arroz con cristales

Publicado el 15 de Octubre, 2017, 12:05

A finales de los años sesenta y durante la década de los setenta, ocurrió algo tan extraño (por irrepetible) como bello (por su calidad artística); las majors de Hollywood apostaron por un cine experimental (todo lo experimental que puede ser hacer cine para una industria cuyo principal objetivo es ganar dinero). Sea como fuere, se dio pábulo y gran libertad artística a jóvenes directores con un talento inconmensurable. De aquella época son Easy Rider (1969), de Dennis Hopper; Zabriskie Point, de Michelangelo Antonioni (1970); Taxi Driver (1976), de Martin Scorsese; o A Clockwork Orange (1971) de Stanley Kubrick, por nombrar sólo algunas de las más famosas. En todas ellas, el tema filosófico principal es el de la libertad individual y las repercusiones sociales que supone su ejercicio, tan en boga por aquellos años de vuelta a la naturaleza, interés por la filosofía oriental y su promesa de liberación y tanscendencia, experimentación por medio de drogas, una nueva forma de entender las relaciones sexuales fuera de las instituciones tradicionales, y la idea del viaje como fuente de autoconocimiento, adelantada por escritores como Jack Kerouac en su magistral On The Road, una década antes.

El director Sidney Pollack, que más tarde caería rendido, con bastantes altibajos, en los insulsos y poco artísticos brazos del cine comercial, con películas tan almibaradas y simplonas como Out of Africa (1986), también tuvo cabida en aquella época dorada de Hollywood y realizó algunas películas muy interesantes en unos tiempos en los que, y sin que sirviera de precedente, se impuso el arte sobre el mercado en la "meca" del cine. Concretamente, a dos años del cambio de década, filmó una preciosa cinta, poco conocida por público mayoritario, titulada The Swimmer (1968), basada en un cuento homónimo de John Cheever. En ella, un maduro, aunque todavía atractivo, Burt Lancaster, arquetipo del seductor norteamericano, interpreta a un exitoso y carismático hombre de negocios al que inopinadamente se le ocurre llevar a cabo una excéntrica proeza, como es la de llegar hasta su casa de una manera, cuando menos, original. Ned Merrill, que así es como se llama el personaje interpretado por Burt Lancaster, pertenece a esa decadente élite estadounidense de gente con dinero y cierta sofisticación. Situada en un exuberante e idílico condado a las afueras de Nueva York, habita esta comunidad formada el Señor Merrill y por sus vecinos, gente tan acaudalada como él; una comunidad, en la que todos parecen conocerse y tener un trato cercano que se ha ido forjando a través de vínculos de amistad tejidos desde la infancia. La idea de Ned resulta disparatada para sus conocidos que parecen no comprender por qué quiere llevar esta extravagancia a cabo; dicho plan consiste en cruzar a nado las piscinas de sus potentados vecinos situadas en una línea imaginaria trazada desde el punto en que se encuentra cuando tiene tan descabellada ocurrencia hasta su propia casa, algunos kilómetros colina arriba. Cada vez que Ned se presenta por sorpresa, semidesnudo, voluptuoso, en una propiedad para nadar en su  piscina, no sólo se sumerge en sus aguas, sino también en un microcosmos de relaciones interpersonales que van desde la más sincera admiración y cariño (en ocasiones, se le recibe como al héroe que llega victorioso tras una contienda que se ha prolongado más de lo esperado), hasta el más abyecto rencor, larvado durante años por alguna afrenta de un pasado que, a medida que la narración se desarrolla, se va revelando con más sombras que luces. Lo que el protagonista ( y el espectador) desconoce es que tras esta aparentemente inocente travesura, se oculta un viaje iniciático que lo transformará para siempre.

Para mí, esta película no sólo supone una obra maestra del cine (increíblemente moderna a pesar de sus casi cincuenta años), sino todo un modelo de actitud hacia la vida y los demás, porque nos presenta una forma de estar en el mundo de forma auténtica, como modo de resistencia frente a los condicionamientos y convenciones sociales donde imperan valores basados en la corrección política, la búsqueda desesperada de reconocimiento y éxito, y la falta absoluta de genuina iniciativa individual y creatividad, que logran que vivamos obsesionados con proyectar una  imagen de perfección para un "público" tan  saturado de información que no tiene ni tiempo ni energía para tenernos demasiado en cuenta. Nos tomamos tan en serio a nosotros mismos, nuestro discurso (nada original, en general) y las banalidades que producimos, que hemos transformado algo maravillosamente salvaje e imprevisible, en una fuente de aburrimiento, preocupaciones, competición y neurosis. Sin embargo, la actitud infantil (en el buen sentido de la palabra porque, de hecho, no debería tener uno negativo) de Ned Merrill le posiciona automáticamente en un entendimiento del mundo como campo de juego en lugar de como el campo de batalla que nos propone el capitalismo como expresión productiva del darwinismo, y de la existencia como una exploración creativa, una acción poética fuera de los encorsetados circuitos del arte institucionalizado; la vida como obra de arte completa sin la necesidad de generar objetos que se repiten a sí mismos de forma cíclica, con pequeñas variaciones según las demandas del mercado. Si la vida es una ficción, ¿por qué conformarse con vivirla como meros espectadores pasivos en lugar de como escritores que en todo momento están generando de manera consciente un relato que resulte mucho más interesante de lo que podría ser de no intervenir creativamente?.  Cada vez que Neddy, como le llaman los más cercanos, le cuenta a alguien el "proyecto" que está llevando a cabo, se autodefine como un explorador (con la misma naturalidad con la que Don Quijote se autodefinía como un caballero andante). Naturalmente, eso provoca las risas, la incomprensión, o la suspicacia de sus amistades, muchos de los cuales, le toman, como a Alonso Quijano, por un chiflado que vive ajeno a la realidad. Igual que en la novela de Cervantes, en su deriva, se producen momentos de auténtico patetismo, como cuando el cincuentón Sr. Merrill trata de mitad seducir, mitad proteger, sin ningún éxito a una ingenua "admiradora" adolescente que no acaba de  entender  muy bien cuáles son sus intenciones; o como cuando llega a una fiesta en la que no es bienvenido y de la que sale de forma violenta por el adocenamiento de una gente entregada a una vida materialista; por no hablar del amargo y desgarrador final donde se le humilla sin ninguna compasión por gente mundana. No obstante , Ned Merrill, continúa nadando impertérrito de piscina en piscina, jugando con el universo, a pesar del abatimiento físico (especialmente bella es la escena en la que comienza a tiritar de frío, en presencia de su ex amante, a causa de un sol que parece calentar a todos menos a él) y de la devastación emocional y moral producida por la rememoración de un pasado que él recordaba, sin duda, mucho más glorioso que aquellos a los que, seguramente sin proponérselo, ha hecho daño de alguna forma.

También en este sentido, me parece que la cinta es notable, ya que supone una interesante reflexión sobre lo que somos y sobre cómo construimos nuestra identidad en base a los recuerdos y la imagen que nos devuelven los otros, y cómo ésta nos conforma como individuos. Absolutamente todas las conversaciones que Ned lleva a cabo con las personas que se encuentra en su camino versan sobre el pasado: los años de universidad, el dinero que en su día pidió prestado y no devolvió, los romances que no fueron todo lo idílicos que se esperaba, las fantasías sexuales que despertaba años atrás entre mujeres mucho más jóvenes que él... Al protagonista le gustaría ser libre, ser un caballo, correr como un caballo, saltar como un caballo…, pero no es más que una mosca  atrapada en la telaraña que conforman los recuerdos ajenos, un pasado del que es en vano tratar de escapar porque  nadie parece interesarse lo más mínimo por saber cómo se encuentra en el momento actual, de hecho, todos parecen conocer una dolorosa verdad del presente que él desconoce (o se niega a afrontar) pero actúan como si nada sucediera, disimulan hipócritamente y se limitan a sacar a relucir memorias, gratas en unas ocasiones, amargas en otras.  Aquí, es precisamente donde surge la reflexión en torno a la libertad: ¿es posible ser libre cuando nuestra identidad se cimenta en esa falsa imagen, a la que llamamos "yo", que hemos forjado a través de los años, y por la que los otros nos reconocen y con la que nos identifican; una imagen que nos condiciona dramáticamente a pesar de que la realidad sea que, como sucede en el resto de seres que pueblan este universo, desde una galaxia hasta un adenovirus,  estemos en constante proceso de transformación y evolución?, o dicho de otro modo, ¿son los individuos viviendo en sociedad capaces de labrar su destino de manera independiente, o como pesimistamente reflejaba el naturalismo, estamos completamente determinados por las fuerzas (psicológicas, sociales, políticas, económicas...) invisibles del grupo?.

Puede que  las piscinas que cruza Ned Merrill sean precisamente una metáfora del rio de Heráclito en el que no nos podemos bañar dos veces, o quizá de ese otro rio de Palestina en el que Jesús bautizaba a sus seguidores, convirtiéndolos en personas renacidas, sin pasado, libres, como el propio Ned Merrill cuando llega por fin, exhausto, llega a su casa.

Desde aquí, me  gustaría alentar a ejercer el derecho de meterse en piscinas ajenas, y reclamo el valor necesario para ello. Liberarse del miedo que produce lo desconocido o lo diferente, o lo no aceptado socialmente. A tirarse de cabeza, sin pensar en "likes", ni condicionados por lo que se supone que somos, o, peor, por lo que se supone que debemos ser. Considero que sólo así vivida, la vida tiene sentido. En caso de encontrarnos con una piscina vacía, reivindico la capacidad de imaginarnos que tiene agua, y seguir nadando dando brazadas en el aire, con la misma entrega y convicción con que las daríamos para disfrutar del roce del agua sobre nuestra piel, como hace Ned Merril con el niño que vende limonadas a nadie.

Publicado el 14 de Septiembre, 2017, 20:21

He venido a Buenos Aires con la intención de quedarme una temporada más o menos larga, pero una vez aquí me he percatado de que ser de Madrid y vivir en Buenos Aires es como comprarse unas Nike "de palo" en un mercadillo y pagar por ellas el doble de lo que valen las originales,…de pringado total.

Así como de Santiago de Chile no se escucha nunca nada bueno, con Buenos Aires la gente se suele deshacer en elogios, y todavía, después de tres meses aquí, no sé muy bien por qué. Aunque sus habitantes están absolutamente convencidos de que la ciudad en la que pasan sus días es exactamente igual a París, la realidad es que la capital de Argentina y la de Francia se parecen entre sí más o menos lo mismo que George Clooney y yo; nada.

La receta de Buenos Aires es relativamente sencilla: se cogen dos de los barrios más feos y anodinos de Madrid (Legazpi para las zonas menos pudientes, Chamartín para las más) y se repiten unas doscientas veces, de forma que quede una masa homogénea y absolutamente disfuncional por su enorme tamaño; seguidamente, se suben los precios de los alquileres de tal manera que el precio del metro cuadrado se sitúe por encima del de Londres; se rodea todo con chabolas; a continuación, se añaden los servicios públicos de un país tipo Angola; por último, se decora con miles de pizzerías y teatros con capacidad para diez personas,…¡¡¡A disfrutar!!!.

Lo que más me ha gustado de Argentina, a parte de la carne (soy así de simple, qué le vamos a hacer) han sido los propios argentinos; si bien el cliché del tipo arrogante, insoportable, pedante, cuentista que se las va dando de lo que no es, suele encajar bastante bien con el porteño que emigra a España (sospecho que para hacer frente a cierto complejo de inferioridad), la gran mayoría de los que he conocido en Argentina y otros países cercanos, me ha parecido una gente educada, bastante más culta que los españoles (lo cual no creo que tenga mucho mérito), hospitalarios (creo que el hecho de ser europeo tiene bastante que ver, y habría que preguntar a los bolivianos a ver qué piensan, pero yo en esta bitácora sólo hablo de mis experiencias personales), súper generosos, honestos…valores que se acentúan, sobre todo, cuando uno llega de convivir con el pueblo más miserable, egoísta y amoral que existe sobre la faz de la Tierra, como es mi caso: leer el artículo vinagre

Publicado el 16 de Marzo, 2017, 18:02

Los países son como las personas; los hay turbios, los hay acogedores, los hay bellos, los hay complicados, los hay tristes, los hay sucios, los hay aburridos,…Si tuviese que identificar a Chile con un tipo humano, sin duda sería con el del señor que trabaja en correos y cuyas conversaciones se limitan a enumerar las ofertas del supermercado de la esquina. Dicen que es el país de los poetas, pues yo creo que me he debido de ir al Chile de al lado, al de los ingenieros, ya que casi todo el mundo que he conocido practica esa noble y desinteresante profesión en alguna de sus modalidades. Chile es la Corea del Sur de América, un país próspero en su entorno pero excesivamente genérico (es decir, "agringado") caracterizado por su indefinición identitaria y su mediocridad ( por alguna extraña razón asociamos siempre la mediocridad con algo negativo, cuando, por definición, no es algo ni negativo ni positivo. España me parece el país de la mediocridad por antonomasia, una sociedad que no sobresale en nada, que no sea deporte o cocina de autor, ni por arriba ni por abajo. La mediocridad en España tiene una causa clara: el "amiguismo". En mi país los mediocres premian a sus amigos más mediocres aún que ellos, y los tipos válidos hacen las maletas y se van a vivir fuera, casi siempre a países anglosajones, donde tener amigos influyentes es casi más un lastre que una ventaja sobre el resto). Cuando digo que Chile es un país mediocre, me refiero a que no es un país pobre pero tampoco es rico (ser el país más rico de Latinoamérica es como ser el campeón de la Segunda División); sus moradores no son, ni mucho menos, unos amargados violentos como los alemanes, pero tampoco desprenden la simpatía y buena onda de mexicanos o brasileños, o la ingenuidad y candor de la mayoría de los asiáticos (los chilenos se hacen los acogedores pero creo que tiene mucho de paripé, como de papel que tuvieran que representar de cara al extranjero, aunque no digo que no haya gente que te intente ayudar de corazón); las chilenas no son guapas como las colombianas o las argentinas pero tampoco son los "callos" bolivianos. Su gastronomía se ciñe a perritos calientes (a los que en un alarde de exotismo culinario añaden tomate, aguacate y mayonesa) o platos tan elaborados como la "salchipapa" (patatas fritas con trozos de salchicha, todo ello regado con abundante Keptchup) que han debido de ser ideados por un chef de unos seis años; su plato estrella es la empanada, que tampoco me parece el "non plus ultra" del universo culinario, (gracias a dios, los peruanos han invadido el país con millones de restaurantes donde se come comida de verdad, aunque a precios noruegos). En Chile no se vive mal, aunque siento que le falta algo para que se viva bien, ese punto que es difícil de definir con palabras, y que otros lugares sí tienen y lo notas nada más bajar del avión. Lo más singular, y para nada mediocre de Chile son sus paisajes, tanto los terrestres (o lunares) como los estelares, que yo no he visto, ni creo que vea nunca, cielos estrellados de una belleza tal como los que he tenido el privilegio de ver en el desierto de Atacama.

Lo único que me produce verdadero asombro de este país, a parte de los ya mencionados paisajes de volcanes nevados, bosques inabarcables y lagunas altiplánicas, es su historia más reciente: ¿cazas que bombardean el Palacio presidencial con su presidente dentro, el cual, mientras caen las bombas, radia tranquilo un emotivo mensaje de despedida al joven estudiante y al ama de casa chilena: "me sacrifico por vosotros y por una sociedad más justa"? (¡Ay, si levantaras la cabeza, Salvador, y vieras cómo tu país se ha convertido más o menos en lo contrario a lo que tú pretendías!); ¿guerrilleros marxistas, casi niños, dispuestos a entregar su vida para atentar contra el sátrapa de Pinochet? (atentado del que, por cierto, escapó de puro milagro, algo que ningún aguerrido comunista o anarquista español intentó seriamente durante los ¡cuarenta años! que duró la sangrienta dictadura fascista de Franco); ¿Implacables torturadores que aplicaban durante horas corrientes eléctricas en los genitales de personas cuyo único delito había sido tener en su casa "El Capital" de Marx? (para mí, la verdadera tortura es el simple hecho de leerlo, pero bueno, cada uno mata su tiempo como le viene en gana.)…¡No entiendo nada!, ¿son estos los mismos tipos anodinos, y "americanizados" hasta la médula con los que me relaciono en mi día a día?. Esa misma sensación de extrañeza y desconcierto tenía en China cada vez que veía las colas que, a las puertas de Gucci, Prada o Dior, formaban los nuevos ricos chinos (que ya deben ir como por los cien millones), esperando para entrar al asalto y llevarse de cinco en cinco bolsos de las citadas marcas previo pago de unos 5000 euros cada uno; ¿son estos los mismos que hace tan solo cuarenta años apaleaban y escupían, acusándolo de terrateniente, al pobre campesino que poseía un huerto de diez metros cuadrados, o colocaban orejas de burro al profesor universitario al que tachaban de revisionista al servicio de Estados Unidos, el imperialismo y la burguesía?, recuerdo que me preguntaba incrédulo cuando vivía allí (aunque de los de los chinos uno se puede esperar absolutamente cualquier cosa, estoy seguro de que si mañana les dicen que se coloquen otra vez la gorrita Mao y meneen el famoso librito rojo con sus frases cursis y afectadas del tipo: "La revolución no es como asistir a una cena de gala", lo hacen sin rechistar, y la mayoría, tan contentos). Estos dos ejemplos de cambio radical de mentalidad y comportamiento en tiempo record, y en dos partes del mundo que no tienen nada en común entre sí, son suficientes para validar una de mis muchas teorías: las ideologías, de cualquier signo, no son más que cuentos con los que los más avispados (o mezquinos, o generalmente ambas cosas) engatusan y manipulan a los más cretinos (o ingenuos, o generalmente ambas cosas) para ponerlos a su servicio, y tomar y conservar el poder. En realidad la forma en que operan los ideólogos, ya sean políticos o religiosos, no es muy distinta de cómo opera la mente individual: "En el futuro todo será mejor". La ideología, la que sea, te coje por las solapas y te saca de la realidad para meterte en un mundo de fantasía, donde siempre espera un futuro rosa una vez que se cumplan ciertas condiciones (te mueras y entres en el paraíso, se logre construir una sociedad sin clases, nos independicemos de tal Estado,...). Lo que más me gusta del liberalismo (filosofía política que los desinformados confunden con el "neoliberalismo" de los años 70, que no es más que una teoría económica que aboga fundamentalmente por la desregulación de los mercados y la privatización de los servicios sociales), es que no promete una sociedad idealizada; simplemente trata de que los individuos se relacionen como pares y se reconozcan iguales en derechos y oportunidades aquí y ahora (algo que en la práctica tampoco es tan sencillo). Se puede engañar a todos un rato, o a unos pocos todo el tiempo, lo que no se puede es engañar a todos todo el rato, y como bien saben los taoístas, al final, el agua siempre vuelve a su cauce. Nos guste o no, lo que la gente quiere y busca consciente o inconscientemente, aquí y en China, es demostrarle a su vecino que ha llegado más lejos que él, restregándole por la cara que es capaz de comprar cosas que el otro no es capaz y que le otorgan estatus social, para de esta manera autoconvencerse de que todo ese esfuerzo inútil que requiere su miserable vida, en el fondo ha servido para algo. Son muy pocos los que viven de espaldas a la opinión ajena y llevan a cabo esa vida auténtica a la que hacía referencia Heiddeger.

En el país en que me encuentro ahora, en tan solo cuarenta años, se ha pasado del marxismo más radical, un marxismo bendecido por el mismísimo Fidel Castro (que durante su casi eterna vida ha ejercido el papel de una especie de "Papa Rojo", apadrinando y financiando cualquier movimiento armado que tuviera cierto tufillo, aunque fuera remoto, a revolución marxista, si con ello podía sacar algún provecho para su exangüe economía y mantenerse a flote unos años más machacando a su resignado pueblo), al neoliberalismo y consumismo más salvaje, en nada diferente al de Estados Unidos, si no, incluso más, diseñado por los "Chicago Boys", discípulos del mismo Milton Friedman, durante la dictadura del general Pinochet. ¿Cómo es esto posible?. La respuesta es muy sencilla: porque el comunismo (o el fascismo, que en el fondo, vienen a ser casi lo mismo con ciertas variantes como el ardor nacionalista de éste) no es algo que nazca orgánicamente del pueblo (en general, demasiado ignorante como para comprender su complejidad teórica política; me imagino a mi abuelo, un agricultor manchego semianalfabeto, el lío que debía tener el pobre en su cabeza durante los revolucionarios años treinta, como la inmensa mayoría de los españoles, que lo mismo te levantaban el puño como te extendían la palma hacia el sol cual legionarios romanos: marionetas en manos de desalmados agitadores a sueldo de Moscú como La Pasionaria o Carrillo, o señoritos como José Antonio, a los que el pueblo, con el que se les llenaba la boca en sus astutos discursos, les importaba menos que nada. En realidad conceptos como "patria", "clase" o "pueblo" o "etnia" me parecen demasiado abstractos e imprecisos como para sentirse realmente identificado con ellos, y creo que uno, al final, se preocupa básicamente porque su vida, y como mucho la de sus familiares directos, sea lo mejor posible, y si para ello se tiene que asociar con otros a los que le une algo, lo que sea, para atacar a unos terceros, pues se hace. La vida es, primero que nada, una lucha por la supervivencia, y no digo que no existan en la realidad ejemplos prácticos de ese concepto llamado solidaridad, pero mi experiencia me dice que ésta se da como sentimiento real en muy pocos individuos, y que para nada es feudo exclusivo de los explotados y oprimidos, como nos ha querido siempre hacer creer la izquierda más simplona; yo creo que eso que se dio en llamar a principios del siglo XX "conciencia de clase", en el fondo, no era más que "envidia de clase", de los pobres hacia los ricos, a los que empezaron a matar por el simple hecho de tener más que ellos, o "resentimiento de clase" hacia una religión que controlaba la vida privada de la gente desde el púlpito, de igual forma que la "conciencia patriótica" de los nazis no era más que el odio indisimulado que sentían hacia una minoría más inteligente y culta, y que vivía más holgadamente que los depauperados alemanes en su propio país en los años veinte, a la que convinieron en exterminar para quedarse con sus posesiones, empastes de oro incluidos), sino que se le impone, a punta de pistola (que el "allendismo" no fue tan pacífico como se intenta vender lo prueban hechos como que la guardia pretoriana del presidente, por poner un ejemplo, estaba compuesta por miembros del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria), que es algo tan provocador y difícil de comprender como si de la seguridad de un supuesto Lehendakari abertzale se ocupara ETA-militar) por una clase media burguesa (Allende, igual que Ernesto "Che" Guevara, era médico, hijo de una familia acomodada y católica, como Fidel, y no tenía ni el más mínimo vínculo real con el proletariado. Una anécdota, que no si será cierta, dice que, el doctor Allende, todos las noches, al volver a casa, quemaba sus ropas para evitar contagiarse con los microbios y bacterias que le pudieran transmitir los pobres harapientos a los que abrazaba tan efusivamente durante sus campañas) que en un momento dado decide hacerse con el poder, bien sea por medio de las urnas, como en Chile, o por medio de la insurrección sangrienta como en Cuba, o Rusia (donde una clase burguesa dirigente, mayoritariamente judía, manda u obliga a los trabajadores a jugarse la vida por ellos, y al día siguiente de vencer, con el pastel ya en la mano, los envía otra vez de vuelta a las fábricas en las mismas condiciones. En el socialismo siempre ha existido una aristocracia, un "nosotros" y un "ellos"). Allende, que no me pega que fuese un jacobino al estilo de su "compañero de armas" como él llamaba a Fidel (lo que demuestra de nuevo lo poco tibio e independiente que era Allende, y lo alineado que estaba con el bloque soviético en los años de la Guerra Fría), y que seguramente estaba motivado por causas nobles de igualdad y justicia social, practicó un marxismo sin leninismo, es decir, nacionalizó la banca y parte de la industria minera, aprobó la reforma agraria, pero no impuso al Partido Comunista como partido único, ni disolvió las cámaras de representantes, ni abolió la independencia de los tres poderes, ni maniató a la prensa, ni "purgó" al ejército (si lo hubiera hecho, no le habría servido de mucho, ya que los golpistas se "camuflaron" de leales hasta el día antes de asesinarlo), ni encarceló a los opositores, ni prohibió las huelgas, ni conculcó el derecho a la manifestación, ni ordenó a los servicios secretos que espiasen a todos los que formaban el "pueblo" como potenciales "enemigos del pueblo"..., en fin, todas las medidas clásicas de ese "Estado de Terror" leninista llamado "Dictadura del Proletario" que, al final, no es más que una "Dictadura del Secretariado" en contra del pueblo (que se lo digan a los húngaros a los que acribillaron y masacraron en el otoño del 56). Ese fue su "error" (por el que algunos le tildan de ingenuo), el que le costó el gobierno y la vida (si no eliminas físicamente a la burguesía como prescribía Marx en su "Capital", ésta te acabará eliminando a ti), porque ambos, marxismo y leninismo tienen que ir juntos si quieres permanecer medio siglo en el poder sin preguntar a tu pueblo si te quiere o no, como cierto señor con barba que acaba de morir en su cama. El día en que Salvador Allende se inmoló, según él, en una suerte de martirio crístico para la redención de los obreros chilenos, éstos salieron por miles a lo largo (iba a decir "y ancho" del país, pero tratándose de Chile, lo dejaremos en sólo en largo) a la calle a brindar con "pipeño" ( el vino más barato, no con el champagne con el que seguramente brindarían en las casonas de Las Condes o de Providencia, pero a brindar al fin y al cabo) y a bailar la cueca porque eran conscientes de que en breve se acabarían las interminables colas para comprar los alimentos más básicos, tomar el transporte público, o las huelgas que duraban semanas y que tenían al país completamente paralizado, es decir, que se volvía a eso que hemos dado en llamar la "normalidad" en oposición a eso otro que hemos dado en llamar la "revolución" (por cierto, acabo de leer una obra del "antiteatro" de Fassbinder titulada, "Anarquía en Baviera", en la que el cineasta muniqués hace una graciosa parodia de los revolucionarios de aquellos años, finales de los sesenta y principios de los setenta; en ella, se descojona de su estupidez dogmática, de las contradicciones ideológicas de unos tipos tan inmaduros, de las situaciones grotescas que se producen cuando se quiere acabar de la noche a la mañana con instituciones, como la familia o el dinero, que llevan arraigados en la sociedad y la han vertebrado durante milenios,…¡hasta las putas se quejan a los revolucionarios y les piden que les dejen trabajar en paz!. No creo que Fassbinder sea precisamente una persona sospechosa de conservadurismo burgués, a lo Chesterton, y seguro que se inspiró para escribir esta obrita en sus amigos de la Baader-Meinhof, de los que se cachondeaba en privado al verlos tan absolutamente perdidos en cuanto a sus objetivos concretos para construir una sociedad mejor).

Que nadie lea en este artículo ( o si lo hace, que sepa que está en un error, porque yo siempre defenderé la legitimidad de las urnas, y el gobierno de la Unidad Popular era absolutamente legítimo) una justificación del golpe militar, y mucho menos de los dieciséis subsiguientes años de "pinochetismo" plagados de asesinatos, torturas, encarcelamiento, exilio…pero la historia es como es, y se podrá interpretar pero no cambiar: la mañana del once de septiembre de 1973, cuando comenzaron los primeros tiros y bombardeos en la Moneda, los obreros chilenos, los mismos que llevaban meses coreando a grito pelado: "Allende, Allende, el pueblo te defiende", no acudieron de forma espontánea, masiva y a pecho descubierto ( como sí sucedió heroicamente en Madrid el dieciocho de julio del 36) a rodear el palacio y defender con su vida al gobierno constitucional que habían votado tres años antes (algo que puede que evitara que estallara una guerra civil con miles de muertos, como sucedió en mi país). Para parar el golpe (que no era ni mucho menos el primero que sufría Allende), a la Moneda tenían que haber ido unas cien mil personas ( habría que ver si los golpistas hubiesen tenido los huevos de asesinar a sangre fría a cien mil hombres y mujeres desarmados) y fueron unas cien (con toda seguridad, "miristas" que sabían que ya no tenían nada que perder porque los iban a torturar y matar unas horas más tarde), el resto se quedaron en sus casas y puestos de trabajo escuchando la radio (como los españoles durante la chaplinesca asonada de Tejero). Un par de horas después, todo se había terminado, seguramente, para muchos, el sueño de realizar una sociedad más justa, eso no lo pongo en duda (como he dicho antes, hay mucho ingenuo suelto por ahí que debe de pensar que las sociedades se cambian mediante procesos revolucionarios en los que los obreros bailan mientras trabajan, y cantan canciones de Víctor Jara y Silvio Rodríguez, y la burguesía renuncia voluntariamente a sus posesiones y sus privilegios por el bien de la justicia social y el interés general), pero para muchos otros la pesadilla de un país sumido en el caos (puede que en parte debido al sabotaje, que lo hubo y mucho durante el gobierno de la Unidad Popular) y sobre todo dividido en dos facciones irreconciliables. Hoy Chile es un país unido, sin ninguna identidad cultural y "americanizado" hasta la médula pero unido, donde no se habla demasiado de aquella época y se mira hacia adelante, y donde llegan millones de emigrantes de países pobres como Haití, o empobrecidos como Venezuela, Colombia, o España, atraídos por su prosperidad económica y estabilidad política. ¡Que viva el pueblo!.

Publicado el 1 de Marzo, 2017, 16:51

Si Berlín y la Barcelona preolímpica ( la de las putas del Barrio Chino y los heroinómanos de la Barceloneta) hicieran un ménage a trois con La Habana, y ésta se quedara embarazada, el bebé se llamaría Valparaíso.

Publicado el 10 de Enero, 2017, 11:58

Los verdaderos viajeros simplemente parten por partir

El corazón ligero semejante a un globo

De su fatalidad nunca se apartan

Sin saber porqué, siempre dicen: ¡Vamos!

El Viaje. Charles Baudelaire.

El diccionario vincula la acción de viajar a la de trasladar(se), desplazar(se), y transportar. Para mí, viajar supone algo bastante más complejo que un simple desplazamiento (se puede mover un cuerpo de un sitio a otro para escapar, por ejemplo, de un conflicto armado, sin que me parezca que eso de por sí, suponga viajar). De igual manera, el turismo me parece un mero desplazamiento, en muy poco diferente a un viaje de negocios, donde las personas se trasladan a un lugar diferente de aquel donde residen para realizar algo concreto, ya sea firmar un contrato o fotografiar determinado monumento. Lo que básicamente diferencia a un viajero de un turista es que el segundo tiene el objetivo de "ver" el mayor número de cosas en el menor tiempo posible, mientras que el segundo trata de ver el menor número de cosas en el mayor tiempo posible. El turista es el oficinista del viaje, un notario que da fe de que lo que ha visto en guías, revistas, documentales, etc, existe en la realidad.

En nuestra sociedad del rendimiento, el "viaje" cumple básicamente dos funciones: por un lado la de ofrecer una recompensa en forma de desconexión vacacional (para poder continuar con la explotación inmediatamente después), y por otro, la de proporcionar estatus, ya que el "viaje" se compra como una mercancía más, que indica el poder adquisitivo exactamente igual que un coche lujoso o una casa grande.

También existe una rara especie de personas (aunque cada vez más numerosas), entre las cuales me incluyo, llamadas nómadas, para las que el viaje no desempeñaría ese papel de interrupción temporal de un continuo vital, sino que, por el  contrario, es el hecho de permanecer en un mismo y único lugar lo que constituye una excepción. Los primeros hombres eran nómadas, sus posibilidades de sobrevivir dependían de no asentarse en una zona determinada, por lo que su vida era precaria, insegura e imprecisa. Si este tipo de vida nómada no se ejerce por una necesidad imperiosa ligada a la supervivencia, parecería que se trata más bien de una extravagancia, de un capricho, sin embargo, yo creo que sí existen razones de peso para ejercer el nomadismo en el marco de la sociedad contemporánea, donde las condiciones materiales son tan favorables. Trataré de explicar, en pocas palabras, porque me parece tan fundamental viajar, y sobre todo, hacer del viaje una forma de vida.

En primer lugar, como ya sabían en la antigüedad, uno sólo puede ser humano dentro de la ciudad (cívitas), y para ello es preciso ser hábil en el arte de la civilidad que, según el filósofo Zygmunt Bauman, consiste en "la capacidad de interactuar con extraños sin atacarles por eso y sin presionarlos para que dejen de serlo o para que renuncien a algunos de los rasgos que los convierten en extraños". Es decir, que la principal tarea que tiene que realizar un ser humano para poder ser considerado como tal, es la de negociar con otros seres humanos con los que no le une ninguna relación de parentesco (es precisamente en la prohibición del incesto y la normatización de las relaciones de parentesco donde Levy-Strauss situa el punto cero de la cultura). Esta negociación requiere de un espacio especial, llamado espacio público; un espacio que pertenece a todos los miembros de una determinada comunidad, donde todos sin excepción se reconocen como iguales en derechos. El espacio público se regula mediante la ley, y esta regulación, que desde Grecia llamamos política, no consiste en otra cosa que en la negociación colectiva para conseguir el bien común. El problema, es que en las democracias occidentales actuales, el espacio público, ese donde las personas se reconocen como tales y se encuentran para negociar, ha entrado en crisis (no es que haya desafección de la política por parte del pueblo, es que simplemente nos han negado esa esfera pública casi en su totalidad). Nos hemos convertido en sociedades de individuos que no desean ser molestados por otros individuos, y como no existen los problemas colectivos, o tienen poca importancia, la negociación no se considera ya ni necesaria ni deseable. Vivimos en lugares donde "nadie sabe hablar con nadie". Nunca el ser humano ha alcanzado el nivel de libertad que ha alcanzado en las democracias liberales, sin embargo el precio a pagar, en forma de aislamiento y ausencia de vínculo comunitario, es demasiado alto, a mi juicio. El Estado, la cosa pública, sigue existiendo, pero ya no para dirigir el destino común mediante el ideal de "lo bueno", sino para administrar los servicios por los que los ciudadanos pagan sus impuestos. Una vez reducido a su mínima expresión lo público, y sobre todo lo civil, solo nos resta permanecer cómodos y seguros dentro de nuestra esfera privada para consumir todo tipo de mercancías y hacer públicas nuestras vidas en redes sociales (el nuevo ágora cívitas) donde otros, con los que no nos une casi ningún vínculo, nos dan su aprobación.

Alguno se preguntará qué coño tiene que ver este análisis de la sociedad tardomoderna con el hecho de viajar y el nomadismo. Lo explicaré: en el viaje (a diferencia de en el turismo), todas las necesidades que tenemos como individuos, tanto fisiológicas (alimentación, sexo, cobijo) como psicológicas (seguridad, confort, reconocimiento), no están aseguradas en absoluto, por lo que para obtenerlas no queda más remedio que practicar el arte de la civilidad: consumar el exasperante comercio, la agotadora comunicación, el irritante regateo y las incómodas concesiones. Según esta tesis, se podría decir que nunca somos más humanos que cuando viajamos, por la sencilla razón de que necesitamos, tanto como el aire que respiramos, esa relación con los demás, por la que pasamos de ser individuos a ser hombres de facto, en el sentido antropológico del término (para mí, la cultura no es más que la mezcla de intercambio y prohibición)

En segundo lugar, en las sociedades occidentales contemporáneas, existe una obsesiva preocupación por la polución y la contaminación, hay una tendencia colectiva a identificar el peligro con la invasión de "cuerpos extraños", y a identificar la seguridad con la pureza. Vivimos en una cultura de lo igual en la que lo diferente se rechaza por indeseable y amenazante.  Por eso, otro factor que me parece determinante en ese proceso de humanización a través del viaje, es algo que yo he denominado la "experiencia exótica"; Ex–ótico, significa literalmente "lo que está fuera de la visión", nada que ver por tanto con esos paraísos lejanos que nos vende la industria del turismo (para los caribeños, no puede haber nada menos exótico que el Caribe). Lo interesante de esto es que cuando uno viaja a un lugar exótico, inmediatamente se da cuenta de que lo más alejado de la mirada corriente, lo más desacostumbrado que hay en él, es uno mismo, por lo que se produce un bonito juego especular de miradas: yo miro al Otro como extraño, y él hace lo propio. Se puede decir que ambos nos reconocemos en nuestra común extrañeza, y mágicamente se establece una conexión dialogística (que no tiene porqué ser lingüistica), muy probablemente motivada por la simple curiosidad innata en nuestra especie (si en Occidente, los medios en lugar de empeñarse en criminalizar a los extranjeros como usurpadores de puestos de trabajo patrios, se dedicaran a explicar su "extrañeza", y lo mucho que pueden aportar a nuestra decadente sociedad, estoy seguro de que la gente perdería el miedo al contagio y se abriría más ellos, y ellos a nosotros). Si admitimos que la identidad se construye fundamentalmente a través de la mirada del Otro, en este curioso desdoblamiento de ser observador y observado al mismo tiempo, uno pasa mirarse a sí mismo como otro, se abre una dimensión entre uno y uno mismo que hace mucho más factible la comprensión del propio ser, de sus miedos más recónditos, de sus anhelos más profundos, de sus mecanismos inconscientes. Viajando uno no sólo conoce formas distintas practicar la humanidad, lo más importante es que en esa búsqueda de encuentro con lo diferente, uno se conoce a sí mismo. Sin esta experiencia, creo que se está condenado al provincianismo más incapacitante, donde todo se centra en la preocupación por lo que piensen otros igual de provincianos que nosotros.

       

La tercera razón para elegir este tipo de vida es la siguiente: uno de los motivos por los que me parece que la mayoría de las personas están insatisfechas (cuando no directamente asqueadas) con sus vidas, es porque se han creído la gran mentira de que la vida, en un sentido biográfico, existe. La vida, como la entendemos comúnmente, es solamente un concepto, y como tal no tiene ninguna consistencia ontológica; eso que llamamos "vida" está en realidad formada por millones de momentos presentes, con sentido propio en  en sí mismos por muy banales que nos puedan parecer, a los que la inmensa mayoría de la gente da la espalda e ignora, mucho más preocupada por su darle sentido a su autobiografía realizando elecciones (tomadas para colmo a una edad muy inmadura, y que tienen difícil vuelta atrás), que por vivir de una manera orgánica y creativa con lo que el presente les va deparando. En ello es en lo que se basa la seguridad pequeñoburguesa, en la repetición de patrones apriorísticos, heredados en términos generales de las generaciones precedentes. Cuando uno es un nómada, tiene por fuerza que dejar de lado cualquier plan a largo plazo si quiere sobrevivir, y centrarse en el día a día; el pasado vale poco, y el futuro lejano vale aún menos, como mucho se piensa a unos cuantos días vista, y a veces, cuando un aprende a viajar (tarea, por cierto, nada sencilla), simplemente se abre a lo que le traiga el presente. Esto no tiene nada que ver con sentirse más libre por ausencia de esa cárcel llamada rutina, se trata de algo mucho más profundo, y que se tarda algún tiempo en entender, una auténtica lección de vida: se trata de tener conciencia de estar en el sitio justo que ocupas en el mundo, y no en el sitio en el que tu ego, tu sociedad, tu familia, etc, te hacen creer que tienes que estar. No creo que exista mejor maestro que el viaje ni mejor cura de humildad.

 

        

Publicado el 5 de Diciembre, 2016, 19:02

Tras haber vivido en muchos y variados países, estos son los tipos de "expatriados" (no sé quién coño se ha podido inventar un nombre tan cutre) que me he ido encontrando por el camino. Aunque los tipos puros no son difíciles de encontrar, creo que todos somos un híbrido entre dos o más de ellos. Y tú, ¿cuál crees que eres?.

-EL FANBOY (FANGIRL, en su versión femenina). No ve absolutamente nada negativo en su país de acogida. Vive en una permanente "luna de miel" en la que la gente es encantadora, la comida deliciosa, los paisajes espectaculares,...hasta las picaduras de los mosquitos foráneos les provocan placer a estos cretinos. Este mundo ideal (más bien idealizado), en los casos agudos, puede durar incluso años y, por lo general, al menos en el caso de los hombres, curiosamente finaliza cuando se casan con una nativa y se dan de bruces con la realidad, que jamás es ni la mitad de bonita que ellos creían. Esto sucede especialmente en países de Asia. Son absolutamente incapaces siquiera de concebir la más leve crítica hacia su nueva patria y encajan muy mal las ajenas, por inocentes o racionales que sean, siendo dados a soltar insultos e improperios (su nivel cultural suele ser extremadamente bajo) hacia quien ose decir algo perjudicial o simplemente neutral sobre sus recién estrenados compatriotas. Están poco o nada viajados, y un país exótico les deslumbra, cautiva y enamora en cuanto se montan en el avión de Malaysia Airlines y una azafata con los ojos rasgados y un nombre tipo Kim Lee, les ayuda a colocar el equipaje de mano en el portaequipajes. A partir de ahí, ya va todo para arriba. La nación con mayor número de individuos de esta especie por metro cuadrado que me he encontrado es, sin ningún género de duda, Tailandia, la "Meca" de todo "fanboy" que se precie. Otro país con muchos de estos seres (la mayoría de ellos adolescentes que ni han estado, ni estarán jamás) es el híper higienico y ultra aburrido Japón, aunque he conocido especímenes de este grupo incluso en países tan incompatibles con la vida como Alemania. Ese entusiasmo a piñón fijo, a lo David Bisbal, puede resultar francamente empalagoso, pero por lo general los "fanboys" son inofensivos y buena gente, siempre y cuando no se les provoque con comentarios lesivos para con su paraíso particular (lo cual no siempre resulta fácil de evitar). A veces dan consejos útiles y siempre comparten toda la información que poseen sobre la región, motivados por su pasión sin fisuras por la misma. Para un par de cervezas y poco más.

-EL AMARGAO. Es la antítesis del "fanboy". Nada más salir del avión ya se está quejando del frío, del calor, de la humedad, de la luz cegadora, de lo tarde o de lo pronto que anochece... "El amargao" suele compararlo todo con el país que ha tenido que dejar por obligación que, por descontado, sale ganando siempre. Curiosamente, cuando vuelve a éste de vacaciones suele contar auténticas maravillas de su nuevo destino, actitud del todo contradictoria que nunca llegaré a comprender. "El amargao" es un tipo tóxico al que conviene evitar a toda costa ya que su negatividad es altamente contagiosa, sobre todo en estados carenciales de ánimo o cuando las cosas se ponen cuesta arriba.

-EL VIVO. Como su nombre indica, vive "a full" la experiencia de habitar en otro país (no como "el fanboy", cuyos escasos conocimientos hacen que se pierda todo lo mejor que le ofrece una cultura ajena que le sobrepasa por todos lados). "El vivo" lo prueba todo, se lo folla todo (si es hombre, suele tener un bellezón nativo como novia), tiene infinidad de amigos locales, aprovecha cualquier oportunidad para viajar por el país y países vecinos, bucea, vuela en parapente, hace rafting, y sabe dónde se come bien y barato en cualquier ciudad a 5.000 Km a la redonda. Nunca los ves de bajón. Se quejan lo justo, de lo que se tienen que quejar para que no les tomen el pelo, pero lo hacen sin odio, desdén ni amargura. Nunca pierden el tiempo con otros extranjeros criticando la cultura en la que se encuentran, sino que conversan con ellos para recabar información que les será útil en sus próximas aventuras. Tampoco tratan de mimetizarse con su entorno y adaptarse de forma artificial, saben que son extranjeros, que siempre lo serán, y lo aceptan con total naturalidad. Siempre se aprenden cosas nuevas de ellos, y además son divertidos y empáticos, (si son genuinos y no unos "guays" que lo hacen para fardar en las redes sociales, de hecho, los "vivos" verdaderos se distinguen de los "de palo" en que los primeros no tienen Facebook o Instagram). Compañía altamente recomendable.

-EL AUTOENGAÑADO. Comparte muchas características con "el amargao" pero, mediante un mecanismo inconsciente de defensa freudiano, consigue reprimir y obviar su malestar, y logra autoconvencerse de que todo le va bien en su país de adopción. Ni que decir tiene, que "el autoengañado" es una bomba de relojería a punto de estallar, y que cuando estalla son de esos que montan un pollo terrible en un restaurante por detalles sin ninguna importancia, o de los que abandonan su nación putativa en cuestión de horas cuando sus defensas subconscientes se derrumban, dejándole al descubierto la realidad y su falta de adaptación a la misma. Generalmente, tras  unas semanas en su país natal, es posible que vuelvan a por sus fueros, y consigan continuar algunos años más autoengañándose en el lugar del que se largaron por la puerta de atrás ( o yendo y viendo, algo muy típico en los individuos pertenecientes a esta especie). Un tipo confundido con el que conviene no mezclarse mucho porque puede desconcertar a los demás si no se tienen las ideas muy claras de por qué está uno en un sitio, ya que su opinión es tan volatil como ellos mismos.

-EL AGRADECIDO. Tras años de paro, deudas, un más que probable divorcio, más de un lustro sin practicar el acto, y demás tragedias acaecidas en la tierra que le vio nacer, consigue por fin encontrar un trabajo (puede que hasta una pareja) en el extranjero, y las cosas le comienzan a rodar de nuevo entre los brazos de una cultura diferente a la suya, a la que se entrega mansamente. "El agradecido" Suele tener la actitud cobarde (aunque en el fondo comprensible) del que piensa que es mejor "no morder la mano que le da de comer" con críticas que, en su imaginación, considera podrían hacer peligrar su recién estrenada nueva vida dentro del mercado laboral y la sociedad, y ponerle de nuevo de patitas en el agujero negro que acaba de abandonar. Aceptan todo tipo de trato peyorativo por parte de los locales, trabajan mucho más de lo que deberían, bajo condiciones de mierda, y encima lo hacen con genuino agradecimiento. Cuando escuchan una crítica hacia su nuevo país o sus gentes, suelen sacar la cara por ellos de una forma un tanto vergonzante, o como mínimo les disculpan. Pusilánime del que hay que pasar completamente.

-EL ADAPTADO. Está tan convencido de que se ha adaptado perfectamente a su nueva región del planeta que cuando se refiere a los nativos puede utilizar la primera persona del plural, en los casos más graves. La mayoría suelen tener la doble nacionalidad, hablar muy bien el idioma o dialecto local, estar casados con autóctonos y tener hijos nacidos y criados allí, aunque a algunos, un par de semanas en un país y un rollo pasajero con un aborigen les vale para considerarse ya "delatierradetodalavida". Te hablan como si tú no te enteraras de nada de lo que sucede a tu alrededor, como si la realidad de determinada cultura extraña estuviese vetada a todos los que no son él o los naturales del sitio en cuestión, los cuales jamás le considerarán uno de los suyos, así lleve cincuenta años viviendo en el país, por lo que, por lo general, suele ser gente más bien triste y melancólica que trata de ocultarlo sin conseguirlo ( si bien he conocido casos de "adaptados" que eran más o menos felices, y si no lo eran, desde luego que lo disimulaban muy bien). Con su verdadera nación no caben las medias tintas: la aman, la odian, o la ignoran olímpicamente como si haber nacido en ella no hubiese supuesto mas que un desagradable accidente.  Respecto a la de acogida dicen tanto cosas buenas como malas, dependiendo del día en que les pilles. La vida de un "adaptado" adquiere total sentido cuando se le da la oportunidad de mostrarle a sus paisanos lo que ha sido capaz de construir con el sudor de su frente, a través de uno de esos programas televisivos tipo "Turolenses Por el Mundo" (que ya es jodido encontrarlos en el mismo Teruel, cuanto más en Laos. Yo he llegado a la conclusión de que los que salen ahí en plan " anotad, pringaos, cómo se vive en el paraíso ", son en realidad actores pagados por el Gobierno para animar a emigrar a los más ingenuos, que se creen esas vidas de ensueño allende las fronteras patrias, y reducir así la superlativa tasa del paro española). Compañía recomendable con reservas; los que llevan muchos años en el país generalmente lo conocen muy bien, por lo que son una gran fuente de información, aunque su carácter pedagógico y algo altivo los puede hacer ciertamente insoportables, eso ya depende del individuo en cuestión.

-EL INADAPTADO. Así lleve sesenta años viviendo en otro país, no deja ni un segundo de pensar en el suyo propio y, por las noches, sueña con él. Observan las críticas de otros expatriados como la vaca que mira pasar el tren, porque su cabeza se encuentra, la mayor parte del tiempo, en un pueblo de Ávila o de Asturias. Compañía recomendada únicamente a personas depresivas que quieran seguir siéndolo.

 

Publicado el 23 de Abril, 2016, 12:18


Me gusta mi vida, me gusta huir de la monotonía, hacia adelante, la única huida que para mí tiene sentido, cada dos años más o menos (uno de los mandamientos sagrados de mi manual de nomadismo prescribe no pasar más de dos años en un mismo sitio, ya que considero que lo que no hayas hecho o aprendido en un lugar en ese lapso de tiempo, es muy improbable que vaya a suceder, y vivir en una ciudad por simple inercia o comodidad es como seguir con una novia con la que no haces el acto desde hace un lustro y con la que peleas más tiempo del que conversas. Una pérdida de tiempo). Como decía André Gide en sus diarios: "Es importante no quedarse demasiado tiempo en ningún sitio, ni siquiera en uno mismo", yo añadiría, que especialmente en uno mismo, si es que alguna vez somos capaces de aprehender ese "uno mismo", localizarlo.

 Toda esta patética perorata introductoria para justificar(me) el hecho de que me marcho de la ciudad en la que he vivido los dos últimos, y muy interesantes, años, que no es otra que la sin par Berlín; lugar reconvertido en parque temático para veinteañeros de la ciudad libre y creativa que fue hace veinticinco años, cuando la sorpresiva caída del muro dio paso a una década maravillosamente extraña propiciada por un vacío de poder tras la reunificación, en el que los políticos estaban demasiado ocupados asegurándose su futuro como para andar creando problemas ( de lo que en realidad viven, su verdadero negocio), y reprimiendo a la gente con normas que indefectiblemente reducen su libertad individual, el único valor que tenemos como ciudadanos, y que curiosamente nos la suda cada vez que se ve recortado o mermado gravemente. No somos mucho más que un ganado manso que agacha la cabeza con tal de seguir rumiando, aunque nos avergüence reconocerlo. Personalmente, he llegado a la conclusión de que la razón principal de haber elegido esta vida nómada es que, hasta el momento, la extranjería es lo más parecido a la libertad que he sido capaz de procurarme. Vivir un tiempo más o menos reducido en un lugar del que se desconoce absolutamente todo, a parte de proporcionarte un suplemento de pensamiento crítico y analítico por simple comparación con lo ya conocido, te situa en una especie de estado de excepción, que si no es libertad (siempre hay códigos sociales, civiles y penales que hay que cumplir, para que la vida no se convierta en algo solitario, pobre, brutal y breve, como ya advertía Hobbes) se le parece bastante. 

Paulatinamente, sin prisa pero sin pausa, Berlín está pasando de ser un lugar muy singular (por su historia, por su gente, por su espíritu absolutamente liberal) a una ciudad más de Alemania, quizá menos aburrida que las soporíferas Colonia, Múnich o Hamburgo, pero en el fondo no tan diferente. Una ciudad que ha muerto de éxito y sobre todo por no haber sido capaz de reinventarse, de haberse creado una nueva identidad durante los últimos quince años (supongo que resulta más cómodo vivir de las rentas o de la herencia familiar que levantarse todos los días a las siete de la mañana para crear algo novedoso y excitante). Que nadie se deje engañar por su medianeras graffiteadas, sus casas "okupadas", sus clubs techno, o sus punkis anacrónicos (que me recuerdan a esos tipos que posan disfrazados de soldados romanos junto a los turistas en las inmediaciones del Coliseo de Roma a cambio de unas monedas). Puro maquillaje. Escenografía para consumo de propios y extraños. Por si esto fuera poco, en los últimos años han llegado cantidades ingentes de veinteañeros, y como todo lo tiene que soportar un número de personas mayor del que puede albergar, acaba por depauperarse, por bajar automáticamente el nivel para que la plebe esté contenta al confirmar que han llegado al lugar que estaban buscando, y, al final, la ciudad en cuestión acaba por convertirse en un cliché de lo que algún día, cuando no estaba tan de moda, fue realmente. Berlín me recuerda a los pies de las imágenes de Cristo, desgastados tras años de soportar los besos y el roce constante de los devotos, con sus lugares "abandonados" por los que cada día pasan miles de jóvenes para realizar lo que consideran un acto de rebeldía, cuando no una cita con la historia, en el peor de los casos. Jóvenes burgueses, que al igual que los protagonistas de la película de Godard, "La Chinoise", lanzan como loros mecánicas soflamas revolucionarias de regímenes políticos sanguinarios que, gracias a dios, han terminado en el basurero de la historia. En Berlín, la revolución tiene estética de videoclip. La revolución es rosa. La revolución es cool. Una revolución en la que no corre la sangre, porque basta con agitar al aire unas banderas rojas o colgar un póster del Subcomandante Marcos en la puerta de la cocina, para derribar gobiernos tiránicos. Marx, Adorno, Horkheimer y Althusser revisitados por los "ninis" de la generación del "me gusta"; pulgares arriba, en lugar de puños en alto.

La gente que se traslada a vivir a Berlín, no lo hace buscando la libertad que no encuentran en sus lugares de nacimiento o el caldo de cultivo que les permita realizar una actividad creativa, lo hace por dos razones fundamentales: o porque ingenuamente esperan encontrar (con una buena dosis de nostalgia) lo que este sitio tenía de especial en los noventa (cuando la mayoría de ellos siquiera había nacido) o porque se puede vivir con quinientos euros, y uno, cuando es tan joven, a parte de relativamente estúpido, suele ser genuinamente pobre. Hoy Berlín es una ciudad que aparte de imagen tiene muy poco que ofrecer a sus moradores, y estoy convencido de que si mañana los alquileres se incrementaran hasta situarse en valores de mercado (fuera del limbo proteccionista en que se encuentran hoy, por culpa de un Estado que no sabe cómo incentivar la economía, veinticinco años después de la unificación, y crear puestos de trabajo decentes), la ciudad se vaciaba en menos de tres meses. Como dijo Josef Beuys: "todo ser humano es un artista", proverbial parida que en Berlín ha adquirido tristemente la dimensión de falsa realidad, fomentada por un gobierno empeñado en subvencionar la nada que produce el medio país devastado por setenta años de socialismo (que lo han dejado en la más absoluta ruina económica y social) que se echó a la espalda hace cinco lustros.

El debate (tan repetitivo y tópico que se ha vuelto francamente aburrido) es si Berlín sigue siendo cool o está acabado. Para mí no hay ninguna duda; Berlín ya ha dado todo lo que podía dar en los años ochenta y noventa, y hoy no es más que un lugar de consumo, un paraíso híspter por el que los jóvenes se pasean sin hacer nada interesante. Una ciudad en la que hay que ser creativo por decreto, razón por la que prácticamente nadie es realmente creativo, casi todo el mundo repite el mismo patrón, o sea lo contrario a la creatividad. Me da completamente igual esa cosa tan vaporosa como "lo cool". Creo que un lugar o es interesante o no lo es, y Berlín, a mi juicio, lo sigue siendo pero mucho menos que antes. Dicho esto, considero que Berlín, en algunos aspectos, sigue siendo, hoy por hoy, la mejor ciudad para vivir de la decadente Europa, lo cual tampoco es que sea decir gran cosa. En Berlín se sigue respirando un cierto aire de libertad (nadie ta va mirar raro por mucho que intentes provocar, entre otras cosas porque los berlineses ya lo han visto casi todo, y los que llegan nuevos hacen como que tampoco nada les sorprende), aunque el consumo la esté asifixiando poco a poco. Personalmente, lo que más me gusta mucho ese aire de ciudad inacabada, siempre en construcción, que la aleja de la ciudad-museo típica europea, y la acerca más a sitios como Nueva York (sólo en ese sentido, ya que Berlín sigue siendo muy provinciana, y casi nada cosmopolita por muchos extranjeros que vivan en ella). Berlín no es tan mesetariamente palurda y superficial como ese "poblachón manchego", como definió Cela a Madrid; ni tan snob y materialista como Londres, ni tan elitista y pagada de sí misma como París, ni tan insoportablemente turística como Ámsterdam o Praga, ni tan deprimente como Varsovia, ni tan caótica como Roma, ni tan pequeña y aburrida como Copenhague….Creo que en el "Viejo Continente", sólo podría vivir o en Berlín o en la cosmopolita Barcelona (  también a pesar de sus millones de turistas). Berlín en primavera y verano, y Barcelona en otoño e invierno, para huir del frío y de los alemanes, que en la práctica vienen a ser lo mismo.

Un Berlín sin alemanes, desde luego que ganaría mucho. Sobre todo sin todos los que han llegado en los últimos años desde esa Alemania conservadora, provinciana y pequeñoburguesa. Esos que leen orgullosos el "Süddeutsche Zeitung" mientras se toman un capuccino en uno de los cafés de Prenzlauer Berg o pasean a sus retoños en carritos de diseño escandinavo por la kastanienallee. El alemán (provenga de donde provenga) es básicamente un ser reprimido, con la mente absolutamente devastada (frecuentemente con algún tipo de psicopatología diagnosticada), y muchos fantasmas (tanto personales como históricos) que le atormentan sin descanso. Es por estas razones por las que prefiere refugiarse en el trabajo y en su soledad para socializar y comunicarse lo menos posible con sus semejantes, por los que parece sentir cierta aprensión. Sólo rompe su silencio cuando otro hace algo que le molesta (y, la verdad es que cuando se vive en un estado de constante malestar e insatisfacción personal, molesta prácticamente todo), especialmente cuando ese otro rompe el "ordnung", ese orden, que para ellos es sagrado y  en el que, en vano, tratan de basar su paz interna (tienen hasta una policía del orden, la "ordnungsamt", aunque de facto, cada alemán, a partir de los dieciocho años de edad, pasa a formar parte del cuerpo, aunque no vista el uniforme). Los alemanes están en un permanente estado de ofuscación, por lo que tras una primera etapa en la que les llegas a odiar por sus reprimendas violentas y desmesuradas ( el alemán, sin ningún género de duda, el pueblo más belicista y militarista del mundo moderno, se ha apaciguado a base de una normatividad muy estricta, pero la violencia innata sigue ahí, latente, soterrada, a flor de piel, y cuando cualquier norma, por insignificante que pueda para parecer al resto de los mortales, se vulnera, a los alemanes les posee la bestia violenta que llevan dentro y que solamente permanecía aletargada), después de un tiempo sólo puedes sentir por ellos conmiseración por el tormento al que la gran mayoría se ve sometida, así como por una existencia tan melancólica como aislada (¡qué cantidad de jóvenes y bellas muchachas se ven vagar completamente solas por esta ciudad, como almas en pena, sin el menor atisbo de vida afectiva!). Por si eso fuera poco, con los años se les va avinagrando el caracter, como el vino en contacto con el aire, y si bien de jóvenes son simplemente incomunicativos y aburridos por su ausencia absoluta de conversación y sentido del humor, a partir de los cuarenta y cinco aproximadamente se transforman en seres agriados cuya única esperanza en la vida es la de cruzarse con alguien que por error viole la menor norma para caerle encima con toda la agresividad de la que son capaces.

Otra de las razones por las que me marcho de Berlín es porque me resulta insoportable convivir con una gente legalista hasta la obsesión pero con una laxitud moral tan enorme, es decir, siempre y cuando la ley se lo permita ( o las posibilidades de que les "pillen" infringiéndola sean más bien escasas, véase el escándalo de Volkswagen), van a ser capaces de cometer los actos menos éticos imaginables, sin con ello sacan algún tipo de interés personal ( aquí todo el mundo se mueve por interés ya que, como en el resto de países noreuropeos, no existen apenas lazos afectivos de tipo familiar o vecinal), y por la noche van a dormir a pierna suelta. A su historia reciente, infame como pocas, me remito. Un ejemplo de esto serían las llamadas leyes de "arianización", mediante las cuales los alemanes de a pie se abalanzaron en tromba sobre las propiedades y puestos de trabajo de los judíos, una vez que el Estado se lo permitió legalmente. Creo que lo suyo gordo está todavía demasiado reciente pero no tengo ni un resquicio de duda de que, si en un futuro no muy lejano se repitieran las mismas condiciones socioeconómicas de hace ochenta años, este glorioso pueblo actuaría exactamente igual a como lo hizo entonces, porque, aunque no se atrevan a reconocerlo publicamente (por la corrección política imperante en nuestra sociedad occidental y la proximidad en el tiempo de la masacre que cometieron sus abuelos), la mayoría piensa que se hizo lo correcto, lo ordenado, lo que había que hacer, lo pensaban entonces y creo que muchos todavía lo piensan porque es su forma de ver el mundo: "Ley y Orden", o mejor dicho, la ley al servicio del orden, y Alemania para los alemanes. En su descargo tengo que decir que también me he encontrado con gente solidaria y comprometida al máximo con los desfavorecidos y los que necesitan ayuda, que les dedican gran parte de su tiempo y energía, pero estos son ciertamente una minoría. Supongo que en todas partes surgen individuos que reaccionan a su ambiente de forma más o menos radical mediante el cultivo de los valores opuestos, algo que considero que les dignifica aún más como personas.

Para todos aquellos que conocen a los alemanes "de visita", y que cuando escuchan mis críticas suelen decir algo tipo: "pues a mí me parecen muy majos, a ver si el problema lo vas a tener tú", les recomendaría encarecidamente que viesen alguna de las películas dirigidas por Fassbinder, sin duda el cineasta que mejor ha sabido captar la esencia de la "alemaneidad", muy en especial en su opera prima, "katzelmacher", donde expone de una manera magistral su falta de modales; su falta de ética;  su falta de humanidad; su vulgaridad; su egoísmo; su racismo; el profundo asqueamiento que sienten por sus vidas vacías; la violencia tanto, verbal como física; el halago y la hipocresía, siempre que interesen; su caracter huraño, siniestro y sombrío; su obsesión por el dinero,...

Pues eso, un Berlín con sus polacos, sus turcos, sus vietnamitas, sus italianos, sus brasileños, sus españoles, sus japoneses (que los hay, y muchos), incluso con sus americanos estúpidos e incultos que vienen a Europa a pasar el verano para hacerse los bohemios bebiendo el pésimo vino alemán en algún bar de Kreuzberg. ¡Pero sin alemanes!. Si eso pasa, prometo volver aquí a vivir, a pesar de todo. Toi, toi, toi.

Publicado el 13 de Marzo, 2014, 14:36



En Corea, a ratos estás en Japón, a ratos en China, pero nunca en Corea. De hecho, yo he llegado a pensar que Corea en realidad no existe, o que es un país tan tímido que se oculta detrás de otros dos.




Publicado el 13 de Marzo, 2014, 14:34

"En tanto nada lo impida, toda cosa en movimiento continuará su trayectoria a velocidad constante"

Principio de inercia. Isaac Newton


En ocasiones me veo a mí mismo como una especie de Sísifo contemporáneo, un Sísifo de la era de la globalización, postmoderno, que, en lugar de empujando una enorme roca, va acarreando todas sus pertenencias en dos grandes maletas negras y pesadas como dos ataúdes con ruedas, y que cuando, como le ocurría al Sísifo del mito, cree haber alcanzado la cima (en mi caso, una estabilidad laboral, emocional,…), deshace el camino andado para comenzar de nuevo la ascensión por empinadas cuestas en forma de aeropuertos, trenes, más aeropuertos, aduanas, embajadas, hoteles de mala muerte, hoteles de buena muerte, búsqueda de casa, de amigos, de trabajo, de compañía,… Yo, lejos de considerar esta vida extenuante y peripatética (incluso, patética a secas) como un castigo divino, la considero más bien como una bendición, lo más parecido a la libertad que he sido capaz de proporcionarme hasta la fecha. Para Heidegger, eso que él denominaba vida auténtica no consistía en otra cosa que en un constante arrojarse hacia adelante sin saber a ciencia cierta dónde se va a acabar, en lugar de refugiarse en lo impersonal, lo gregario, lo rutinario, como hace casi todo el mundo. Si la única certeza que tenemos es la de la muerte, me cuesta mucho entender el conservadurismo con el que desarrolla su existencia la gran mayoría de la gente. Yo creo que desde el momento en que nacemos ya estamos comenzando a morir, por eso sólo concibo la vida como una constante huída de la muerte, de lo cotidiano. A mí siempre me han parecido mucho más excitantes ciento volando. Las raíces se las dejo a las plantas.

Tras un par de meses en la cada vez más absurda y delirante España (un país en el que parece no haber límite para el esperpento, y en el que cada verano alucino más. Una mezcla explosiva de subdesarrollismo, corrupción, güisquis baratos, atrabiliarismo, una luz cegadora y flamenco-pop), regreso a la apacible Taipei para continuar con mis clases en la facultad de arquitectura, pero, al poco tiempo de llegar, me doy cuenta de que camino sobre tierra quemada, y mi ganado demanda pastos más frescos y abundantes. Decidido levantar de nuevo el campamento (un nómada acepta siempre las reglas del juego y sabe que el movimiento es consustancial a su propia experiencia vital) y dejar atrás la acomodada vida de profesor universitario que tantas alegrías me ha proporcionado en este último año (eso de abrirle, aunque sea sólo un poquito, la mente a unos seres a los que jamás se les ha permitido pensar es algo mucho más emocionante y gratificante de lo que habría creído jamás, creo que he encontrado mi vocación docente y además considero que soy un buen profesor). Cuando uno ha optado por el exilio continuado, la permanencia en un lugar ni siquiera se negocia. No me lo pienso mucho (soy veloz cuando tengo hambre o cuando me encuentro en peligro, como un felino), y en menos de setenta y dos horas, renuncio a mi trabajo y dejo a dos amigos muy queridos, y me encuentro casi de golpe metido en un avión rumbo a Tailandia.

 Para no meterme de buenas a primeras en la ajetreada y populosa Bangkok, algo que me consumiría tan rápido como una cerilla empapada en gasolina, decido adentrarme en la cultura thai, por donde es menos cultura y por donde es menos thai, y tras una breve pero intensa escala en Kuala Lumpur, aterrizo en la bella y turística isla de Phuket, paraíso virginal mancillado por la working class australiana y norte europea que acude aquí en masa, principalmente atraída por unos precios que, en temporada de monzón, rozan el ridículo ( la otra razón es obviamente la variedad y cantidad de prostitutas que emigran desde las provincias pobres del norte del país para mantener a sus familias ejerciendo tan noble y poco reconocido oficio. Si las putas tailandesas se cogieran de la mano, darían varias vueltas al planeta, creo que podrían incluso llegar a la luna. La imagen es realmente bella, no lo voy a negar, millones de putas, en bikini por el espacio sideral, uniendo por medio de una cadena humana e ingrávida la Tierra con su satélite).

Nuevamente estoy en el trópico sudasiático, del que, como les sucede a los protagonistas de la película de Buñuel, El ángel exterminador, por alguna desconocida razón no puedo salir, aunque no exista absolutamente nada que de facto me lo impida. Van pasando los meses y los años, y me desespero como le ocurre a ese grupo de aristócratas en las estancias de la lujosa mansión a la que han acudido para pasar una agradable velada, convertida por un enigmático motivo en una cárcel sin rejas ni guardas. Aquí, cada vez me agobia más el calor pegajoso, el sudor que constantemente  se desliza por mi piel, rodando mi cuerpo abajo, cada vez me dan más asco las putas con las caras llenas de polvo blanco y pintarrajeadas infantilmente (curiosamente, ahora he descubierto que tolero a las ratas, me parecen incluso simpáticas, pero las putas me provocan una mezcla de lástima y náuseas), cada vez me repugna más la basura en putrefacción, la ausencia total de higiene y de modales, el olor de la comida callejera, cada vez detesto más la falta de honestidad y claridad de los asiáticos, su falsa amabilidad, imposible de distinguir de la amabilidad verdadera y genuina particular de estos pueblos…Sólo una misteriosa fuerza telúrica me puede tener pegado al trópico como un imán. No quiero acabar como uno de esos alemanes mayores que pasean de la mano de una puta casi niña. Me da miedo que ese sea mi final. A veces creo que no estoy muy cuerdo y deliro; es este puto calor que anula mi pensamiento y me hace imaginarme futuros así de poco conciliadores y probables. Pero aquí todo se acepta, nada se juzga y eso me gusta. A lo mejor no es un final tan malo después de todo. Pienso que jamás podría vivir ya en un occidente absolutamente decadente y miserable.

Como soy un turista que odia el turismo y los lugares turísticos, lo que suelo hacer cuando llego a un sitio como Phuket es básicamente aislarme en mi hotel a leer, escribir y ver películas de directores del país que me ofrezcan una visión un tanto más narrativa del mismo. Intermitentemente, salgo a comer, dar paseos por la playa, ligar con alguna chica aburrida de su vida tropical ( en los trópicos el tiempo pasa mucho más despacio, como en Macondo, y un extranjero siempre es visto como una promesa de aventuras y diversión), y sobre todo observar como los demás turistas disfrutan de sus vacaciones realizando todo el repertorio de horteradas a las que se entregan con verdadera fruición; parejas de veinteañeros rubios que pasean de la mano su amor por una playa idílica semidesierta, ajenos al hecho de que, en aproximadamente cinco años, estarán, sin mirarse siquiera a la cara, delante de un juez, pleiteando por los bienes gananciales y la custodia de sus consentidos y confundidos hijos; ancianos de piel quemada por un sol inmisericorde, en camiseta de tirantes, bebiendo cerveza en un chiringuito, acompañados de sus adolescentes novias thais a las que alimentan como si se tratara de ganado que fueran a presentar a un concurso; chinos que contra todo pronóstico, por primera vez en cientos de generaciones, viajan fuera del Imperio del Centro, para experimentar qué es eso tan ajeno a su cultura como el disfrute de la vida, en lugar de para trabajar hasta la extenuación y ahorrar hasta el último céntimo (sin la menor idea, por cierto, de cómo se tiene que comportar uno cuando se supone que está disfrutando de la vida; ellos se limitan a hacerse fotos que luego subirán a sus Weibos, pero se les ve desorientados ante el paso de un tiempo improductivo, en el que no están ganando dinero o haciendo como que trabajan, algo en lo que son auténticos maestros); mochileros alemanes que tratan a los locales como lo hicieron sus abuelos con los de la Polonia ocupada, con idéntico desprecio y arrogancia, cambiando únicamente los uniformes grises por unas coloridas bermudas y unas chanclas, lo que le da a la escena un aire todavía más siniestro; hijas de la Gran Bretaña, cajeras de un Tesco de alguna ciudad perdida del norte del país, a las que Mallorca se les ha quedado pequeña; rusos antipáticos que salen a comerse el paraíso a golpe de rublo, con el hambre atrasada de los que han pasado demasiados años con las Repúblicas Bálticas como destino más exótico en el que pasar sus vacaciones ( sí, ya sé que tienen el mismo derecho que todos las demás personas a disfrutar del ocio en los rincones más bellos del planeta, pero desde que chinos y rusos han empezado a viajar, no puedo evitar pensar que  el mundo es un lugar mucho más cutre de lo que lo era antes). Decía Pascal que la mayoría de los males les vienen a los hombres por no quedarse en sus casas, y yo no puedo estar más de acuerdo con él. La clase media ha destrozado irreversiblemente las diferentes culturas, empobreciéndolas, cuando no directamente eliminándolas por completo con ese diabólico invento del turismo, lo único que faltaba es que esa clase media se haya incrementado de golpe en varios cientos de millones de personas y, además, personas que no poseen ni la educación más básica. A veces me gustaría vivir muchos años sólo por la curiosidad que me causa ver cómo va a acabar todo este tinglado que hemos montado en el último siglo. Muy bien, intuyo que no puede ser.

Al cabo de una semana, aburrido por tan decrépito panorama, decido tomar un autobús que me lleve hasta Krung Thep, más conocida en el resto del mundo como Bangkok, la Venecia de Asia, como la denominan algunos ( curiosamente, nunca he escuchado a nadie llamar a Venecia la Bangkok de Europa, a partir de ahora me voy a referir así a la bella ciudad del Véneto a la que por cierto acabo de volver, y una vez más me ha vuelto a cautivar; la ciudad más bonita del mundo, sin la menor duda). Puede que sea porque llevo ya mucha Asia sobre mis espaldas, pero la capital del Reino no me dice casi nada. Como Shanghai, me parece la típica mega urbe asiática sin demasiada gracia. Una ciudad que seguramente hace treinta años tenía su interés pero a la que la globalización se ha llevado por delante, para convertirla en lo que Rem koolhaas ha denominado como una ciudad genérica: rascacielos, centros comerciales, autopistas elevadas, pero ni rastro de seña alguna de identidad. Bangkok no tiene la magia de Manila (magia que no se percibe hasta pasados unos días en ella) o el encanto de Hanoi. Aquí no hay bullicio, sólo tráfico y muchedumbres que se desplazan y compran. La gente viste como en Tokyo, Hong Kong o Singapur. Demasiada exclusividad en un país pobre pero completamente pagado de sí mismo, demasiado contento de haberse conocido, (aunque parezca increíble por la insignificancia de Tailandia en el resto del mundo, donde no es vista más que como un lugar de turismo barato y prostitución por doquier, los tailandeses están absolutamente convencidos de que su país es el non plus ultra de una vida próspera y feliz. Están muy orgullosos de su patria y además creen que su rey es un ser semi divino dedicado en cuerpo y alma a velar por mantener ese nivel de bienestar que consideran haber conseguido. Tailandia en realidad es un país medieval, con una monarquía medieval, y gobernado por unas élites políticas y militares medievales. Si tienes la suerte de pertenecer a ellas, la vida es fantástica, sino puede ser bastante jodida, aunque tampoco creo que mucho más que en cualquier otro país asiático).

Por el momento, en Tailandia, todo me parece excesivamente superficial, en mi superficial mirada de lo que creía iba a ser mucho más turbio e hiriente (en mi inconsciente Bangkok era un lugar peligroso y violento, pero nada más alejado de la realidad) . Venía a Indochina creyendo encontrarme con una curiosa mezcla entre la cultura China y la India pero el grado de occidentalización, mayor aún que el de Japón, hace que me plantee si es este realmente el país en el que pasar los próximos años de mi vida. No lo creo.

 

Publicado el 6 de Junio, 2013, 10:35



Como prácticamente todos los días, llueve torrencialmente sobre Taipei. Las gotas de agua caen como balas sobre los tejados de chapa, y el impacto genera un ruido tan ensordecedor que apenas me permite pensar para escribir este artículo. Nada nuevo, por otro lado, en un día que, sin embargo, sí que tiene algo de especial por tratarse de una efeméride trágica: hoy se cumplen veinticuatro años de los sucesos de la Plaza de Tiananmen en los que, según cifras extraoficiales, murieron unos tres mil ciudadanos chinos a manos del Ejército Popular de Liberación.

1989 fue un año de cambios, final de una década marcada por el hedonismo y la superficialidad, donde lo más importante parecía ser pasárselo bien consumiendo o consumir pasándoselo bien, como reacción a unos años setenta híper politizados, llenos de ira y de violencia. En lo personal, para mí ese año suponía el último que estudiaba en un colegio más o menos elitista, situado en una zona exclusiva a las afueras de Madrid, al que nunca me llegué a adaptar. Recuerdo ese mes de junio de una forma muy especial; adiós definitivo a los compañeros junto a los que había crecido, a unos profesores tan mediocres como intransigentes, y, en definitiva, a tantos momentos amargos en un sitio al que Leopoldo María Panero define tan certeramente en El Desencanto como "una institución penal que a lo que enseña es a olvidar la infancia". Para mí no es más que el lugar en el que por medio del adoctrinamiento y el miedo se da forma a los que, unos cuantos años más tarde, se convertirán en los esclavos del capital. De aquellos años de cambio, para el mundo y para mí, quedaron grabadas, supongo que para siempre, varias imágenes impactantes en mi memoria de preadolescente. Una de esas imágenes es la explosión del Transbordador Espacial Challenger, con sus preciosas volutas de humo blanco formando una Y que parecía que no iba a desvanecerse nunca en el cielo azulísimo de la Florida. Columnas de humo congeladas durante minutos que parecen horas, detenidas para siempre en la estratosfera de mis recuerdos. Otra imagen que recuerdo con la misma claridad como si la hubiese visto ayer, es una que parece pertenecer más a un sueño que a un acontecimiento real: una columna de tanques avanzan por una gran avenida desierta, cuando, de repente, como de la nada, aparece un hombre vestido con pantalón negro y camisa blanca que se coloca en el centro de la calzada para cortarles el paso a los vehículos militares. Contra todo pronóstico, éstos se detienen a escasos centímetros de él, como si poseyera alguna clase de superpoderes. Al hombre, de aspecto oriental por la marcialidad de los movimientos que realiza, nunca se le llega a ver la cara, ya que la cámara toma las imágenes desde atrás y además se encuentra muy alejada. Recuerdo también que la figura de superhéroe, aparte de por la vestimenta demasiado convencional, se veía contrarrestada, y casi anulada, por la cotidianidad que aportaban a la escena las dos bolsas de plástico que el hombre portaba en cada mano, como si hubiese ido a hacer la compra del día pero al volver a casa a prepararse la comida, se hubiese topado de sopetón con los carros avanzando hacia algún destino funesto y, como por instinto, de forma inopinada, algo le hubiese llevado a impedir a toda costa que llegaran a cometer sus fechorías, poniendo su propia vida en juego. Aparte del toque onírico, la escena en sí tiene también un aire extraño, a medio camino entre lo épico y lo cómico; si el tanque se iba hacia un lado, el hombre hacía lo propio, si volvía a la posición inicial, el chino, valiente y decidido, daba unos pasitos en esa dirección para proseguir con el bloqueo, como en una película de Buster Keaton o Harold Lloyd. Así estuvieron un rato (que también parece que dura horas por la incertidumbre del final), jugando a un juego improvisado cuyas reglas fueran desconocidas para ambos contrincantes. Después, el héroe misterioso se encarama al tanque para buscar a sus ocupantes y decirles algo. Los soldados, que no dan crédito a lo que está pasando, le dicen que se aparte, y segundos más tarde llegan otros transeúntes que se lo acaban llevando para evitar que sea detenido y fusilado. Nadie ha vuelto a saber nada de él. Algunos aseguran que tuvo que salir de China a toda prisa hacia el exilio en Estados Unidos, Taiwán o Hong Kong, otros, que ha vivido oculto todos estos años en una granja del centro del país, los más agoreros (y probablemente los más realistas) creen que los Servicios Secretos chinos consiguieron darle caza y lo ejecutaron por haberlos dejado en ridículo delante del mundo entero. Si tuviese que clasificar a China a través de un género cinematográfico, sería algo indefinible a medio camino entre la comedia de enredo y el cine de terror, este episodio es una magnífica muestra de ello. Si alguien no se acuerda o nunca ha visto las imágenes: http://www.youtube.com/watch?v=rOp46PUMnmY. Opino que a los chinos lo que les falta de raciocinio lo tienen de sensibilidad. Son personas con los sentimientos a flor de piel, a las que todo parece afectarles (tocarles los afectos) más que al resto, lo que les lleva en ocasiones a realizar actos tan románticos e inútiles como este.

Como ya he escrito en otros artículos, considero que los chinos tienen una curiosa forma de solucionar los problemas que consiste básicamente en no solucionarlos. Cuando surge un conflicto, las partes implicadas en el mismo optan automáticamente por disimular o mentir impúdicamente para evitar un enfrentamiento directo. No sé si por pura cobardía o simple vagancia, actúan como si no pasara nada, y solamente esperan a que todo se resuelva por sí mismo. Lo malo de esto es que los conflictos tienen el mal hábito de persistir si no se los resuelve, incluso de aumentar, con lo que generalmente lo que comenzó como un problemilla sin demasiada importancia, suele terminar siendo un problemón con consecuencias mucho más graves de lo que parecía en un principio (doy fe de ello por casos que me han ocurrido personalmente). Bajo mi punto de vista, eso es exactamente lo que sucedió en aquel junio sofocante de 1989 en una Beijing efervescente y ávida de cambio. Los hechos ocurrieron más o menos así: a mediados del mes de abril, unos cuantos estudiantes (en China, unos cuantos son unos cien mil) a los que se suman también obreros descontentos con una inflación galopante y una corrupción insoportable (inspirados en parte por los rusos que, tras setenta años de farsa socialista, se habían decidido a desmontar definitivamente la maquinaria de la escasez y la represión mediante conceptos tan exóticos e inéditos para nuestros oídos como Glasnost y Perestroika) se preguntan por qué ellos, los chinos, no van a poder optar a esas promesas de democracia, libertad y transparencia que provienen del país hermano y modelo de la revolución socialista. La juventud es esa época en la que uno no posee aún la sabiduría y el conocimiento de un adulto pero sí la arrogancia del que ya no se sabe un niño. Una etapa de la vida en la que uno cree que puede cambiar el orden de las cosas por la sencilla razón de que desconoce profundamente como éstas funcionan en realidad. Hablando un día sobre este tema con la única persona china con la que he podido mantener una conversación más o menos interesante  en dos años, me dijo que a ella los estudiantes de Tiananmen no le parecían mucho más que una panda de cretinos ingenuos que desconocían en qué consistía realmente la democracia pero en ningún caso unos héroes por la libertad. Creo que no iba tan desencaminada; los estudiantes reclamaban cosas bastante razonables en otros lugares, como libertad de prensa y derechos individuales, pero que en China, por las características tan singulares de sus moradores, ningún gobierno responsable podría ni debería  conceder jamás (podrá sonar fuerte pero es así,  cualquiera que haya vivido en China, sabrá a qué me estoy refiriendo. China se gobierna de la manera en que se gobierna porque en realidad no se puede gobernar de otra forma. Basta ya de análisis etnocentristas y juicios de valor sobre la falta de democracia en este país, la mayoría de ellos realizados además por gente que jamás ha puesto un pie en él y no saben cómo son los chinos, su manera de pensar ni sobre todo de actuar. Un partido único y autoritario como el PCCh es la única vía de gobierno posible en China a día de hoy, lo cual no significa que éste se pueda permitir abusar de su poder ni robarle al pueblo que es lo que lleva haciendo desde que tomó el poder en 1949). Así, los días iban pasando y las reivindicaciones de apertura y transparencia iban ganando adeptos entre la recién estrenada clase media china, y "el problemilla" que suponían varios cientos de estudiantes acampados en una plaza, realizando pacíficamente una huelga de hambre, dispuestos incluso a morir si hacía falta por sus abstractos ideales, debido a la inconsciencia propia de su edad, se fue poco a poco enquistando por la inacción de un gobierno perplejo ante la decisión de los jóvenes y la importancia que empezaban poco a poco a cobrar las protestas en casi todo el país . En cualquier país del mundo (que no se llame México), el asunto se habría solucionado en un par de semanas con no más de algunos heridos o un par de muertos a lo sumo, tras varios días de escaramuzas con la policía, entre chorros de agua a presión, pelotas de goma, y gases lacrimógenos (material antidisturbios y una policía preparada para usarlo que, por aquella época, dudo mucho que China poseyera ya que una revuelta popular era algo inconcebible para unas autoridades a las que les pilló todo con el pie completamente cambiado), como ocurrió en Paris en el 68, donde, con disturbios muchísimo más graves, sólo murió un estudiante y fue porque se tiró al Sena para evitar ser detenido. Sin embargo, el PCCh (con sus "palomas" como Zhao Ziyang o Wen Jiabao, que veían las protestas casi como una chiquillada y que en parte daban la razón a los estudiantes, pero también con sus "halcones" como el Primer Ministro Li Peng, más partidario de la mano dura) decidió resolver el conflicto, en principio grave pero no tanto, a la manera china, es decir, sin hacer nada  hasta que todo volviera a la normalidad por sí solo: En lugar de detener inmediatamente a los líderes (como se habría hecho en cualquier país occidental), se les invitó a ser escuchados y exponer sus demandas a los máximos dirigentes del Partido (para más inri, el debate fue televisado y en él los cabecillas universitarios dejaron en ridículo delante de todo el país a unas autoridades tan provectas como atónitas ante lo que estaban escuchando por parte de los jóvenes, y que se limitaron a reprenderles como se hace con los hijos desobedientes). En ese mismo debate, quedó patente que los estudiantes ni siquiera poseían una agenda política que implementar, sólo unas vagas ideas sobre libertad, derechos civiles y lucha contra la corrupción, que sonaban más bien a cuento de hadas en la dura realidad china. Se les sonrió, se les dio una palmadita en la espalda, y se les permitió seguir ocupando la plaza hasta que ellos decidieran abandonarla de motu propio (es conveniente recordar que bastantes de los estudiantes pertenecían a familias de la aristocracia comunista, razón por la que se fue tan condescendiente con ellos al principio). A partir de ahí, lo que todo el mundo más o menos conoce: al poco tiempo, los estudiantes se percatan de que ninguna de sus demandas va a ser concedida y que las conversaciones mantenidas con los máximos responsables políticos no son más que una estratagema para presentar al Gobierno chino como dialogante ante el resto de una opinión pública mundial que les mira atentamente (en aquellos días visitaba China, en visita oficial, nada menos que Gorbachov, la estrella política del momento, y Beijing estaba tomada por corresponsales extranjeros provenientes de todo el planeta), lo que les hace afirmarse aún más en su lucha, llenarse de odio hacia una autoridad a la que consideran ruin y mentirosa (los medios gubernamentales, mienten constantemente acerca de la naturaleza de las protestas y difama a los manifestantes presentándoles ante el pueblo como desestabilizadores y contrarrevolucionarios a sueldo de los enemigos externos de China, lo cual no era cierto en absoluto) y lo que es peor, a armarse (precariamente, pero armarse) y organizarse para una batalla que para entonces, tras mes y medio de lucha y con los ánimos al rojo vivo, nadie dudaba ya de que sería inevitable. A mediados de mayo, el problemilla no tratado, es ya todo un problemón, pero el Gobierno y el Ejército siguen titubeando en un caos que, una vez más, como casi todo en China, resulta cómico y dramático a partes iguales (como cuando se mandan pelotones de soldados a Tiananmen y se les ordena cantar himnos militares que rivalicen y ensordezcan los cánticos de protesta de los estudiantes). Por fin, la noche del cuatro de junio, con unos estudiantes (y pekineses que llevaban tiempo respaldando a los estudiantes) armados y muy radicalizados (y sobre todo muy envalentonados ante la tibieza y falta de determinación que había mostrado el Gobierno hasta entonces, que les hacía pensar que esta vez el Ejército tampoco se iba a atrever a abrir fuego) reciben en las inmediaciones de la plaza a una columna de camiones, llenos de soldados, a pedradas y palazos y los queman vivos lanzándoles cócteles molotov (las cifras de soldados muertos también fueron bastante elevadas). Los soldados, de unos dieciocho años de edad y sin la más mínima experiencia en esas lides, tremendamente asustados ante una turba tan violenta, comienzan la lluvia de balas contra todo lo que se mueve, cumpliendo así la orden de Ley Marcial que ha ordenado el líder máximo del Partido y de las Fuerzas Armadas, que no es otro que, el ya anciano presidente, Deng Xiaoping, artífice de la apertura económica del país.

En octubre de ese año, yo comencé a estudiar en un instituto público y, por primera vez en tantos años, experimenté en primera persona lo que era eso de la libertad.