arroz con cristales

Publicado el 23 de Octubre, 2011, 15:09



Las urbes chinas crecen a un ritmo tan despiadado que es usual que un mismo edificio se construya dos, tres o incluso más veces en diferentes puntos de una misma ciudad: "Los rascacielos replicantes", da pavor pero es absolutamente cierto. Es como si  Madrid, por ejemplo, tuviese repartidos por su geografía tres Edificios España, cinco Torres Picasso o seis Torres KIO, exactamente iguales. Lo fascinante del caso, no es sólo que la arquitectura esté duplicada hasta el más mínimo detalle (desde los cimientos hasta los tiradores de las puertas), si no que las personas que los habitan y las actividades que éstos realizan en su interior también, aunque de forma diacrónica. Pondré un ejemplo que hará entender mejor de qué hablo.

Hace dos semanas, fui a realizar una entrevista de trabajo a un estudio de arquitectura situado en la planta vigésimo tercera de un imponente rascacielos situado en el distrito de Futian. Dos semanas después, para realizar el registro domiciliario al que todo residente en este país está obligado, me tuve que desplazar hasta unas oficinas gubernamentales que se encuentran en un edificio réplica del anterior pero esta vez localizado en el distrito de Luohu, a unos cuatro Kilómetros del anterior. Cuando buscaba las dependencias municipales por enmoquetados pasillos desiertos, completamente perdido y desorientado, sin nadie a la vista que me pudiera indicar dónde se encontraban éstas, pasé por delante de una puerta en cuyo vidrio vi grabado el logotipo de la compañía a la que había ido a hacer la entrevista dos semanas atrás. "Será que tienen dos oficinas en Shenzhen", pensé para tratar de darle algo de sentido a lo que de por sí era, cuando menos, bastante raro (el hecho de que ambas estuviesen situadas en la planta veintitrés, lo hacía todo más increíble todavía). El cristal esmerilado del que estaba hecha la puerta no me permitía ver el interior, por lo que decidí llamar fingiendo que estaba perdido (más perdido aún de lo que en realidad estaba) y necesitaba una guía para llegar a mi destino. Mi sorpresa fue aún mayor cuando me percaté de que la recepcionista que acudió a abrirme la puerta era la misma que me había recibido en la "otra oficina". "Será que le han destinado a esta nueva sucursal", me volvió a tranquilizar la parte más racional de mi cerebro, en un intento desesperado por evitar que cayese presa de un ataque de pánico. A continuación, me trajo el vaso de papel con agua caliente de rigor (en China siempre ofrecen agua caliente para darte la bienvenida a un sitio, es como si te dieran un café al que le hubiesen sustraído la parte del café, o te dieran un café transparente, inodoro e insípido, pero igual de caliente) y me indicó el lugar donde me tenía que quedar sentado esperando mientras ella iba rauda en busca de alguien que chapurreara inglés para ver qué se me ofrecía, todo ello entre sonrisas nerviosas y gestos exagerados de una hospitalidad extrema, rozando lo servil. Cuando dobló la esquina del pasillo para buscar al intérprete casual y me perdió de vista, yo naturalmente no me quedé sentado y decidí dar una vuelta por  la oficina para tratar de hallar con la anterior posibles diferencias ( como ese pasatiempos tan anacrónico que yo creo que ya sólo resiste en periódicos tan rancios como ABC). No es sólo que no encontrara siete diferencias entre ambos estudios, es que no encontré ni una sola: los mismos muebles, los mismos trabajadores situados exactamente en los mismos lugares, incluso las mismas vistas de la ciudad a través de los ventanales, a pesar de encontrarse ambas en puntos muy alejados entre sí. El colmo fue cuando, en mi paseo, me pude ver a mí mismo siendo entrevistado por el mismo entrevistador que lo había hecho dos semanas atrás, un chino que no entendía nada de arquitectura y cuya preocupación era únicamente saber si la inusitada cantidad de dinero que pedía como salario, era antes o después de pagar los impuestos. Me dieron ganas de entrar y decirme al oído: "huye antes de que sea demasiado tarde".