arroz con cristales

6 de Mayo, 2011


Publicado el 6 de Mayo, 2011, 12:51

En China, como en cualquier otro lugar, el conflicto se da de manera relativamente frecuente. Lo que diferencia a China de otros lados es que aquí, cuando una situación conflictiva ha alcanzado un nivel de complejidad y de tensión tal que pareciera que sólo pudiera desembocar en una tragedia, en cuestión de segundos, y sin que sobrevengan cambios transcendentales en el escenario, las partes en disputa llegan a un acuerdo súbito y, de un instante para otro, la trifulca se esfuma, la bronca amaina, la sangre no llega al río.... estos dos ejemplos servirán para comprender mejor de qué estoy hablando.

La otra noche, mientras esperaba el autobús nocturno en una zona bastante alejada de mi casa, a unos diez metros de mí, se empezaron a escuchar unas voces cuyo volumen sobresalía por encima del resto del paisaje sonoro. Era una discusión. El chino habla de una manera que muchas veces pareciera que esté discutiendo cuando, en realidad, no lo está haciendo en absoluto. Pero esto sí parecía una especie de pelea callejera, lo cual no es nada frecuente aquí. Los protagonistas eran un hombre de mediana edad subido a una moto y dos policías. La escena era un poco extraña y al mismo tiempo cómica (para no perder el carácter local). El motorista argumentaba ante los agentes que le tenían bien asido, uno por el manillar y el otro por la parte trasera, para que no se escapara. No parecía una simple infracción de tráfico sino algo mucho más serio. El tono de la pugna iba en aumento. La gente se empezaba a arremolinar alrededor del extraño trío para ver como acababa el asunto; ¿conseguiría el motorista arrollar a los polis y darse a la fuga?,… parecía que no tenía muchas posibilidades aunque, de vez en cuando, amagaba y abría gas con esa intención. Los maderos, firmes,  como sujetando a un potro nervioso,  avanzaban  y retrocedían al unísono del reo, unos cuantos centímetros con cada nueva acometida de este, los tres juntos, como en una peli del gordo y el flaco. Yo estaba de lo más entretenido y esperando a que llegara el furgón  policial con refuerzos, bajaran cuatro polis forzudos, le metieran un par de porrazos al motorista y se lo llevaran esposado antes de que llegara mi autobús. Entonces, y sin que  pareciera que un nuevo factor hubiese alterado en modo alguno la situación: la aparición de una madre con un niño en brazos pidiendo clemencia para un marido que lo único que ha cometido es una falta leve de tráfico (la opción neorrealista italiana, con Anna Magnani en el papel de la madre), o unos cuantos billetes que se deslizan discretamente en el interior del bolsillo del pantalón del uniforme (la opción mexicana ),… los mismos policías, a los que segundos antes parecía que les iba la vida en retener a un peligrosísimo criminal capturado in fraganti, soltaron la motocicleta y el hombre se marchó tan campante por el mismo lugar por el que había llegado. El tumulto de mirones, conmigo a la cabeza, se disolvió con idéntica rapidez.

Mi casera Nancy (para los que no lo sepan, los chinos a los catorce o quince años eligen un nombre inglés, cuanto más rimbombante mejor, que combinan con su apellido chino. Es de lo más normal que una amiga se llame algo así como Samantha Wu, Diana Cheng, o Sabrina Liu. Lo bueno es que cuando se cansan del nombre, lo pueden cambiar por otro). Como digo mi casera Nancy y yo habíamos acordado, el día en que firmamos el contrato, que absolutamente todo lo contenido en  la casa que no estuviera en perfectas condiciones y no hubiese sido estropeado por mí, sería reparado o cambiado y los gastos correrían de su parte. Acogiéndome a  esta clausula y tras no poder pegar ojo por el estado de un colchón completamente hundido en la parte central que me provocaba un agudo dolor en los riñones, decidí un día escribirle un mail contándole cuál era el problema y urgiéndole a buscar una solución al mismo. Como explicar aquí el rosario de llamadas, sms, correos, silencios, mentiras, envío de anónimos amenazantes, más silencios… sería largo y aburrido, solo diré que la situación se estaba enredando cada vez más y volviendo bastante incómoda y tensa por su insistencia en  defender que el colchón no estaba roto y que, si yo era más sensible que  la princesa del cuento de los doce colchones y el guisante, tenía que pagarlo yo, y mi no menos insistente respuesta de que el colchón no estaba en condiciones de ser usado y que me estaba causando un problema grave de salud. Como nadie retrocedía un ápice en sus argumentos y la situación me estaba empezando a afectar no solo a nivel lumbar sino también mental, decidí, por mi propia cuenta, comprar un colchón nuevo y restar el importe de la renta (solución a la que ella se había opuesto rotundamente cuando se lo había propuesto). Cuando la buena de Nancy,  se enteró de mi iniciativa, en lugar de montar en cólera como habría hecho un atrabiliario casero español y amenazar con represalias, juicios, no devolución de la fianza, etc, me escribió un educadísimo mail que venía a decir lo siguiente: "Me alegro de que hayas comprado un colchón nuevo y por fin todo se haya solucionado". Mi sorpresa fue mayúscula y la única explicación que le encuentro al hecho, es que una persona que se llama como la muñeca de con la que jugaban nuestras hermanas, no puede actuar de una manera menos noble de como lo hizo ella.

 El otro día, leía una entrevista a un sinólogo francés llamado Francois Jullien en la que, entre otras cosas, decía lo siguiente: "En occidente entendemos  el triunfo como afirmación ­: tengo mas fuerza y te la impongo. En China en cambio la ventaja es o no es resultado del balance de contrastes. Nosotros caemos en la ilusión de una victoria efímera, ellos buscan la ventaja que confiere el decantar los hechos con el tiempo".

Mi visión personal sobre este asunto es mucho menos idealista y conmovedora que la del reputado sinólogo; el chino (el asiático) es cobarde y miedoso por naturaleza por lo que rehuye el conflicto. Cuando éste, inevitablemente, se presenta, la primera reacción es obviarlo y esperar a que la otra persona se dé por enterada y deje de insistir, o retrasa el afrontarlo el mayor tiempo posible (supongo que eso es a lo que se refiere con "decantar los hechos en el tiempo"). Cuando la otra persona persiste, la segunda reacción es mentir (lo que generalmente agrava la ira del oponente, ya que las mentiras son tan burdas que parecen una burla). Cuando la mentira es puesta al descubierto, lo que, si no se hace con tacto, puede hacer que el mentiroso "pierda la cara" (expresión de la que ya hablaré en otro artículo) y reaccione de una manera muy violenta para salvaguardar su honor, comienza una discusión que puede ser bastante enconada y enrevesada. Por fin, cuando todo parece perdido, uno de los dos, da su brazo a torcer y actúa como si nunca hubiera pasado nada. Se acaba el asunto de una manera tan pacífica que haría avergonzarse al mismísimo Ghandi  y tan civilizada que a veces me parece que en lugar de en China, sigo viviendo en mi nada añorada Copenhague.

 

Publicado el 6 de Mayo, 2011, 8:22



Ayer, mientras paseaba por uno de los muelles de la bahía de Hong Kong, se acercó a mí una mujer, me entregó una carta y se lanzó al mar. Esto, que pudiera parecer el comienzo de una novela,  fue tan real que aún no tengo claro que haya ocurrido de verdad y, si no fuera por la fotografía póstuma que tuve el valor de hacerle antes de que desapareciera para siempre entre  las verdes aguas, juraría que todo ha sido producto de mi imaginación. En la carta, supongo que cuenta los motivos que le llevaron a tomar esa decisión,…y digo supongo, porque no la pienso traducir y leer las razones por las que alguien decide acabar con su vida, hasta el mismo día en que presienta que finaliza la mía propia.