arroz con cristales

Publicado el 22 de Febrero, 2011, 6:40














Sabía que el mar se encontraba en algún punto hacía el sur, así que he cambiado mis planes y, en vez de ir al supermercado, he decidido no aplazar ni un día más mi encuentro con el Mar de China. Tras bajar varias cuestas, me he encontrado con una de las autopistas que cruzan la ciudad de este a oeste y, como no he visto medio alguno de cruzarla, he decidido bordearla. Cuando llevaba unos trescientos metros, he visto a un anciano que se acercaba a mi montando una bicicleta, lo hacía a un ritmo que, más parecía que estuviese al lado de un arrozal en la típica escena de la campiña china, que al de una autopista con un ruido ensordecedor.  Al llegar al punto donde me encontraba,  le he parado enseñándole la palma de mi mano, él, solícito y sonriente como la viva imagen de Lao Tse, se ha detenido a mi lado y se ha bajado  de la bicicleta. Como he podido, le he mostrado mi intención de cruzar la autopista y le he  preguntado, con señas, cuál era el camino que debía tomar para llegar al mar, que intuía se encontraba a pocos metros de nosotros pero tras un obstáculo en apariencia tan infranqueable como la misma Gran Muralla. El anciano,  con una mezcla de señas y palabras ininteligibles para mí,  me ha indicado que, más adelante, había algo así como un paso subterráneo, según he podido interpretar por los pisotones que daba sobre la tierra. Cuando me disponía a marcharme en la dirección indicada, no sin antes darle las gracias (con esa sonrisa estúpida que siempre pone un turista en apuros tras las indicaciones de un persona local y más si es anciana), ha llegado a nuestra posición otro hombre, también mayor aunque no tanto como el primero, montando también una bicicleta con la misma parsimonia con que lo hacía el otro. Al ver la escena,  se ha detenido  junto a nosotros (obviamente iban juntos aunque por separado, como debiera ir por la vida toda pareja que aspire al mutuo entendimiento). Como tenía claro lo que tenía que hacer, pues todo había resultado relativamente sencillo, he decidido reanudar mi marcha,… pero justo antes de dar el primer paso he podido llegar a escuchar cómo, el que había llegado en segundo lugar, le preguntaba al que me había dado las indicaciones:

- ¿Qué quería el lao wai?

- Llegar al mar

- Y qué le has dicho

- Que le pregunte a los ahogados.

Los dos se han alejado con la misma sonrisa con que habían llegado.