arroz con cristales

Mayo del 2011


Publicado el 23 de Mayo, 2011, 8:26


Lo que más me gusta de este país es que el acontecimiento más banal y cotidiano se puede transformar en algo completamente inesperado y especial. Es por esta razón, por la que en China uno no deja nunca de aprender cosas nuevas sobre los humanos y su humana condición. Como siempre, pondré un ejemplo para facilitar la comprensión de lo que estoy hablando.

El otro día, en el supermercado, compré una lata de piña en almíbar. Como iba deprisa y estaba un poco cansado (las dos cosas simultáneamente), no me di cuenta de que no era de las que tienen un "abrefácil" (o "abredifícil" como le llama mi padre, ya que, muchas veces la anilla se rompe y tienes que tirar la lata con su contenido intacto). El caso, es que hoy he decidido comérmela y, por no bajar a los chinos a por un abrelatas, he preferido pedir uno prestado a una vecina mayor que parece muy simpática y que, cada vez que coincido con ella esperando el ascensor, me empieza a preguntar con gestos, cosas que a mí me parecen rarísimas (primero hace con la mano el gesto como de hablar por teléfono, luego saca del bolso un puñado de billetes y con ellos señala la puerta de mi casa, y así unos cuantos más,…es como una performance surrealista. Yo, como no acabo de enterarme de qué clase de información trata de sonsacarme con tan absurdas maniobras, me limito a sonreírle y ella me sonríe a mí luego). He tocado el timbre de su casa y me ha abierto. Tenía los ojos un tanto enrojecidos, le he debido de despertar de la siesta. Tras dedicarnos unas de las sonrisas cómplices a las que estamos ya acostumbrados, he comenzado yo con el mimo que generalmente interpreta ella, con la intención de transmitirle la siguiente idea: "esta cosa que porto entre mis manos, tiene otra cosa dentro y me la quiero comer. Para ello, necesito abrirla con otra cosa que yo no tengo, pero que usted seguramente sí y que, a lo mejor, me podría prestar". La señora ha tomado la lata y la ha mirado de arriba a abajo, escrutándola como si fuera una pieza de la Estación Espacial Internacional que hubiese caído por azar en su terraza, con idéntica perplejidad y extrañeza. Luego, me la ha regresado para meterse a su cocina más ligera de equipaje y ha vuelto con dos utensilios que tenían pinta de todo menos de abrelatas (aunque por relación semántica se podría decir que los iba a utilizar con la misma finalidad). En una mano traía un cuchillo de carnicero y en la otra unas tijeras de cocina. A continuación, como si fuera una cosa que hiciera todos los días (abrirle una lata de piña en almíbar "Del Monte" a un vecino de un país lejano, del que quiere averiguar algo sin lograrlo), se ha sentado en el suelo, en el quicio de su puerta, se ha puesto la lata entre las piernas (cerca del lugar por el que alumbró a sus hijos y es que, no en vano, lo que iba a realizar era otra especie de parto) y, con uno de los picos del cuchillo, ha comenzado a golpear la tapa de latón para ir abriendo en ella unas pequeñas incisiones por las que luego metía las tijeras para ir tirando del obstinado metal que, poco a poco, empezaba a ceder. Ni que decir tengo, que cada vez que cambiaba de objeto, dejaba el que no utilizaba en el suelo del rellano (que no es, precisamente, el de un quirófano) y que cuando lo volvía a usar, era el jugo el encargado de devolverle el lustre perdido. Así ha estado la señora unos diez minutos, hasta que se ha cansado y me ha mirado con una expresión que no dejaba lugar para la duda acerca de lo que me estaba preguntando: "¿te vale así?". Yo he cogido de nuevo la estropeada  y magullada lata entre mis manos (con precaución de no cortarme) y me he vuelto a mi casa sin saber muy bien si rematarla para que dejara de sufrir o curarle las heridas por las que supuraba almíbar. La próxima vez, trataré de prestar mayor atención cuando coja latas en el supermercado.

 

 

Publicado el 23 de Mayo, 2011, 8:17

contradicción

Mi  amiga Lee (de la que ya he hablado aquí en alguna ocasión) es de un pueblo perdido de China central, donde sus quinientos habitantes son tan pobres como las ratas,… y, sin embargo, jamás he visto a alguien caminar con la elegancia y distinción con las que ella lo hace; los pasitos cortos, medidos, el bolso colgado a la altura del codo, con el antebrazo apuntando hacia el cielo,…parece que no hubiese hecho otra cosa en su vida, mas que pasear por Champs-Elyseés o tomar helados en Via Veneto. Lo que más me gusta de todo es observar cómo acelera sus zancaditas (sin aumentar un milímetro su longitud) cuando se acerca el autobús que esperamos. Siempre que quedo con ella, invento pretextos para que cojamos el mayor número posible, y contemplar el espectáculo una y otra vez. Creo que empieza a sospechar.

 

con tradición.

Me dijo que el trabajo de go go, en realidad, no le gustaba mucho (era cansado y había que aguantar a mucho pesado), y que si lo hacía, era únicamente por seguir con la tradición, ya que a él se habían dedicado las mujeres de su familia durante generaciones.

 

con traducción

Tengo una vecina muy guapa que, cada vez que le pido azúcar, como no me entiende, en lugar de en la taza, me la pone en la lengua como en la canción de Talking Heads.

 

contra adicción.

El otro día, vi una china llevándose de un bar a su marido borracho. Lo hacía a guantazo limpio, de una manera brutal,… sin embargo, estoy seguro de que, una vez en casa, le quitó los zapatos, le sentó en el sillón, le preparó una copa y le dio un masaje en los pies con la atención y delicadeza con los que sólo una china es capaz.

 

Contraindicación.

Me he auto prohibido la entrada a los centros comerciales, porque, cada vez que lo hacía, sufría el "síndrome de Stendhal" ( y no precisamente a causa de la arquitectura),... y es que es como si se hubieran caído todos los ángeles adentro.


Publicado el 23 de Mayo, 2011, 8:14



Me he convertido en un entomólogo paciente. Desde mi ventana, los miro, los observo, los fotografío, contemplo sus hábitos, estudio sus movimientos, examino sus causas, sus azares…y cuanto más lo hago, más fascinantes me resultan.

Publicado el 6 de Mayo, 2011, 12:51

En China, como en cualquier otro lugar, el conflicto se da de manera relativamente frecuente. Lo que diferencia a China de otros lados es que aquí, cuando una situación conflictiva ha alcanzado un nivel de complejidad y de tensión tal que pareciera que sólo pudiera desembocar en una tragedia, en cuestión de segundos, y sin que sobrevengan cambios transcendentales en el escenario, las partes en disputa llegan a un acuerdo súbito y, de un instante para otro, la trifulca se esfuma, la bronca amaina, la sangre no llega al río.... estos dos ejemplos servirán para comprender mejor de qué estoy hablando.

La otra noche, mientras esperaba el autobús nocturno en una zona bastante alejada de mi casa, a unos diez metros de mí, se empezaron a escuchar unas voces cuyo volumen sobresalía por encima del resto del paisaje sonoro. Era una discusión. El chino habla de una manera que muchas veces pareciera que esté discutiendo cuando, en realidad, no lo está haciendo en absoluto. Pero esto sí parecía una especie de pelea callejera, lo cual no es nada frecuente aquí. Los protagonistas eran un hombre de mediana edad subido a una moto y dos policías. La escena era un poco extraña y al mismo tiempo cómica (para no perder el carácter local). El motorista argumentaba ante los agentes que le tenían bien asido, uno por el manillar y el otro por la parte trasera, para que no se escapara. No parecía una simple infracción de tráfico sino algo mucho más serio. El tono de la pugna iba en aumento. La gente se empezaba a arremolinar alrededor del extraño trío para ver como acababa el asunto; ¿conseguiría el motorista arrollar a los polis y darse a la fuga?,… parecía que no tenía muchas posibilidades aunque, de vez en cuando, amagaba y abría gas con esa intención. Los maderos, firmes,  como sujetando a un potro nervioso,  avanzaban  y retrocedían al unísono del reo, unos cuantos centímetros con cada nueva acometida de este, los tres juntos, como en una peli del gordo y el flaco. Yo estaba de lo más entretenido y esperando a que llegara el furgón  policial con refuerzos, bajaran cuatro polis forzudos, le metieran un par de porrazos al motorista y se lo llevaran esposado antes de que llegara mi autobús. Entonces, y sin que  pareciera que un nuevo factor hubiese alterado en modo alguno la situación: la aparición de una madre con un niño en brazos pidiendo clemencia para un marido que lo único que ha cometido es una falta leve de tráfico (la opción neorrealista italiana, con Anna Magnani en el papel de la madre), o unos cuantos billetes que se deslizan discretamente en el interior del bolsillo del pantalón del uniforme (la opción mexicana ),… los mismos policías, a los que segundos antes parecía que les iba la vida en retener a un peligrosísimo criminal capturado in fraganti, soltaron la motocicleta y el hombre se marchó tan campante por el mismo lugar por el que había llegado. El tumulto de mirones, conmigo a la cabeza, se disolvió con idéntica rapidez.

Mi casera Nancy (para los que no lo sepan, los chinos a los catorce o quince años eligen un nombre inglés, cuanto más rimbombante mejor, que combinan con su apellido chino. Es de lo más normal que una amiga se llame algo así como Samantha Wu, Diana Cheng, o Sabrina Liu. Lo bueno es que cuando se cansan del nombre, lo pueden cambiar por otro). Como digo mi casera Nancy y yo habíamos acordado, el día en que firmamos el contrato, que absolutamente todo lo contenido en  la casa que no estuviera en perfectas condiciones y no hubiese sido estropeado por mí, sería reparado o cambiado y los gastos correrían de su parte. Acogiéndome a  esta clausula y tras no poder pegar ojo por el estado de un colchón completamente hundido en la parte central que me provocaba un agudo dolor en los riñones, decidí un día escribirle un mail contándole cuál era el problema y urgiéndole a buscar una solución al mismo. Como explicar aquí el rosario de llamadas, sms, correos, silencios, mentiras, envío de anónimos amenazantes, más silencios… sería largo y aburrido, solo diré que la situación se estaba enredando cada vez más y volviendo bastante incómoda y tensa por su insistencia en  defender que el colchón no estaba roto y que, si yo era más sensible que  la princesa del cuento de los doce colchones y el guisante, tenía que pagarlo yo, y mi no menos insistente respuesta de que el colchón no estaba en condiciones de ser usado y que me estaba causando un problema grave de salud. Como nadie retrocedía un ápice en sus argumentos y la situación me estaba empezando a afectar no solo a nivel lumbar sino también mental, decidí, por mi propia cuenta, comprar un colchón nuevo y restar el importe de la renta (solución a la que ella se había opuesto rotundamente cuando se lo había propuesto). Cuando la buena de Nancy,  se enteró de mi iniciativa, en lugar de montar en cólera como habría hecho un atrabiliario casero español y amenazar con represalias, juicios, no devolución de la fianza, etc, me escribió un educadísimo mail que venía a decir lo siguiente: "Me alegro de que hayas comprado un colchón nuevo y por fin todo se haya solucionado". Mi sorpresa fue mayúscula y la única explicación que le encuentro al hecho, es que una persona que se llama como la muñeca de con la que jugaban nuestras hermanas, no puede actuar de una manera menos noble de como lo hizo ella.

 El otro día, leía una entrevista a un sinólogo francés llamado Francois Jullien en la que, entre otras cosas, decía lo siguiente: "En occidente entendemos  el triunfo como afirmación ­: tengo mas fuerza y te la impongo. En China en cambio la ventaja es o no es resultado del balance de contrastes. Nosotros caemos en la ilusión de una victoria efímera, ellos buscan la ventaja que confiere el decantar los hechos con el tiempo".

Mi visión personal sobre este asunto es mucho menos idealista y conmovedora que la del reputado sinólogo; el chino (el asiático) es cobarde y miedoso por naturaleza por lo que rehuye el conflicto. Cuando éste, inevitablemente, se presenta, la primera reacción es obviarlo y esperar a que la otra persona se dé por enterada y deje de insistir, o retrasa el afrontarlo el mayor tiempo posible (supongo que eso es a lo que se refiere con "decantar los hechos en el tiempo"). Cuando la otra persona persiste, la segunda reacción es mentir (lo que generalmente agrava la ira del oponente, ya que las mentiras son tan burdas que parecen una burla). Cuando la mentira es puesta al descubierto, lo que, si no se hace con tacto, puede hacer que el mentiroso "pierda la cara" (expresión de la que ya hablaré en otro artículo) y reaccione de una manera muy violenta para salvaguardar su honor, comienza una discusión que puede ser bastante enconada y enrevesada. Por fin, cuando todo parece perdido, uno de los dos, da su brazo a torcer y actúa como si nunca hubiera pasado nada. Se acaba el asunto de una manera tan pacífica que haría avergonzarse al mismísimo Ghandi  y tan civilizada que a veces me parece que en lugar de en China, sigo viviendo en mi nada añorada Copenhague.

 

Publicado el 6 de Mayo, 2011, 8:22



Ayer, mientras paseaba por uno de los muelles de la bahía de Hong Kong, se acercó a mí una mujer, me entregó una carta y se lanzó al mar. Esto, que pudiera parecer el comienzo de una novela,  fue tan real que aún no tengo claro que haya ocurrido de verdad y, si no fuera por la fotografía póstuma que tuve el valor de hacerle antes de que desapareciera para siempre entre  las verdes aguas, juraría que todo ha sido producto de mi imaginación. En la carta, supongo que cuenta los motivos que le llevaron a tomar esa decisión,…y digo supongo, porque no la pienso traducir y leer las razones por las que alguien decide acabar con su vida, hasta el mismo día en que presienta que finaliza la mía propia.