arroz con cristales

Publicado el 25 de Diciembre, 2011, 6:14



Los chinos, en apenas veinte años, han pasado de tener que utilizar cupones de racionamiento para adquirir sus alimentos y demás productos personales, a tener un Carrefour en cada esquina. A mí personalmente, lo que me importa de este asunto es el hecho de que, en un país tan sumamente extraño como es este, exista algo tan sumamente familiar como es un supermercado Carrefour, sobre todo si se tiene en cuenta que hasta en sus más mínimos detalles son exactamente iguales a los españoles: la disposición de los productos, la fanfarria que suena por los altavoces avisándonos de que se va a anunciar una oferta, los uniformes de los empleados, las fichas de los carros, la voz de la chica que por megafonía pide amablemente al responsable de pescadería que no sea irresponsable, deje lo que  esté haciendo por ahí (generalmente flirtear con la responsable de charcutería) y haga el favor de acudir a la llamada del deber, que no es otro que atender la pescadería ("responsable de pescadería, acuda a pescadería". Elemental), las tarjetas azules del Club Carrefour… A veces, si uno observa con atención, puede también divisar un paquete de Donettes empezado y abandonado tras unas bolsas de patatas fritas o un frasco de mermelada hecho añicos en el suelo, cuyo contenido pisan distraídamente los compradores, dejando tras de sí un rastro de huellas de confitura de fresa sobre unas pegajosas baldosas color crema.El indigente africano que vende "La Farola" en la puerta del establecimiento tampoco podía faltar en China.

 Su nombre es Rocío pero igualmente podría ser Soraya, Noemí o Lorena, en realidad eso es lo de menos. Su pelo rubio con mechas llamó poderosamente mi atención, la primera vez que la vi, sobre el resto de cajeras, por lo que me dirigí con mi carro a la caja dieciséis, la que ella ocupaba. ¿Tarjeta Carrefour?, me preguntó. Petrificado, le dije, no, no. ¿Quiere bolsa?, volvió a preguntar de forma mecánica, cotidiana. No gracias, creo que me cabe en la mochila, contesté boquiabierto. ¿A qué hora acabas?, le pregunté cuando me devolvió el cambio. A las nueve, me dijo. ¿Te apetece que vayamos a tomar algo luego?.Vale, pero no me puedo quedar mucho, el último tren sale a las once.

Rocío me dijo luego, mientras tomábamos un café, que todas las mañanas cogía el tren en Rivas para ir a trabajar al Carrefour de Cuatro Caminos pero que no sabía muy bien cómo, cuando salía del vagón, en lugar de en Nuevos Ministerios, se encontraba en la estación de Chegong Miao y desde ahí se dirigía al Carrefour de Taoyuan donde trabaja como cajera desde hace tres años. También me dijo que, para el caso, le daba lo mismo trabajar en España que en China porque, en el fondo, era la misma mierda y que, si bien, allí cobraría un poco más, los clientes chinos son más amables en el trato, por lo que los prefiere y que si todas las noches puede volver a Rivas para estar con su novio…Eso era lo único que de verdad le importaba a Rocío.

Ahora, aunque haya un poco más de cola, siempre voy a pagar a la dieciséis, más que nada, por ver la cara que se les queda a los chinos cuando escuchan a Rocío, con su voz de seda y acento de periferia, preguntarles: ¿tarjeta Carrefour?.