje y zapatos y eso me gusta mucho. Algunos de ellos dan un zapatazo en el suelo cada vez que golpean la bola para afianzar el juego.

En el ping pong, los jugadores con un nivel un tanto avanzado imprimen a la bola un "efecto" ("spin", le llaman más correctamente los anglosajones), es decir, le hacen girar sobre sí misma para que describa una trayectoria parabólica en lugar de rectilínea y ésta resulte más imprevisible. Existen dos tipos de efecto: cortado, en el que la bola gira en sentido opuesto al de traslación, es decir, hacia atrás, y liftado en el que la rotación es también hacia delante por lo que la bola adquiere una gran velocidad (he llegado a ver bolas derretirse debido al calor producido por la fricción con el aire a tan altas velocidades). Si el contrincante nos lanza un efecto cortado, nuestra única posibilidad es responder con otro golpe cortado de abajo a arriba, de lo contrario, la bola viajará irremediablemente contra la red (pudiendo llegar a romperse en mil pedazos tras el impacto o, por el contrario, agujerear la chapa metálica, dependiendo del caso). Si por el contrario, el oponente lanza un golpe liftado, éste ha de ser respondido defensivamente, de arriba a abajo ya que la bola tiende a alcanzar una gran altura tras golpear la mesa (de hasta veintidós o veintitrés metros del suelo). Lo bonito de este deporte es que tu juego nunca es igual sino que varía según el "efecto" que practique el adversario, al que tienes que dedicar los primeros minutos (o días, ya que hay partidos que duran semanas o incluso meses) de juego a estudiar. Entre los jugadores  de ping pong se establece una extraña mezcla de competitividad y complicidad. En definitiva, el mal llamado tenis de mesa no es otra cosa que un baile, un tango tan superlativo como la propia vida.