arroz con cristales

Febrero del 2011


Publicado el 22 de Febrero, 2011, 7:11

El otro día, tras la cena de empresa en una ciudad cercana,  llegó (tarde o temprano tenía que llegar) la temida "escena del Karaoke". Júbilo, risas, alegría por doquier y yo poniendo la misma cara de circunstancia que pone Bill Murray en "Lost in translation" cuando le llevan a uno en la ciudad de Tokyo. Cuando llevaba tres horas de preciosas canciones chinas a un volumen atronador, "cantadas" por mis compañeros de trabajo y, lo que es peor, por mi jefa, le dije a una de mis acompañantas que si me podía acercar, por favor, al hotel,  que me lo estaba pasando de puta madre pero que en España tenemos un refrán que dice "que lo bueno si breve,...". Sin entender del todo como podía abandonar un momento como aquel, accedió para regresar ella más tarde. De camino a mi habitación, vi, al final del pasillo, una chica rubia esperando el ascensor. Aceleré el paso para tomarlo con ella pero, cuando llegué a su lado, comprobé que era mi compañera Chris que es de Ohio pero que se parece a Scarlett Johansson como un huevo a una castaña.

Publicado el 22 de Febrero, 2011, 7:07

Aquí, cuando alguien tiene que vigilar algo, se viste de soldado con un traje de camuflaje, aunque no tenga nada que ver con las fuerzas armadas y sea simplemente el vigilante de un  parking,…será psicológico pero, aunque los guerreros de terracota de Xian muestran más marcialidad (y movilidad) que estos , a mí me da muchísima tranquilidad saber que mi casa y las escasas posesiones que hay dentro las guarda un cuerpo de élite, una especie de "boinas verdes" chinos dispuestos a pagar con su vida cualquier ataque a nuestra urbanización.

Publicado el 22 de Febrero, 2011, 7:05

Mi amiga Lee me ha escrito en un papel  mi dirección para que, cuando tome un taxi, se lo entregue al taxista, y me pueda llevar a puerto seguro. Es una chica tan educada y respetuosa, que antes de empezar la retaíla de nombres de hoteles y bancos cercanos a mi casa (que en total ocupa como tres renglones, ya que aquí parece ser que decir el nombre de la calle y nada es lo mismo. Sería como decir en Madrid: "vivo entre el Hotel Miguel Ángel y el "Santander" que está enfrente del Opencor, molaría  ver la cara del "pelas"). Como iba diciendo, es una chica tan educada y respetuosa que, antes del dato puro y duro,  ha escrito un "NI HAO" ("BUENOS DÍAS"), y a mí me encanta cuando, a veces, el taxista coge el papel y, en vez de leerlo para él, lo lee en voz alta, empezando por el "NI HAO" de cortesía que mi amiga Lee se ha preocupado de poner en la cabecera.

Y es que, si la cortesía no cuesta nada, porque no la vamos utilizando un poco más aunque sea para escribir una simple dirección. La cortesía es una especie de vaselina que hace que la vida no haga tanto daño. Esta y otras cosas estoy aprendiendo de los chinos (de las chinas, ni que decir tiene). Bueno, esto ya me lo enseñó mi amigo Israel hace muchos años, pero como dice la preciosa "Canción del elegido"  de Silvio Rodriguez: "lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida"

Publicado el 22 de Febrero, 2011, 7:01

Era la china más bella que había visto desde mi llegada -a China y acaso al mundo-. Cada noche, cuando de camino a casa pasaba por delante de su peluquería, ralentizaba el ritmo de mis pedaladas para ver durante más tiempo a esta mujer de facciones perfectas , hermosa como la misma Gong Li, hacer su trabajo de forma callada y metódica: barrer el pelo recién cortado,  colgar las toallas recién lavadas, … a veces , cuando me quedaba a trabajar hasta tarde,  llegaba en el  momento en que ella se marchaba a casa dejando atrás la peluquería recién apagada. Un sábado, sin poder reprimir mis deseos por verla de cerca, bajé, y mediante señas -ya que no hablo ni una sola palabra de chino-le pedí que me cortara el pelo; solemne,  me indicó, con la palma de la mano mirando hacia el  cielo, que me sentara en uno de los sillones.  Cuando me lavaba la cabeza con la delicadeza con que sólo una mujer china puede hacerlo, una gota de agua saltó a mi lagrimal, y mientras resbalaba por mi cara camino de mi corazón, me preguntó:

-¿Sabes en qué fase está la luna?

- En cuarto creciente - le respondí yo, en un perfecto mandarín.

 

Publicado el 22 de Febrero, 2011, 7:00














Hoy, después de cenar he salido a la terraza y, por primera vez desde que empezaron las celebraciones de año nuevo, he decidido ser testigo visual (voluntario) y no sólo sonoro (involuntario) del ritual que conlleva la pirotecnia celebratoria en este país, mejor dicho en estos países ya que se celebra de igual forma en otros del entorno como Vietnam. A unos cien metros de mi casa, había una madre joven con tres o cuatro niños, no recuerdo bien el número, dispuestos a ahuyentar con ruido a los malos espíritus durante todo el tiempo que dure el "año del conejo" en que acabamos de entrar. Primero, lo han dispuesto todo sobre las rayas blancas de un paso de cebra de una calle no muy transitada y luego se han retirado un metro más allá, pero encima de la acera, como por si sucedía algo que no estaba en el guión, un imprevisto,... (a lo mejor  es que entre la acera y la calzada hay unas mamparas protectoras de un cristal tan limpio que yo no me he dado cuenta de su existencia hasta ahora). Una vez colocados los petardos,  como en una perfecta coreografía, cada vez que había que encender una mecha, uno de los niños o la madre bajaban de su refugio transparente y, con gran decisión, ( los niños chinos son muy valientes al contrario que los adultos) prendían los cohetes. Todos los movimientos eran calculados y mecánicos hasta el momento en que una de las mechas no terminaba de prender y había que acercarse con cautela  a ver qué pasaba, con el consiguiente peligro de que la mecha adormilada volviera inopinadamente a la vida, y el artefacto estallase en el momento de volver a darle candela. Lo más extraño, sin duda, es que cuando se han terminado los petardos y bengalas la madre ha levantado una de las rayas del paso de cebra y ella y los niños han ido desapareciendo por el subsuelo,…hasta el "año del dragón", supongo.

 

XP

Publicado el 22 de Febrero, 2011, 6:59

A veces, cuando me estoy duchando con agua caliente, esta deja salir para dar paso a la fría y regresar tras unos minutos. Lo raro es que no pasa siempre, sólo a veces ,…es como si se reiniciara el sistema y yo es que creo que estos chinos se han vuelto tan modernos de repente, que dentro del calentador hay un ordenador con el Windows XP instalado.

Publicado el 22 de Febrero, 2011, 6:54

Voy en una bici de la marca FUZI (gran nombre para una marca de bicicletas) que me costó, al cambio, unos veinticinco euros. Es robusta y compacta en conjunto pero  tiene un inconveniente, seguramente derivado de su precio : de vez en cuando, sus partes se aflojan y se salen de su sitio, con lo que a los veinticinco euros ha habido que sumarle el precio de una serie de llaves que guardo en el cajón de la mesilla (junto a los documentos importantes) y que, como un viejo relojero, saco con cuidado, de vez en cuando, para reajustar y apretar  partes con nombres tan bonitos como la "potencia".

De hecho, es la segunda bicicleta china que tengo, la primera casi le cuesta un conflicto diplomático a mi país y una úlcera de estómago al amigo que me acompañaba en ese viaje a La Habana. Pero eso es otra historia.

No sé muy bien por qué,  estos días me he estado acordando de un ciclista que había cuando era niño y que se llamaba Marino Lejarreta ( tal vez porque tiene nombre como de personaje de novela de García Márquez y esos nombres se quedan marcados a fuego en nuestra memoria infantil y nos acompañan el resto de nuestra vida, como Florentino Ariza o Juvenal Urbino). Había otro ciclista del equipo Reynolds  (gran nombre para un equipo ciclista, por cierto ¿siguirá existiendo el papel de aluminio Reynolds o dio en bancarrota por el amor de su dueño al ciclismo? creo que lo he visto en algún supermercado) que se llamaba Jose Luis Laguía y que yo siempre he pensado, tampoco sé muy bien porqué, que era de Ávila,… lo tengo que mirar en la Wikipedia. La verdad, es que si naces en Ávila, sólo puedes místico o ciclista y no entiendo cómo puede haber ciclistas de sitios como Toledo, aunque ahí está Federico Bahamontes (otro gran nombre, en este caso, como de líder anarquista).  Pero mi preferido, cuando jugaba a las chapas en el "Bernadette", fue siempre  Laurent Fignon  ("Lorán Fiñón" para los que no sepan francés), que tiene nombre como de ministro galo del interior, "…esta mañana se ha reunido con su homólogo francés, Laurent Fignon...", a lo mejor porque era un cole medio francés, el caso es que me gustaba todo en ese ciclista rubio con coleta y gafas: su chulería, su cara de esfuerzo sobrehumano al subir las empinadas cuestas, cómo le quedaba tan de puta madre el maillot amarillo con el pelo rubio, (solo había otro ciclista al que le quedaba mejor y era Bernart Hinault ("Begnar  Inol", para los que no sepan francés aún) el contraste del amarillo canario con el cobrizo de sus brazos bronceados por el sol de los Alpes me llamaba mucho la atención de niño. La verdad es que  Laurent Fignon estaba un poco loco (hay que estar loco para ser ciclista o torero) y, por cierto, ha muerto este año de cáncer. Para mi, leer la noticia fue bastante triste, se puede decir que en cierto modo fuimos buenos amigos.

Bueno, el caso es que tengo una bici de la marca FUZI ( a lo mejor es en homenaje a ConFUZIo) y salvo ajustes ocasionales estoy contento con ella. En todas las ciudades en que he vivido siempre he ido en bici (excepto en la Ciudad de México, en la que hay que estar mucho más loco que Laurent Fignon para desplazarse por ese medio), me gusta vivir la ciudad en bici a pesar de lo peligroso que es o tal vez por eso mismo,… el otro día un chino estuvo a punto de matarme y cuando me reponía del susto le solté un castizo: "pero, ¿tú estás gilipollas?". Él levantó los hombros y me di cuenta de que todo había sido un mal entendido cultural; en Europa claramente habría sido su culpa ya que yo iba por la acera y él se incorporaba a la calzada desde un parking. En China la culpa era mía porque un coche nunca tiene la obligación de facto de parar (ni siquiera en los pasos de cebra) . Hay que tener cuidado con los malentendidos culturales en general pero, sobre todo, cuando te pueden costar la vida.

 

Publicado el 22 de Febrero, 2011, 6:47

El otro día, pase frente a un puesto callejero y decidí comprar "naranjas de la China"...  Al preguntar el precio de un kilo, la señora (que curiosamente también era de la China) me escribió en la calculadora un 8. Como yo sólo quería medio kilo, le volví a preguntar (aquí no hay que dar nada por supuesto) y esperando a que me escribiera el 4 que todo occidental esperaría ver, apareció  en la pantallita y en versión digital,  un número que tenía más pinta de 6 que de 4. Cuando creía que la señora me estaba tomando el pelo y me iba a soltar:  "un seis y un cuatro, la cara de tu retrato", una traductora casual que pasaba por allí, de las muchas que me acompañan  fugazmente en mis días, me dijo que no era ningún malentendido…., que un kilo es 8 yuanes y medio es 6. O sea que los chinos no tienen un pensamiento matemático aritmetrico sino exponencial, …eso, o que la traductora iba a comisión.

 

Publicado el 22 de Febrero, 2011, 6:47














Sus manos eran lijas y tras decirle (con bastante falta de tacto, ahora que lo pienso), que parecían manos de campesina, me dijo con una mezcla de vergüenza y orgullo, mientras se untaba en ellas una crema que sacó del bolso, que las únicas herramientas que habían sostenido, en su joven vida,  eran lapiceros, porque ella, tras un gran esfuerzo personal y familiar, era licenciada universitaria. Pero sus pechos,…oh sus pechos eran seda pura,… y es que China es, ciertamente, un país de contrastes.


Publicado el 22 de Febrero, 2011, 6:40














Sabía que el mar se encontraba en algún punto hacía el sur, así que he cambiado mis planes y, en vez de ir al supermercado, he decidido no aplazar ni un día más mi encuentro con el Mar de China. Tras bajar varias cuestas, me he encontrado con una de las autopistas que cruzan la ciudad de este a oeste y, como no he visto medio alguno de cruzarla, he decidido bordearla. Cuando llevaba unos trescientos metros, he visto a un anciano que se acercaba a mi montando una bicicleta, lo hacía a un ritmo que, más parecía que estuviese al lado de un arrozal en la típica escena de la campiña china, que al de una autopista con un ruido ensordecedor.  Al llegar al punto donde me encontraba,  le he parado enseñándole la palma de mi mano, él, solícito y sonriente como la viva imagen de Lao Tse, se ha detenido a mi lado y se ha bajado  de la bicicleta. Como he podido, le he mostrado mi intención de cruzar la autopista y le he  preguntado, con señas, cuál era el camino que debía tomar para llegar al mar, que intuía se encontraba a pocos metros de nosotros pero tras un obstáculo en apariencia tan infranqueable como la misma Gran Muralla. El anciano,  con una mezcla de señas y palabras ininteligibles para mí,  me ha indicado que, más adelante, había algo así como un paso subterráneo, según he podido interpretar por los pisotones que daba sobre la tierra. Cuando me disponía a marcharme en la dirección indicada, no sin antes darle las gracias (con esa sonrisa estúpida que siempre pone un turista en apuros tras las indicaciones de un persona local y más si es anciana), ha llegado a nuestra posición otro hombre, también mayor aunque no tanto como el primero, montando también una bicicleta con la misma parsimonia con que lo hacía el otro. Al ver la escena,  se ha detenido  junto a nosotros (obviamente iban juntos aunque por separado, como debiera ir por la vida toda pareja que aspire al mutuo entendimiento). Como tenía claro lo que tenía que hacer, pues todo había resultado relativamente sencillo, he decidido reanudar mi marcha,… pero justo antes de dar el primer paso he podido llegar a escuchar cómo, el que había llegado en segundo lugar, le preguntaba al que me había dado las indicaciones:

- ¿Qué quería el lao wai?

- Llegar al mar

- Y qué le has dicho

- Que le pregunte a los ahogados.

Los dos se han alejado con la misma sonrisa con que habían llegado.

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