arroz con cristales

Publicado el 8 de Marzo, 2011, 7:13

Mi amiga Sun (su nombre completo es Mingsun) me pidió hace dos meses que la acompañara una mañana de domingo a Ikea. Como yo también tenía que comprar algunas cosas (ya que comenzar una vida de cero exige siempre de sartenes y servilletas), acepté, aunque no muy entusiasmado con la idea, tengo que admitirlo (ver un Ikea exactamente igual a los de España pero en que tanto todos los dependientes como todos los clientes son chinos, me produce una sensación de desazón de la  que no me recupero en varios días, como cada vez que veo "Un perro andaluz" de Buñuel).

Cuando nos encontramos en la puerta, me extrañó verla con su Nikon colgada del hombro, pero supuse que vendría de algún acto familiar aunque, como digo, era un domingo bastante temprano. Una vez dentro, como la cosa más natural del mundo y al igual que la mayoría de personas que estaban allí, desenfundó la cámara y comenzó a hacer fotos a cada uno de los detalles de cada uno de los salones, baños y habitaciones que había en el muestrario, con la intención de copiarlos luego en su casa al pie de la letra. Y así lo hizo la simpática Sun: delante del ordenador iba pasando las fotos mientras que con la mano que tenía libre iba pidiendo por teléfono todos los productos que veía en la pantalla uno por uno, para confeccionar esta especie de puzle tridimensional y a escala real en el que viviría durante los próximos años con su marido e hijos.

La historia de Sun, a partir de este momento, tiene su miga y a mí personalmente, si me la contaran, no me la creería. Cuando la casa estaba completamente amueblada y equipada, Sun comenzó a realizar actos que nunca antes había realizado y cuyo significado desconocía aunque no le molestaban particularmente. Cada tarde, al anochecer, se ponía un poco melancólica y le daba por encender velas (algo que un chino nunca haría si no es para pedir dinero o salud a los dioses o los antepasados que, en el fondo, son lo mismo) y por beber grandes copas de vino. Luego vinieron los atracones de arenques y salmón ahumado sobre rebanadas de pan negro con cebolla frita por encima y, tras éstos, rollitos de canela como postre. Una noche, Sun le dijo a su marido (que por ese entonces había empezado también  a beber un poco más de la cuenta) que no estaba nada bien eso de que llevaran evadiendo impuestos a través de una falsa empresa registrada en Taiwán desde que se habían casado y que, en la próxima declaración, no sólo deberían pagar el 18 % sino el 40% para compensar tanto fraude y para que el resto de sus conciudadanos pudieran vivir con unos servicios gratuitos y de calidad, a lo que el marido respondió que sí sin rechistar. Poner seis cubos de basura para reciclar los diferentes tipos de desperdicios fue el siguiente paso natural que dio Sun en esta su nueva vida.

Cuando un día, me telefoneó para decirme que ella no era racista pero que le jodía un poco que cada vez estuvieran llegando a China más y más inmigrantes para aprovecharse de los servicios que ahora también pagaban ella y su marido y que no descartaba votar a un partido de ultraderecha en las próximas elecciones, me empecé a preocupar pero cuando me preguntó que si sabía, por un casual, cual era la forma más rápida e indolora para suicidarse le dije: "Sun, cambia la decoración ¡ya!"