arroz con cristales

Publicado el 25 de Septiembre, 2011, 8:27


Como tenía que realizar algunas copias del portfolio, he ido a la zona de Hua Qian Bei, el distrito tecnológico de Shenzhen, el Akihabara local, el Sangri-la de los amantes del último gadget que los atará un poco más a la nada. Lo interesante de esta zona es que tras la calle principal, donde se encuentran situados los establecimientos oficiales (todo lo oficial que puede ser un establecimiento en China) a ambos lados de ésta, se agolpa una especie de backstage de altos edificios con un aspecto oscuro  y fantasmagórico (al más puro estilo "Blade Runner", sobre todo si se va allí en una noche lluviosa), en los que uno se adentra sin saber nunca, a ciencia cierta, con lo que se va encontrar en cada piso cuando se abran las puertas del ascensor (lo mismo te das de frente con cientos de cajas conteniendo flamantes piezas del último modelo de iPhone esperando a ser ensambladas, que una míriada de chinos aporreando teclados usados para sacarles los metales que contienen y poder venderlos luego al peso, que un gigantesco centro de masaje y burdel clandestino). El edificio al que yo me he dirigido en concreto, es uno dedicado en exclusiva a la copia ilegal de CD´s y DVD´s. Doce plantas, mil metros cuadrados por planta divididos en pequeños cubículos en los que caben las máquinas reproductoras y una persona que las maneje las veinticuatro horas del día.

Nueve segundos. Exactos. Cada nueve segundos exactos se abrían de una sola vez todas las bandejas, automáticamente, sin previo aviso, como si un mago invisible con un cronómetro en una mano, chascase los dedos de la otra transcurrido ese tiempo y a la tecnología no le quedase más remedio que obedecer, ciega, precisa. Diez bandejas por torre, veinte torres por habitación, secadores de mano por el suelo por si falla algún ventilador. Más calor añadido a esta ciudad de por sí caliente, ardiente, tropical. Cada nueve segundos exactos, Kevin volvía a la vida (o a la muerte, eso nadie lo sabe). Cada nueve segundos exactos, el tiempo que tardaba el monstruo en inhalar y exhalar, recogía los discos aún tibios de las bandejas y las volvía a rellenar con discos vírgenes, espejos circulares a los que trataba con sumo cuidado, como joyas que tuviese que encajar dentro de sus estuches hechos a medida. Acto seguido, cerraba manualmente, una por una, diez por torre, doscientas por habitación, las bandejas recién cargadas para que el proceso reproductivo pudiera comenzar de nuevo. Catorce horas por día, siete días por semana. Cuando empujaba con su mano la última bandeja, teníamos nueve segundos para charlar porque, mientras realizaba su trabajo, Kevin callaba. Así, de forma entrecortada, me enteré de que su verdadero nombre era Zhang Zhao, que venía de la vecina provincia de Hunan, y que llevaba casi dos años en Shenzhen. Me contó que vivía con sus dos hermanos y un número impreciso de compañeros a los que no conocía por sus nombres ya que éstos cambiaban cada poco tiempo. También me dijo que tenía una novia algo más joven que él, que se habían conocido en la fábrica donde ambos trabajaban meses atrás y que tenían planeado casarse dentro de no mucho (no supo precisar cuánto). Tras aproximadamente una hora de conversación racionada, le pregunté a kevin qué esperaba de la vida. Fue justo al acabar la frase, cuando se abrieron de golpe todas las bandejas y, sobre la superficie plateada de los discos, incidió un rayo de luz que, a esa hora del ocaso, entraba rasante por una pequeña ventana cercana al techo de la habitación, llenándola instantáneamente de un resplandor multicolor tan esperanzador como amenazante.