arroz con cristales

Publicado el 23 de Octubre, 2011, 15:34



 En cierta ocasión, escuché a un escritor uruguayo cuyo nombre no recuerdo, decir algo que me pareció realmente interesante. La ficción, aseguraba, para captar la atención y el interés del lector, debía parecer altamente verosímil, tanto o más que la propia realidad. Ponía el siguiente ejemplo para ilustrarlo: si Hitler nunca hubiese existido, y el nacionalsocialismo no hubiese supuesto un acontecimiento real, sino que ambos hubiesen sido, respectivamente, un personaje y una época histórica producto de la imaginación de un escritor y plasmados por él en una novela, ésta habría resultado un fracaso absoluto, ya que los lectores habrían abandonado su  lectura al cabo de las primeras páginas al encontrar la historia que les estaban contando algo ridículamente increíble por extravagante, delirante y exagerado. Aristóteles, curiosamente, dedica uno de los capítulos de su Poética al tema de la verosimilitud en la ficción.

Comencé a escribir este blog con la intención de desestructurar (deconstruir, diría si no se hubiese banalizado tanto el término que hoy está hasta en boca de cocineros) la realidad por medio de la ficción con la única finalidad de hacerla (hacérmela) más comprensible, más digerible, más manejable… pero lo que voy a contar a continuación, es tan insólito y extraño que si no fuera rigurosamente cierto, resultaría un relato aburrido y escasamente interesante por la incredibilidad de su naturaleza.

El sábado, fui a la vecina ciudad de Dongguan para comprobar con mis propios ojos (precioso pleonasmo) un hecho que, aunque escuchado de boca de varias personas diferentes (otro pleonasmo) e incluso leído en diversos lugares de la red, mi racional mente, a pesar de llevar casi un año viviendo en el lugar más delirante del planeta, se resistía a creer: en Dongguan se encuentra el mayor centro comercial del mundo. Algo que resultaría relativamente normal, si no fuera por el pequeño detalle de que, a pesar de estar abierto al público desde el año 2006, el noventa y nueve por cierto de su superficie se encuentra absolutamente vacía por falta de compradores (y por tanto de vendedores). El centro comercial, que se llama "New South China Mall" (los incrédulos que no puedan viajar hasta Dongguan como yo, pueden buscarlo en la Wikipedia), fue construido gracias al proyecto de un multimillonario empresario de la industria de los fideos instantáneos llamado Hu Guirong. Tras amasar la pasta (la de los fideos y la del dinero), el señor Hu puso todo su capital (y lo que es peor, su fantasía) al servicio del mal gusto, para hacer su sueño realidad. A finales de 2005, se terminó de construir el  gigantesco conjunto de edificios cuya arquitectura imita las de Egipto, California, Roma, Venecia, Ámsterdam, París, Florencia…se podría decir que  es un híbrido entre centro comercial, parque temático y parque de atracciones. Parece ser que el fracaso comercial del mismo se debe a que los estudios de mercado previos a la puesta en marcha del proyecto se adaptaban más a los deseos y caprichos del Señor Hu que a la inoportuna y pertinaz realidad que desaconsejaba una y otra vez su construcción en Dongguan, una ciudad industrial donde la mayoría de su población o trabaja en una de las miles de fábricas que hay dispersas por la periferia (ganando un sueldo de unos ciento cincuenta  euros al mes) o ejerciendo la prostitución en locales diseminados entre dichas fábricas (que en realidad, es por lo que se conoce a Dongguan en el resto del país a parte de por su alta tasa de criminalidad). No precisamente el tipo de clientela que hace cola en la puerta de Dior o Gucci esperando a que el establecimiento abra sus puertas (como tengo el placer de ver cada vez que voy a Hong Kong. ¡Qué bonito es el lujo cuando llega al pueblo!).

Como digo, allí me presenté, una soleada mañana de sábado, cámara en ristre. Nada más atravesar las puertas del recinto (donde se encuentran los dos únicos locales abiertos al público, un Mc Donald´s y un Kentucky Fried Chicken), me encontré dentro de un universo onírico que dejaba la aventura de Alicia en el país de las maravillas tan anodina y aburrida como la tarde de domingo de un jubilado: escaleras mecánicas cubiertas por fundas polvorientas, cientos, miles de escaparates desiertos y locales desolados, el Arco de Triunfo de París rodeado de andamios, góndolas a la deriva, un tipo pescando sobre lo alto del puente Rialto en las aguas verdes de un Gran Canal nauseabundo, un montón de basura y escombros a los pies del campanario de San Marcos…, Era como estar dentro de un cuadro de de Chirico repintado por Bansky. En las tres horas que permanecí dando vueltas por el lugar, me crucé únicamente con tres personas (aparte del pescador veneciano) que por su extrañeza contribuyeron a que todo adquiriera un tono de irrealidad aún mayor: un hombre como de unos setenta años vestido con el uniforme de una contrata de limpieza que barría el suelo de una desconchada y ruinosa galería florentina por la que no debía de haber pasado nadie en los últimos seis años, un proxeneta que me salió al paso (regentaba un club llamado New Babylon en el único edificio que parecía tener vida de todo el enorme conjunto) y que tras darme su tarjeta, me explicó al detalle los servicios que me podía prestar una de sus chicas y los descuentos que me haría si le llamaba con mucha antelación (sic) y por último, una niña que pasó al lado del proxeneta y de mí a bordo de una góndola fantasmagórica que se conducía sola por uno de los canales de aguas putrefactas aledaños al club y flanqueado por palmeras de plástico y unas esculturas de animales con rasgos antropomórficos que creo representaban los avatares del horóscopo chino. La niña iba pertrechada con un chaleco salvavidas, quién se lo había dado, cómo se había metido en la góndola y quién la había puesto en marcha era todo un misterio que, por considerarlo demasiado complejo, pasé de tratar de resolver y decidí simplemente tomar el callejón trasero del New Babylon y salir del recinto para volver a la realidad. A la descolorida y taciturna realidad.