arroz con cristales

Publicado el 9 de Junio, 2011, 8:30



Aunque era domingo, y ninguno de los dos tenía que ir a trabajar, nos hemos despertado temprano, casi al unísono, distanciados únicamente  por el tiempo que tardan en desvanecerse  las imágenes que forman  la parte final de un sueño (esas que permanecerán en un nuestra memoria más vívidamente durante los primeros minutos de vigilia). Me he levantado de la cama y me he dirigido al salón. Allí, frente al ventanal, se ha reunido conmigo para ofrecerme una taza de café, con ambas manos, como se ofrece todo en este país. Con la frente apoyada sobre el cristal, a escasos centímetros el uno del otro, hemos permanecido un tiempo que me ha resultado imposible de calcular, dando pequeños sorbos a nuestro café, contemplando calladamente la explanada de Zhu Zi Lin Park, en la que una anciana realizaba sus ejercicios matinales de caligrafía. Primero mojaba la punta de su largo pincel (tan largo como su pierna) en un recipiente con agua y luego avanzaba hacia el oeste escribiendo, a un ritmo constante, sobre las losas de piedra del suelo. A pesar de lo temprano que era, el sol ya calentaba lo suficiente como para que los caracteres de agua se evaporaran segundos después de haber sido escritos, por lo que, cada vez que la mujer finalizaba una frase, el comienzo había desaparecido ya para siempre. Tras un rato de observación en completo silencio, le he pedido que me tradujera lo que estaba escribiendo y, en voz muy baja, me ha comenzado a narrar extrañas y bellas historias donde los predicados carecían de sujeto, las respuestas de pregunta, los efectos de causa,…