arroz con cristales

Septiembre del 2011


Publicado el 25 de Septiembre, 2011, 8:30

Hoy, cuando paseaba por uno de esos populosos barrios de pequeños edificios arracimados unos sobre otros que resisten como islas dentro del tejido de rascacielos de Shenzhen, me he metido en un templo que al final ha resultado ser una especie de centro cívico con apariencia de templo. En su interior, una pareja de hombres se debatían en una partida de un juego parecido a las damas mientras tomaban el té. Me he sentado a su lado, he encendido un cigarrillo y me he quedado absorto mirando cómo arrastraban las fichas con rapidez sobre el tablero y lo golpeaban con el dedo índice de la mano derecha entre movimiento y movimiento. Por supuesto, no entendía las reglas del juego (ni con qué criterio se podían mover las fichas, ni para qué servían los golpecitos que daban sobre la tabla) pero tampoco lo he considerado algo necesario. Observándolos, me ha venido a la cabeza la bonita comparación que hacen Deleuze y Guattari entre el juego del go y el ajedrez en "Mil mesetas".  Mientras que en el ajedrez, dicen, las piezas obedecen a una jerarquía donde cada una sólo puede llevar a cabo movimientos restringidos por el rango que ocupa dentro de la misma, en el go, todas las piezas tienen el mismo valor, son anónimas, "huecas", por lo que sus movimientos son libres y su valor (extrínseco) se deriva de la posición que ocupan en cada momento. Las piezas de ajedrez tienen un valor intrínseco (el rey, por ejemplo, es el rey siempre y en cada momento, con independencia de dónde esté situado y de las piezas que tenga a su alrededor), mientras que el valor de cada pieza de go, deriva de las demás piezas que le acompañan situacionalmente en cada fase de la partida y con las que forma "constelaciones". También el tablero sobre el que se desarrolla la partida es distinto;  frente al tablero pautado, codificado, con direcciones fijas y determinadas del ajedrez, tenemos, en el go, un "territorio" abierto por donde las piezas se mueven en flujos, según la estrategia pensada por cada jugador. Así, mientras que en el ajedrez se trata de aniquilar y exterminar al enemigo, en el go, la estrategia se plantea más bien con la finalidad de aislar y acorralar al oponente hasta reducirlo e inmovilizarlo. Deleuze y Guattari utilizan esta metáfora para comparar sociedades sedentarias (ajedrez) con sociedades nómadas (go) o más bien, para comparar las relaciones propias del Estado con los nuevos tipos de organizaciones surgidas en el capitalismo contemporáneo.

 Sin duda, lo que más ha llamado mi atención al regresar de la vieja Europa (vieja, avejentada, aburrida, acartonada, decadente Europa) ha sido precisamente esa forma de pensamiento nómada que tienen los chinos frente al pensamiento jerárquico y pautado de los europeos (para colmo he pasado mis días nada menos que en Alemania). Occidente, desde Aristóteles, entiende las categorías que ordenan las entidades presentes en el mundo, como algo fijo e inmutable (aunque, por supuesto, dichas  entidades no lo sean en absoluto, ese es precisamente el punto central de la filosofía aristotélica y presocrática). En China, por el contrario, las categorías mismas me parecen transitorias, mutables, flexibles,  fluídas. Como he explicado en otros artículos mediante algunos ejemplos, aquí, lo que parecía sólido, de repente fluye. Lo que se pre-sentía como eterno, en el momento menos esperado, precipita y desaparece. Lo que se daba con una presencia nítida, se evapora. El problema que se presentaba como una aporía sin salida, se resuelve tras una serie de negociaciones y lo que funcionaba sin ningún problema, sin una explicación lógica, deja de hacerlo. Lo que parecía un error, no lo es tanto y lo que parecía ser la postura acertada deviene en fracaso. China es un enorme caos pero como todo el mundo sabe, en el caos no hay error. Un caos en el que hay que aprender a bailar. No es que las cosas o situaciones cambien, evolucionen (concepto taoísta por antonomasia), es más bien, que nunca está muy claro lo que esas cosas o situaciones son en sí mismas, al menos para mí. Es curioso que los chinos rara vez utilicen la palabra "bu" para decir "no" y prefieran usar "mei you" que significa literalmente "no hay", con la intención de hacerlo menos taxativo, menos definitivo, no hay ahora pero quién sabe luego,…juguemos al go que es mucho más interesante que el ajedrez.

 


 

 

 

Publicado el 25 de Septiembre, 2011, 8:27


Como tenía que realizar algunas copias del portfolio, he ido a la zona de Hua Qian Bei, el distrito tecnológico de Shenzhen, el Akihabara local, el Sangri-la de los amantes del último gadget que los atará un poco más a la nada. Lo interesante de esta zona es que tras la calle principal, donde se encuentran situados los establecimientos oficiales (todo lo oficial que puede ser un establecimiento en China) a ambos lados de ésta, se agolpa una especie de backstage de altos edificios con un aspecto oscuro  y fantasmagórico (al más puro estilo "Blade Runner", sobre todo si se va allí en una noche lluviosa), en los que uno se adentra sin saber nunca, a ciencia cierta, con lo que se va encontrar en cada piso cuando se abran las puertas del ascensor (lo mismo te das de frente con cientos de cajas conteniendo flamantes piezas del último modelo de iPhone esperando a ser ensambladas, que una míriada de chinos aporreando teclados usados para sacarles los metales que contienen y poder venderlos luego al peso, que un gigantesco centro de masaje y burdel clandestino). El edificio al que yo me he dirigido en concreto, es uno dedicado en exclusiva a la copia ilegal de CD´s y DVD´s. Doce plantas, mil metros cuadrados por planta divididos en pequeños cubículos en los que caben las máquinas reproductoras y una persona que las maneje las veinticuatro horas del día.

Nueve segundos. Exactos. Cada nueve segundos exactos se abrían de una sola vez todas las bandejas, automáticamente, sin previo aviso, como si un mago invisible con un cronómetro en una mano, chascase los dedos de la otra transcurrido ese tiempo y a la tecnología no le quedase más remedio que obedecer, ciega, precisa. Diez bandejas por torre, veinte torres por habitación, secadores de mano por el suelo por si falla algún ventilador. Más calor añadido a esta ciudad de por sí caliente, ardiente, tropical. Cada nueve segundos exactos, Kevin volvía a la vida (o a la muerte, eso nadie lo sabe). Cada nueve segundos exactos, el tiempo que tardaba el monstruo en inhalar y exhalar, recogía los discos aún tibios de las bandejas y las volvía a rellenar con discos vírgenes, espejos circulares a los que trataba con sumo cuidado, como joyas que tuviese que encajar dentro de sus estuches hechos a medida. Acto seguido, cerraba manualmente, una por una, diez por torre, doscientas por habitación, las bandejas recién cargadas para que el proceso reproductivo pudiera comenzar de nuevo. Catorce horas por día, siete días por semana. Cuando empujaba con su mano la última bandeja, teníamos nueve segundos para charlar porque, mientras realizaba su trabajo, Kevin callaba. Así, de forma entrecortada, me enteré de que su verdadero nombre era Zhang Zhao, que venía de la vecina provincia de Hunan, y que llevaba casi dos años en Shenzhen. Me contó que vivía con sus dos hermanos y un número impreciso de compañeros a los que no conocía por sus nombres ya que éstos cambiaban cada poco tiempo. También me dijo que tenía una novia algo más joven que él, que se habían conocido en la fábrica donde ambos trabajaban meses atrás y que tenían planeado casarse dentro de no mucho (no supo precisar cuánto). Tras aproximadamente una hora de conversación racionada, le pregunté a kevin qué esperaba de la vida. Fue justo al acabar la frase, cuando se abrieron de golpe todas las bandejas y, sobre la superficie plateada de los discos, incidió un rayo de luz que, a esa hora del ocaso, entraba rasante por una pequeña ventana cercana al techo de la habitación, llenándola instantáneamente de un resplandor multicolor tan esperanzador como amenazante.