arroz con cristales

Publicado el 13 de Marzo, 2014, 14:36



En Corea, a ratos estás en Japón, a ratos en China, pero nunca en Corea. De hecho, yo he llegado a pensar que Corea en realidad no existe, o que es un país tan tímido que se oculta detrás de otros dos.




Publicado el 13 de Marzo, 2014, 14:34

"En tanto nada lo impida, toda cosa en movimiento continuará su trayectoria a velocidad constante"

Principio de inercia. Isaac Newton


En ocasiones me veo a mí mismo como una especie de Sísifo contemporáneo, un Sísifo de la era de la globalización, postmoderno, que, en lugar de empujar una enorme roca, va acarreando todas sus pertenencias en dos grandes maletas negras y pesadas como dos ataúdes con ruedas, y que cuando, como le ocurría al Sísifo del mito, cree haber alcanzado la cima (en mi caso una estabilidad laboral, emocional,…), deshace el camino andado para comenzar de nuevo la ascensión por empinadas cuestas en forma de aeropuertos, trenes, más aeropuertos, aduanas, embajadas, hoteles de mala muerte, hoteles de buena muerte, búsqueda de casa, de amigos, de trabajo, de compañía,… Yo, lejos de considerar esta vida extenuante y peripatética (incluso, patética a secas) como un castigo divino, la considero más bien como una bendición, lo más parecido a la libertad que he sido capaz de proporcionarme hasta la fecha. Para Heidegger eso que él denominaba vida auténtica no consistía en otra cosa que en un constante arrojarse hacia adelante sin saber a ciencia cierta dónde se va a acabar, en lugar de refugiarse en lo impersonal, lo gregario, lo rutinario, como hace casi todo el mundo. Si la única certeza que tenemos es la de la muerte, me cuesta mucho entender el conservadurismo con el que desarrolla su existencia la gran mayoría de la gente. Yo creo que desde el momento en que nacemos ya estamos comenzando a morir, por eso sólo concibo la vida como una constante huída de la muerte, de lo cotidiano. A mí siempre me han parecido mucho más excitantes ciento volando.

Tras un par de meses en la cada vez más absurda y delirante España (un país en el que parece no haber límite para el esperpento, y en el que cada verano alucino más. Una mezcla explosiva de subdesarrollismo, güisquis baratos, atrabiliarismo  y una luz cegadora), regreso a la apacible Taipei para continuar con mis clases en la facultad de arquitectura, pero, al poco tiempo de llegar, me doy cuenta de que camino sobre tierra quemada, y mi ganado demanda pastos más frescos y abundantes. Decidido levantar de nuevo el campamento (un nómada acepta siempre las reglas del juego y sabe que el movimiento es consustancial a su propia experiencia vital) y dejar atrás la acomodada vida de profesor universitario que tantas alegrías me ha proporcionado en este último año (eso de abrirle, aunque sea sólo un poquito, la mente a unos seres a los que jamás se les ha permitido pensar es algo mucho más emocionante y gratificante de lo que habría creído jamás, creo que he encontrado mi vocación docente y además considero que soy un buen profesor). Cuando uno ha optado por el exilio continuado, la permanencia en un lugar ni siquiera se negocia. No me lo pienso mucho (soy veloz cuando tengo hambre o cuando me encuentro en peligro, como un felino), y en menos de setenta y dos horas, renuncio a mi trabajo y dejo a dos amigos muy queridos, y me encuentro casi de golpe metido en un avión rumbo a Tailandia.

 Para no meterme de buenas a primeras en la ajetreada y populosa Bangkok, algo que me consumiría tan rápido como una cerilla empapada en gasolina, decido adentrarme en la cultura thai, por donde es menos cultura y por donde es menos thai, y tras una breve pero intensa escala en Kuala Lumpur, aterrizo en la bella y turística isla de Phuket, paraíso virginal mancillado por la working class australiana y norte europea que acude aquí en masa, principalmente atraída por unos precios que, en temporada de monzón, rozan el ridículo ( la otra razón es obviamente la variedad y cantidad de prostitutas que emigran desde las provincias pobres del norte del país para mantener a sus familias ejerciendo tan noble y poco reconocido oficio. Si las putas tailandesas se cogieran de la mano, darían varias vueltas al planeta, creo que podrían incluso llegar a la luna. La imagen es realmente bella, no lo voy a negar, millones de putas, en bikini por el espacio sideral, uniendo por medio de una cadena humana e ingrávida la Tierra con su satélite).

Nuevamente estoy en el trópico sudasiático, del que, como les sucede a los protagonistas de la película de Buñuel, El ángel exterminador, por alguna desconocida razón no puedo salir, aunque no exista absolutamente nada que de facto me lo impida. Van pasando los meses y los años, y me desespero como le ocurre a ese grupo de aristócratas en las estancias de la lujosa mansión a la que han acudido para pasar una agradable velada, convertida por un enigmático motivo en una cárcel sin rejas ni guardas. Aquí, cada vez me agobia más el calor pegajoso, el sudor que constantemente  se desliza por mi piel, rodando mi cuerpo abajo, cada vez me dan más asco las putas con las caras llenas de polvo blanco y pintarrajeadas infantilmente (curiosamente, ahora he descubierto que tolero a las ratas, me parecen incluso simpáticas, pero las putas me provocan una mezcla de lástima y náuseas), cada vez me repugna más la basura en putrefacción, la ausencia total de higiene y de modales, el olor de la comida callejera, cada vez detesto más la falta de honestidad y claridad de los asiáticos, su falsa amabilidad, imposible de distinguir de la amabilidad verdadera y genuina particular de estos pueblos…Sólo una misteriosa fuerza telúrica me puede tener pegado al trópico como un imán. No quiero acabar como uno de esos alemanes mayores que pasean de la mano de una puta casi niña. Me da miedo que ese sea mi final. A veces creo que no estoy muy cuerdo y deliro; es este puto calor que anula mi pensamiento y me hace imaginarme futuros así de poco conciliadores y probables. Pero aquí todo se acepta, nada se juzga y eso me gusta. A lo mejor no es un final tan malo después de todo. Pienso que jamás podría vivir ya en un occidente absolutamente decadente y miserable.

Como soy un turista que odia el turismo y los lugares turísticos, lo que suelo hacer cuando llego a un sitio como Phuket es básicamente aislarme en mi hotel a leer, escribir y ver películas de directores del país que me ofrezcan una visión un tanto más narrativa del mismo. Intermitentemente, salgo a comer, dar paseos por la playa, ligar con alguna chica aburrida de su vida tropical ( en los trópicos el tiempo pasa mucho más despacio, como en Macondo, y un extranjero siempre es visto como una promesa de aventuras y diversión), y sobre todo observar como los demás turistas disfrutan de sus vacaciones realizando todo el repertorio de horteradas a las que se entregan con verdadera fruición; parejas de veinteañeros rubios que pasean de la mano su amor por una playa idílica semidesierta, ajenos al hecho de que, en aproximadamente cinco años, estarán, sin mirarse siquiera a la cara, delante de un juez, pleiteando por los bienes gananciales y la custodia de sus consentidos y confundidos hijos; ancianos de piel quemada por un sol inmisericorde, en camiseta de tirantes, bebiendo cerveza en un chiringuito, acompañados de sus adolescentes novias thais a las que alimentan como si se tratara de ganado que fueran a presentar a un concurso; chinos que contra todo pronóstico, por primera vez en cientos de generaciones, viajan fuera del Imperio del Centro, para experimentar qué es eso tan ajeno a su cultura como el disfrute de la vida, en lugar de para trabajar hasta la extenuación y ahorrar hasta el último céntimo (sin la menor idea, por cierto, de cómo se tiene que comportar uno cuando se supone que está disfrutando de la vida; ellos se limitan a hacerse fotos que luego subirán a sus Weibos, pero se les ve desorientados ante el paso de un tiempo improductivo, en el que no están ganando dinero o haciendo como que trabajan, algo en lo que son auténticos maestros); mochileros alemanes que tratan a los locales como lo hicieron sus abuelos con los de la Polonia ocupada, con idéntico desprecio y arrogancia, cambiando únicamente los uniformes grises por unas coloridas bermudas y unas chanclas, lo que le da a la escena un aire todavía más siniestro; hijas de la Gran Bretaña, cajeras de un Tesco de alguna ciudad perdida del norte del país, a las que Mallorca se les ha quedado pequeña; rusos antipáticos que salen a comerse el paraíso a golpe de rublo, con el hambre atrasada de los que han pasado demasiados años con las Repúblicas Bálticas como destino más exótico en el que pasar sus vacaciones ( sí, ya sé que tienen el mismo derecho que todos las demás personas a disfrutar del ocio en los rincones más bellos del planeta, pero desde que chinos y rusos han empezado a viajar, no puedo evitar pensar que  el mundo es un lugar mucho más cutre de lo que lo era antes). Decía Pascal que la mayoría de los males les vienen a los hombres por no quedarse en sus casas, y yo no puedo estar más de acuerdo con él. La clase media ha destrozado irreversiblemente las diferentes culturas, empobreciéndolas, cuando no directamente eliminándolas por completo con ese diabólico invento del turismo, lo único que faltaba es que esa clase media se haya incrementado de golpe en varios cientos de millones de personas y, además, personas que no poseen ni la educación más básica. A veces me gustaría vivir muchos años sólo por la curiosidad que me causa ver cómo va a acabar todo este tinglado que hemos montado en el último siglo. Muy bien, intuyo que no puede ser.

Al cabo de una semana, aburrido por tan decrépito panorama, decido tomar un autobús que me lleve hasta Krung Thep, más conocida en el resto del mundo como Bangkok, la Venecia de Asia, como la denominan algunos ( curiosamente, nunca he escuchado a nadie llamar a Venecia la Bangkok de Europa, a partir de ahora me voy a referir así a la bella ciudad del Véneto a la que por cierto acabo de volver, y una vez más me ha vuelto a cautivar; la ciudad más bonita del mundo, sin la menor duda). Puede que sea porque llevo ya mucha Asia sobre mis espaldas, pero la capital del Reino no me dice casi nada. Como Shanghai, me parece la típica mega urbe asiática sin demasiada gracia. Una ciudad que seguramente hace treinta años tenía su interés pero a la que la globalización se ha llevado por delante, para convertirla en lo que Rem koolhaas ha denominado como una ciudad genérica: rascacielos, centros comerciales, autopistas elevadas, pero ni rastro de seña alguna de identidad. Bangkok no tiene la magia de Manila (magia que no se percibe hasta pasados unos días en ella) o el encanto de Hanoi. Aquí no hay bullicio, sólo tráfico y muchedumbres que se desplazan y compran. La gente viste como en Tokyo, Hong Kong o Singapur. Demasiada exclusividad en un país pobre pero completamente pagado de sí mismo, demasiado contento de haberse conocido, (aunque parezca increíble por la insignificancia de Tailandia en el resto del mundo, donde no es vista más que como un lugar de turismo barato y prostitución por doquier, los tailandeses están absolutamente convencidos de que su país es el non plus ultra de una vida próspera y feliz. Están muy orgullosos de su patria y además creen que su rey es un ser semi divino dedicado en cuerpo y alma a velar por mantener ese nivel de bienestar que consideran haber conseguido. Tailandia en realidad es un país medieval, con una monarquía medieval, y gobernado por unas élites políticas y militares medievales. Si tienes la suerte de pertenecer a ellas, la vida es fantástica, sino puede ser bastante jodida, aunque tampoco creo que mucho más que en cualquier otro país asiático).

Por el momento, en Tailandia, todo me parece excesivamente superficial, en mi superficial mirada de lo que creía iba a ser mucho más turbio e hiriente (en mi inconsciente Bangkok era un lugar peligroso y violento, pero nada más alejado de la realidad) . Venía a Indochina creyendo encontrarme con una curiosa mezcla entre la cultura China y la India pero el grado de occidentalización, mayor aún que el de Japón, hace que me plantee si es este realmente el país en el que pasar los próximos años de mi vida. No lo creo.

 

Publicado el 6 de Junio, 2013, 10:35



Como prácticamente todos los días, llueve torrencialmente sobre Taipei. Las gotas de agua caen como balas sobre los tejados de chapa, y el impacto genera un ruido tan ensordecedor que apenas me permite pensar para escribir este artículo. Nada nuevo, por otro lado, en un día que, sin embargo, sí que tiene algo de especial por tratarse de una efeméride trágica: hoy se cumplen veinticuatro años de los sucesos de la Plaza de Tiananmen en los que, según cifras extraoficiales, murieron unos tres mil estudiantes chinos a manos del Ejército Popular de Liberación.

1989, fue un año de cambios, final de una década marcada por el hedonismo y la superficialidad, donde lo más importante parecía ser pasárselo bien consumiendo o consumir pasándoselo bien, como reacción a unos años setenta híper politizados, llenos de ira y de violencia. En lo personal, para mí, ese año, suponía el último que estudiaba en un colegio más o menos elitista, situado en una zona exclusiva a las afueras de Madrid, al que nunca me llegué a adaptar (pasaba casi todo el tiempo en la enfermería con una monja francesa que me hacía manzanilla para aliviar mis dolores de estómago fingidos, hasta que mi madre me venía a buscar). Recuerdo ese mes de junio de una forma muy especial; adiós definitivo a los compañeros junto a los que había crecido, a unos profesores tan mediocres como intransigentes, y, en definitiva, a tantos momentos amargos en un lugar que Leopoldo María Panero define tan certeramente en El Desencanto como "una institución penal que a lo que enseña es a olvidar la infancia". De aquellos años de cambio, para el mundo y para mí, quedaron grabadas, supongo que para siempre, varias imágenes impactantes en mi memoria de preadolescente. Una de esas imágenes es la explosión del Transbordador Espacial Challenger, con sus preciosas volutas de humo blanco formando una Y que parecía que no iba a desvanecerse nunca en el cielo azulísimo de la Florida. Columnas de humo congeladas durante minutos que parecen horas, detenidas para siempre en la estratosfera de mis recuerdos. El recuerdo de todos en la casa de Zarzalejo con la respiración cortada ante la magnitud de una tragedia que observábamos en directo a través del televisor, en "tiempo real", como se diría ahora (¿existirá alguna clase de tiempo que sea irreal?). Otra imagen que recuerdo con la misma claridad como si la hubiese visto ayer, es una que parece pertenecer más a un sueño que a un acontecimiento real: una columna de tanques avanzan por una gran avenida desierta, cuando, de repente, como de la nada, aparece un hombre vestido con pantalón negro y camisa blanca que se coloca en el centro de la calzada para cortarles el paso a los vehículos militares. Contra todo pronóstico, éstos se detienen a escasos centímetros de él, como si poseyera alguna clase de súper poderes. Al hombre, de aspecto oriental por la marcialidad de los movimientos que realiza, nunca se le llega a ver la cara, ya que la cámara toma las imágenes desde atrás y además se encuentra muy alejada. Recuerdo también que la figura de súper héroe, aparte de por la vestimenta demasiado convencional, se veía contrarrestada, y casi anulada, por la cotidianidad que aportaban a la escena las dos bolsas de plástico que el hombre portaba en cada mano, como si hubiese ido a hacer la compra del día y, al volver a casa a prepararse la comida, se hubiese topado de sopetón con los carros avanzando hacia algún destino funesto y, como por instinto, de forma inopinada, algo le hubiese llevado a impedir a toda costa que llegaran a cometer sus fechorías, poniendo su propia vida en juego para que así fuera. Aparte del toque onírico, la escena en sí tiene también un aire extraño, a medio camino entre lo heroico y lo cómico; si el tanque se iba hacia un lado, el hombre hacía lo propio, si volvía a la posición inicial, el chino, valiente y decidido, daba unos pasitos en esa dirección para proseguir con el bloqueo, como en una película de Buster Keaton o Harold Lloyd. Así estuvieron un rato (que también parece que dura horas por la incertidumbre del final), jugando a un juego improvisado cuyas reglas fueran desconocidas para ambos contrincantes. Después, el héroe misterioso, se encarama al tanque para buscar a sus ocupantes y decirles algo. Los soldados, que no dan crédito a lo que está pasando, le dicen que se aparte, y segundos más tarde, llegan otros transeúntes que se lo acaban llevando para evitar que sea detenido y fusilado. Nadie ha vuelto a saber nada de él. Algunos aseguran que tuvo que salir de China a toda prisa hacia el exilio en Estados Unidos, Taiwán o Hong Kong, otros, que ha vivido oculto todos estos años en una granja del centro del país, otros, los más agoreros y probablemente los más realistas, que los Servicios Secretos chinos, consiguieron darle caza y lo ejecutaron por haberlos dejado en ridículo delante del mundo entero ( en realidad, casi todo lo que ocurre en China es bastante ridículo, con lo que no entiendo a que vendría un escarmiento tan severo). Si tuviese que clasificar a China a través de un género cinematográfico, sería algo indefinible a medio camino entre la comedia de enredo y el cine de terror, este episodio es una magnífica muestra de ello. Si alguien no se acuerda o nunca ha visto las imágenes: http://www.youtube.com/watch?v=rOp46PUMnmY. A los chinos lo que les falta de raciocinio (que francamente es mucho) lo tienen de sensibilidad. Son personas con los sentimientos a flor de piel, a las que todo parece afectarles (tocarles los afectos) más que al resto, lo que les lleva, en ocasiones, a realizar actos tan bellos y descabellados como este.

Como he escrito en otros artículos (pido perdón si me repito más de lo necesario), los chinos tienen una curiosa forma de solucionar los problemas, que consiste básicamente en no solucionarlos. Cuando surge un conflicto, las partes implicadas en el mismo optan automáticamente por disimular o mentir impúdicamente para evitar un enfrentamiento directo. No sé si por pura cobardía o simplemente vagancia, actúan como si no pasara nada, y solamente esperan a que todo se resuelva por sí mismo. Lo malo de esto, es que los conflictos tienen el mal hábito de persistir si no se los resuelve, incluso de aumentar, con lo que, generalmente, lo que comenzó como un problemilla sin demasiada importancia, suele terminar siendo un problemón con consecuencias mucho más graves de lo que parecía en un principio (doy fe de ello, por casos que me han ocurrido personalmente). Bajo mi punto de vista, eso es exactamente lo que sucedió en aquel junio sofocante de 1989 en una Beijing efervescente y ávida de cambio. Los hechos ocurrieron más o menos así: a mediados del mes de abril, unos cuantos estudiantes (en China, unos cuantos son unos cien mil) a los que se suman también obreros descontentos con una inflación galopante y una corrupción insoportable, inspirados por los rusos que, tras setenta años de farsa socialista, se habían decidido a desmontar definitivamente la maquinaria de la escasez y la represión, a través de conceptos tan exóticos e inéditos para nuestros oídos como Glasnost y Perestroika , se preguntan por qué ellos, los chinos, no van a poder optar a esas promesas de libertad y transparencia que provienen del país hermano. La juventud es esa época en la que uno no posee aún la sabiduría y el conocimiento de un adulto pero sí la arrogancia del que ya no se sabe un niño. Una etapa de la vida en la que uno cree que puede cambiar el orden de las cosas por la sencilla razón de que desconoce profundamente como éstas funcionan en realidad. Hablando un día sobre este tema con la única persona china con la que he podido mantener una conversación más o menos interesante  en dos años, me dijo que a ella los estudiantes de Tiananmen no le parecían mucho más que una panda de cretinos ingenuos y, en ningún caso, unos héroes por la libertad. Creo que no iba tan desencaminada; los estudiantes reclamaban cosas bastante razonables en otros lugares, como libertad de prensa y derechos individuales, pero que en China, por las características tan singulares de sus moradores, ningún gobierno responsable podría ni debería  conceder jamás (podrá sonar fuerte pero es así y cualquiera que haya vivido en China, sabrá a qué me estoy refiriendo. China se gobierna de la manera en que se gobierna porque en realidad no se puede gobernar de otra forma. Basta ya de análisis etnocentristas y juicios de valor sobre la falta de democracia en este país, la mayoría de ellos realizados además por gente que jamás ha puesto un pie en él y no saben cómo son los chinos, su manera de pensar ni sobre todo de actuar. Un partido único y autoritario como el PCCh es la única vía de gobierno que es posible en China a día de hoy, lo cual no significa que éste se pueda permitir abusar de su poder ni robarle al pueblo). Así, los días iban pasando, y las reivindicaciones de apertura y transparencia iban ganando adeptos entre la recién estrenada clase media china, y "el problemilla" que suponían varios cientos de estudiantes acampados en una plaza, realizando pacíficamente una huelga de hambre, dispuestos incluso a morir si hacía falta, debido a la inconsciencia propia de su edad, se fue poco a poco enquistando por la inacción de un gobierno perplejo ante la decisión de los jóvenes y la importancia que empezaban, poco a poco, a cobrar las protestas . En cualquier país del mundo (que no se llame México), el asunto se habría solucionado en un par de semanas con no más de algunos heridos o un par de muertos a lo sumo, tras varios días de escaramuzas con la policía, entre chorros de agua a presión, pelotas de goma, y gases lacrimógenos (material antidisturbios y una policía preparada para usarlo que, por aquella época, dudo mucho que China poseyera ya que una revuelta popular era algo inconcebible para unas las autoridades a las que les pilló todo con el pie completamente cambiado), como ocurrió en Paris en el 68, donde con disturbios muchísimo más graves, sólo murió un estudiante y fue porque se tiró al Sena para evitar ser detenido, y en él se ahogó. Sin embargo, el PCCh (con sus "palomas" como Zhao Ziyang o Wen Jiabao, que veían las protestas casi como una chiquillada y que en parte daban la razón a los estudiantes, pero también con sus "halcones" como Li Peng, más partidario de la mano dura) decidió resolver el conflicto, en principio grave pero no tanto, a la manera china, es decir, sin hacer nada  hasta que todo volviera a la normalidad por sí solo: En lugar de detener inmediatamente a los líderes (como se habría hecho en cualquier país occidental), se les invitó a ser escuchados y exponer sus demandas a los máximos dirigentes del Partido (para más inri, el debate fue televisado y en él los cabecillas universitarios dejaron en ridículo delante de todo el país a unas autoridades tan provectas como atónitas ante lo que estaban escuchando por parte de los jóvenes. En ese mismo debate, quedó patente que los estudiantes ni siquiera poseían una agenda política que implementar, sólo unas vagas ideas sobre libertad, derechos civiles y lucha contra la corrupción, que sonaban más bien a cuento de hadas en la dura realidad china), se les sonrió, se les dio una palmadita en la espalda, y se les permitió seguir ocupando la plaza hasta que ellos decidieran abandonarla de motu propio (es conveniente recordar que bastantes de los estudiantes pertenecían a familias de la aristocracia comunista, razón por la que se fue tan condescendiente con ellos al principio). A partir de ahí, lo que todo el mundo más o menos conoce: al poco tiempo, los estudiantes se percatan de que ninguna de sus demandas va a ser concedida y que las conversaciones mantenidas con los máximos responsables políticos no son más que una estratagema para presentar al Gobierno chino como dialogante ante el resto de una opinión pública mundial que les mira atentamente (en aquellos días visitaba China, en visita oficial, nada menos que Gorbachov, la estrella política del momento, y Beijing estaba tomada por corresponsales extranjeros provenientes de todo el planeta), lo que les hace afirmarse aún más en su lucha, llenarse de odio hacia una autoridad a la que consideran ruin y mentirosa (los medios gubernamentales, mienten constantemente acerca de la naturaleza de las protestas y difama a los manifestantes presentándoles ante el pueblo como desestabilizadores y contrarrevolucionarios a sueldo de los enemigos externos de China, lo cual no era cierto en absoluto) y lo que es peor, a armarse (precariamente pero armarse) y organizarse para una batalla que para entonces, tras mes y medio de lucha y con los ánimos al rojo vivo, nadie dudaba ya de que sería inevitable. A mediados de mayo, el problemilla no tratado, es ya un problemón, pero el Gobierno y el Ejército siguen titubeando en un caos que, una vez más, como casi todo en China, resulta cómico y dramático a partes iguales (como cuando se mandan pelotones de soldados a Tiananmen y se les ordena cantar himnos militares que rivalicen y ensordezcan los cánticos de protesta de los estudiantes). Por fin, la noche del cuatro de junio, con unos estudiantes (y pekineses que se suman a la movida en el último momento en los suburbios de la capital) armados y muy radicalizados ( y sobre todo muy envalentonados ante la tibieza y falta de determinación que había mostrado el Gobierno hasta entonces, que les hacía pensar que esta vez el Ejército tampoco se iba a atrever a abrir fuego) reciben en las inmediaciones de la plaza a una columna de camiones llenos de soldados a pedradas y palazos, y los queman vivos lanzándoles cócteles molotov (las cifras de soldados muertos también fueron bastante elevadas). Los soldados, de unos dieciocho años de edad y sin la más mínima experiencia en esas lides, tremendamente asustados ante una turba tan violenta, comienzan la lluvia de balas contra todo lo que se mueve, cumpliendo así la orden de ley marcial que les ha dado el líder máximo del Partido y de las Fuerzas Armadas, que no es otro que, el ya anciano presidente, Deng Xiao Ping, artífice de la apertura económica del país.

En octubre de ese año, yo comencé a estudiar en un instituto público y, por primera vez en tantos años, experimenté en primera persona lo que era eso de la libertad.


Publicado el 20 de Mayo, 2013, 13:04



"Allí donde el mundo real se transforma en simples imágenes, las simples imágenes se convierten en reales"

La sociedad del espectáculo. Guy Debord


La arquitectura ha sido y continúa siendo la gran ramera del poder. Todas las potencias que en algún momento de la historia han gobernado el mundo, sin excepción, del Imperio Romano al norteamericano, pasando por el Tercer Reich, la han puesto una y otra vez de rodillas, a su servicio para que simbolizara su poderío y, de paso, tratara de mejorar engañosamente la imagen de una realidad menos espectacular de lo esperado, exactamente igual que han hecho con otras manifestaciones artísticas como el cine. Existen ríos de tinta escritos sobre la relación entre cine y propaganda pero curiosamente no hay demasiado estudiado sobre la arquitectura usada con estos fines predicadores y de autopromoción de una sociedad determinada.

Antes de vivir en China, mi idea sobre la situación actual que tenía del país era, en gran medida, gracias a los edificios que allí construían algunos de los arquitectos que más admiro, en especial, los realizados para los Juegos Olímpicos de 2008 y la Expo de Shanghai 2010. En mi imaginación, mediatizada por las revistas especializadas, que devoraba cuando era estudiante, daba por hecho que la nueva China debía de ser un país rico y desarrollado: "Tienen que estar al mismo nivel que Japón, si no ¿cómo es posible que sean capaces de estar haciendo una arquitectura tan avanzada?" recuerdo que pensaba con tremenda ingenuidad. Una vez allí, me percaté de la burda maniobra llevada a cabo por el Gobierno chino, consistente en gastar ingentes cantidades de su PIB en edificios e infraestructuras capaces de transmitir al resto del mundo una imagen epatante y espectucular que comunique la idea de un desarrollo económico y sobre todo de un bienestar social que, de momento, no existe o, al menos, no es tan generalizado como se nos quiere hacer creer. Si la Unión Soviética se lo gastaba en fabricar cohetes espaciales y misiles, los chinos, una vez que la Guerra Fría ha terminado, hacen lo propio con rascacielos, puentes y aeropuertos; la arquitectura (mejor dicho, la creación de imágenes arquitectónicas, que no es exactamente lo mismo) como el nuevo arma de la sociedad postcapitalista y, por enésima vez, los arquitectos en su triste papel de escort de lujo de un poder insensible a las verdaderas necesidades de la gente.

 Lo que hace tan interesante la experiencia de vivir en China es ese caracter tan contradictorio que traspasa al país en todos los ámbitos, también (o sobre todo) en el económico: China es el segundo país con el PIB más alto del mundo pero el centésimo en cuanto a renta per cápita de sus ciudadanos. Si a eso sumamos que la riqueza se distribuye de manera muy poco equitativa, podemos asegurar que éste se trata de un país inmensamente rico en el la mayoría de la gente que lo habita es muy pobre. Eso se percibe muy a las claras en el contraste que se genera entre los chinos de a pie y el decorado arquitectónico (casi siempre diseñado por arquitectos occidentales o burdas copias Made in China) en el que desarrollan sus desesperanzadas vidas: terminales de aeropuertos que podrían muy bien encontrarse en Frankfurt o Atlanta, en las que desembarcan campesinos con los trajes raídos y la cara quemada por el sol, llevando a cuestas enormes cajas de cartón o los característicos bolsones de plástico azul, rojo y blanco, y escupiendo sobre las cintas transportadoras que los conducen por un mundo de acero y cristal que les resulta tan ajeno como amenazante.  

 

Recuerdo que viviendo en Shenzhen, punta de lanza de la China capitalista diseñada por Deng Xiao Ping, cada mañana, al despertar y descorrer la cortina de mi habitación, lo primero que aparecía ante mi vista todavía somnolienta era el imponente edificio que albergará la sede de la bolsa de esa ciudad, todavía en construcción, obra de uno de mis gurús, el arquitecto holandés Rem Koolhaas. Un edificio tan poco conservador que  me cuesta imaginar en ningún otro lugar del mundo que no sea en Asia. Un día normal, cotidiano, ahí estaba yo, observándolo incrédulo desde mi apartamento, bebiendo la primera taza de café del día, frente a frente con la vanguardia arquitectónica, asistiendo en primera persona a la construcción de algo que más tarde pasará a formar parte de la historia del arte, mientras contemplaba hipnotizado los inverosímiles voladizos de un podio gigantesco que flota misteriosamente en el aire a cuarenta metros del suelo. Con identica perplejidad y sensación de irrealidad recuerdo las condiciones de insalubridad en que vivían la mayoría  de mis compañeros de trabajo y amigos, el asco que me habían producido sus casas cuando amablemente me habían invitado a cenar en ellas, el olor de las cloacas próximas que se abrían al cielo sin estrellas de una noche amarilla, la falta de aire puro recorriendo unos callejones sofocantes, la putrefacción, el hacinamiento, el barro eterno en unas calles sin aceras ni drenajes, la escasez cristalizada en edificios ruinosos,…

La estrategia del PCCh en este sentido está bastante clara: gastar enormes cantidades de dinero publico (en China, la inversión privada se suele realizar de manera mixta con el Estado, propietario único del suelo) en construir museos de la nada, centros comerciales de marca, y demás edificios espectaculares con un escaso o nulo valor social, pero con una presencia asegurada en los medios de comunicación de medio mundo (del medio que interesa) en lugar de dedicarlo a construir vivienda pública de calidad y barata o servicios básicos dignos como hospitales más o menos decentes. En la China actual, en lo que respecta a la toma de decisiones concernientes al desarrollo urbanístico del país, el único valor que prevalece es el impacto de la imagen producida y no el beneficio que pueda redundar sobre la mayoría de la población. Por ejemplo, se sustituye la actual red de ferrocarril, que es funcional y económica, por líneas de alta velocidad con preciosos trenes que la gran mayoría de los chinos no pueden ni soñar con tomar debido al altísimo precio de los billetes, resultado: los millones de chinos que antes viajaban en tren, ahora lo han de hacer en autobús. también se construyen infraestructuras tan gigantescas como innecesarias, cuyo uso además cuesta un dinero que no todo el mundo puede pagar (recuerdo que para ir de Shenzhen a Guangzhou, separadas a una hora y pico por autopista, había que pasar como unos cinco peajes). O se expulsa de sus casas a los moradores que las han habitado por generaciones para construir gigantescas torres de apartamentos que en la mayoría de los casos permanecen vacías por falta de compradores con recursos y por la falta de crédito (se estima que, a día de hoy, existen sesenta y cuatro millones de viviendas nuevas completamente vacías pero todas ellas vendidas, eso sí, a inversores ricos que prefieren retenerlas antes de bajar los precios). Todas estas operaciones se realizan con tres objetivos claros: El primer objetivo consiste en continuar engordando ficticiamente el PIB del país a través del gran motor económico que supone la construcción (creo que los chinos deberían aprender de los españoles y darse cuenta de adónde conducen al final esas políticas pseudoexpansivas, por otro lado, tan difíciles de frenar). El segundo motivo es el enriquecimiento de los clanes que controlan la economía de capitalismo de Estado que se lleva a cabo hoy en China, y cuyo ejemplo más flagrante sería la realización de la Presa de las Tres Gargantas con cuya construcción se han hecho multimillonarias varias familias de la aristocracia "comunista" bien conocidas por todos los chinos. La tercera razón, y no menos importante, puede que incluso la que más, es la de dejar ver al mundo de lo que es capaz la nación que aspira a gobernarlo hegemónicamente, supongo que para atraer así inversores extranjeros,  afianzarse como segunda potencia económica mundial y dar el paso en la conquista por el primer puesto de ese ranking tan ansiado. Mientras todo esto sucede y el país entero es como una inmensa obra (disculpen las molestias), la mayoría de los chinos (muchos menos que hace unos años, sería injusto no decirlo, pero todavía demasiados) viven en unas condiciones de verdera indignidad y carencia en medio de unas imágenes edificio que les resultan tan deslumbrantes como inservibles y carentes de significado.

http://www.dezeen.com/2012/11/15/galaxy-soho-by-zaha-hadid-architects-photographed-by-hufton-crow/


Publicado el 14 de Abril, 2013, 18:06



Anoche, por fin, logré reunir el valor suficiente para tragarme las más de tres horas que dura el panfleto que, en 1972, Michelangelo Antonioni realizó sobre la China de Mao. El documental no sólo es tedioso por su ritmo exagerada (e innecesariamente) lento, sino que, como me esperaba, produce verdadero sonrojo por su acriticismo y la forma infantiloide en que se alaban los logros de un régimen, por otro lado, terriblemente injusto y cruel. El insigne realizador italiano, completamente entregado a la causa de la "Revolución Cultural" (como muchos otros intelectuales europeos que, por aquellas mismas fechas, buscando una alternativa al estalinismo, salieron de Málaga para meterse en Malagón), no se cansa de recordarnos machaconamente los brutales métodos utilizados por los emperadores y señores feudales para someter al campesinado chino, y nos retrata a este pueblo, una vez liberado por Mao Zedong, como feliz en su austeridad (en ocasiones utiliza directamente la palabra "pobreza", pero sólo cuando no le queda más remedio por la obviedad del subdesarrollo que se presenta ante su cámara). Por supuesto, en su periplo milimétricamente diseñado por las autoridades chinas, no se muestran los siniestros centros de reeducación mediante el trabajo, ni se dice que la universidad llevaba cerrada desde hacía seis años por considerarla un centro de adoctrinamiento burgués, ni que sólo diez años antes los mismos sonrientes trabajadores que aparecen comprando alimentos en un mercado abarrotado de alimentos (seguramente hiper abastecido para la ocasión), se habían visto obligados a comerse los cadáveres de sus familiares para no morir de hambre como consecuencia de una delirante política económica denominada "Gran salto hacia adelante" que sumió al país en una hambruna atroz. Cada localización que se muestra en la película ha sido perfectamente seleccionada (no por Antonioni, sino por el Gobierno chino, claro está) para ofrecer una imagen de postal (en ocasiones, los personajes parecen más bien figurantes que realizaran tareas ajenas a su vida cotidiana por exigencia del guión, especialmente cuando visitan una aldea colectivizada) en la que la masa obrera y campesina vive, trabaja y se divierte, como se muestra hoy en día en los tours organizados que el Gobierno norcoreano realiza para los periodistas extranjeros (en aquellos años, China era una gigantesca Corea del Norte, igual de cerrada y represiva). Aun así, durante el rodaje ocurren algunos "imprevistos" (como cuando se topan casualmente con un mercado negro rural, en el que los campesinos venden clandestinamente enseres y alimentos que supuestamente no les pertenecen) en los que se puede ver cómo era la dura realidad. Una realidad en la que los liberados y felices proletarios chinos tratan de derrotar el hambre y la escasez como buenamente pueden, a hurtadillas de un Estado omnipresente. Las caras de miedo cuando les filma un grupo de lao wai acompañados por comisarios políticos del Partido haciendo algo que saben que no está permitido son un auténtico poema. El documental es tan ridículo que no me merece más comentarios, sin embargo, me alegro de haberlo visto porque me ha llevado a reflexionar sobre los sistemas económicos y de organización del trabajo que se han puesto en práctica durante el siglo XX.

Durante el pasado siglo, un sólo fantasma recorrió Europa (y el resto del mundo), el fantasma del capitalismo; un sistema económico basado principalmente en la explotación de la clase obrera y en el saqueo de unos pueblos sobre otros por medio del imperialismo. El capitalismo puede ser de dos tipos: Por un lado tenemos el capitalismo clásico, liberal, creado en el siglo XVI y modernizado en el XVIII por economistas como Smith o Ricardo. En este tipo de capitalismo, en el que cada Estado puede ser más o menos proteccionista y en el que la producción de mercancías y su comercialización puede estar más o menos regulada por él, se permite la propiedad individual y la iniciativa privada. Por el otro, tenemos un tipo de capitalismo que se puso en práctica en diferentes países del mundo durante el siglo XX y que, aún hoy, continúa de forma residual en algunos otros como Cuba o Corea del Norte, me refiero al capitalismo de Estado; en este tipo de capitalismo, la propiedad privada por parte de los individuos no está permitida ya que ese derecho se lo arrogan los monopolios estatales y la clase dirigente que detenta el poder. Los trabajadores en lugar de vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario con el que pagar unos impuestos para recibir unos servicios públicos que satisfagan sus necesidades y las de su familia (salud, educación, seguridad,…), como sucede en el capitalismo liberal, lo hacen directamente a cambio de esos servicios más un salario prácticamente simbólico.

En el primer tipo de capitalismo, el liberal, las reglas del juego están claras y funciona debido a un acuerdo (pacto social) entre los que poseen los medios de producción y los que operan dichos medios, es decir los trabajadores. Cada parte tratará de que las condiciones de ese acuerdo sean lo más ventajosas para sus intereses. La mayor parte de la plusvalía generada por los trabajadores, una vez que se les ha pagado un salario (que en la mayoría de los casos sólo les permite sobrevivir) y los dueños de los medios de producción se han repartido las ganancias asignadas, se destina a reinvertir en la mejora de dichos medios con el fin de mejorar la producción y hacer a la empresa en cuestión más competitiva. La competición es el principio vertebrador de este sistema, y la reproducción del capital ad infinitum su máxima vital. El espectáculo y la publicidad sus armas de seducción, y las que hacen que se perpetúe en el tiempo, mediante la generación de deseo por parte de los trabajadores hacia las mercancías que producen; producción y consumo se retroalimentan en un ciclo imparable. En la actualidad, las grandes corporaciones mercantiles han secuestrado al poder político y lo han hecho su súbdito, lo público (como el ejército) se ha puesto al servicio de lo privado. La guerra imperialista es la consecuencia lógica de un modelo en el que los intereses económicos de unos países colisionan sistemáticamente con los de otros, principalmente por la escasez de los recursos naturales.

En el segundo tipo de capitalismo, el de Estado, para conseguir que la clase obrera fabrique mercancías prácticamente gratis, es imprescindible el engaño directo de la misma: hacer creer a los que manejan los medios de producción que esos medios y los recursos naturales del país son suyos. Este engaño se lleva a cabo mediante la propaganda artística en un primer estadío (la película "La sexta parte del mundo", del director ruso Dziga Vertov, sería un magnífico ejemplo de ello), y directamente a la represión cuando la primera deja de ser efectiva. En esta clase de capitalismo, la plusvalía generada gracias al trabajo ejercido por clase obrera no se utiliza para mejorar la producción (al tratarse las empresas de monopolios estatales, no hay nadie con quién competir), y mucho menos repartirla  entre los trabajadores o al menos mejorar los servicios (por lo general muy deficitarios) que se les da como pago por su trabajo. Una clase dirigente formada por militares, burócratas y tecnócratas, decide el modo de repartición del beneficio (las mayores partidas se las suele llevar la seguridad del Estado a través del ejército, con el fin de proteger a esa nueva casta dirigente de los enemigos externos e internos). En teoría, según sus creadores, los economistas alemanes Engels y Marx, esta primera etapa de capitalismo de Estado, a la que ellos bautizaron con el muy revolucionario nombre de "Dictadura del proletariado",  era absolutamente necesaria, pero debía suponer una mera transición en el proceso de conversión del capitalismo liberal en un sistema completamente colectivista y novedoso en el que los medios de producción y los servicios pasarían de forma real, y no meramente nominal, a ser propiedad de los trabajadores. A este sistema, lo denominaron "Comunismo" a finales del siglo XIX y, hasta la fecha, que yo sepa, sigue inédito, al menos a gran escala, si bien han existido experimentos más o menos focalizados y temporales como los Kibutz israelíes.

A parte de las diferencias en cuanto a la prohibición o no de la propiedad privada y de la forma de retribución a los trabajadores por su trabajo, que acabo de explicar, la segunda diferencia entre ambos tipos de capitalismo es que, en el capitalismo clásico, las fuerzas económicas son tratadas mediante procedimientos exclusivamente económicos (leyes de mercado), mientras que en el segundo tipo, dichas fuerzas se planifican teniendo en cuenta no sólo aspectos económicos sino también políticos, lo que hace al sistema poco funcional para una óptima producción. En este tipo de capitalismo, el potencial de la clase trabajadora se desarrolla por debajo de sus posibilidades; mediante la injerencia del Estado, se genera subdesarrollo de forma consciente, como se puede apreciar perfectamente en el documental de Antonioni.  China, en la actualidad, tras certificar un nulo crecimiento económico durante las décadas que estuvo en vigencia su capitalismo de Estado, ha optado por un sistema económico híbrido entre ambos tipos, en el que se fomenta la iniciativa privada dentro de una economía planificada por el Estado central, y en la que la clase obrera no goza de los derechos de los que gozan los trabajadores de los países con un sistema de capitalismo clásico, lo que ha aumentado espectacularmente su productividad y le ha permitido un verdadero despegue económico que en ningún caso redundará (o lo hará muy parcialmente) en los verdaderos artífices del milagro, los obreros.

Aunque casi siempre se presente a ambos tipos de capitalismo como sistemas antagónicos, la realidad es que las coincidencias entre ambos, de la que la más importante es la explotación de la clase proletaria, son tan numerosas que no es extraño que se pueda pasar de un tipo a otro en un brevísimo lapso de tiempo (caso de la URSS y países satélites), o combinar ambos tipos (caso de China, Vietnam, Laos, Birmania…).



Publicado el 1 de Abril, 2013, 9:53



"Li ha prometido que el Gobierno responderá a las demandas de la gente, reducirá las grandes diferencias sociales, proporcionará mejor cobertura sanitaria, luchará contra la corrupción, hará frente a la degradación medioambiental y reformará en profundidad el modelo económico"

Las palabras arriba escritas están extraídas de la noticia que da cuenta de las primeras declaraciones, en rueda de prensa, del que será el primer ministro chino Li Keqiang durante los próximos diez años, publicada por el diario EL PAIS el 18 de Marzo de 2013 

Si bien, como ya apuntó Ortega y Gasset, la política consiste en el arte de saber mentir, lo que diferencia a China del resto del mundo es que en la cultura china la mentira está socialmente aceptada como medio para garantizar la paz y la harmonía social.

En China, es muy frecuente que una persona halague a otra diciéndole algo que no siente o piensa (puede que incluso lo contrario de lo que sienta o piense), para conseguir algún tipo de beneficio de ella, sin que eso genere nada parecido a esa repugnante actitud a la que los occidentales llamamos hipocresía. El halagador sabe que está mintiendo, el halagado sabe que le están mintiendo, pero los dos sonríen felices. Como he explicado en otras ocasiones, en la forma de pensar de los chinos, la frontera entre lo verdadero y lo falso es algo difuso y maleable.

Cuando surge un problema, en cualquier ámbito de la vida, el chino (cobarde por naturaleza) en lugar de reconocerlo y tratar de solventarlo (lo que posiblemente generaría roce, malestar o un conflicto entre las partes), recurre inmediatamente a la mentira, al disimule, incluso a las buenas voluntades, a las caras sonrientes, a las falsas promesas, puede que también al halago o al regalo gratuito (otra característica natural del chino, seguramente derivada de la anterior, es la lambisconería), con lo cual, lo único que consigue es que el problema se acreciente, el roce y el malestar entre las dos partes vayan progresivamente en aumento, y al final el conflicto sea prácticamente inevitable y de mayores dimensiones.

El Primer Ministro Li ha prometido cambios radicales en China para solventar los graves problemas a los que se enfrentará el país durante los años por venir; el PCCh se va a tomar muy en serio problemas como la corrupción, la injusticia social, o el maltrato al medioambiente, ha dicho. Él sabe que está mintiendo a su pueblo, los chinos saben que sus dirigentes harán poco o nada al respecto. Todos sonreirán felices durante los próximos diez años. Unos más que otros, claro.


Publicado el 15 de Marzo, 2013, 14:03



Para Jose e Ignacio, por los días de Berlín.

Que el mundo en que nos ha tocado vivir es como un enorme parque temático de tamaño planetario es algo tan evidente que considero innecesarias las argumentaciones al respecto. Viajamos como notarios, que certifican que los lugares que nos presentan los medios de comunicación a través de documentales, revistas, guías de viaje,… están donde nos habían prometido y son idénticos a como éstos nos los mostraban. La foto delante del monumento en cuestión (original o réplica), es el acta notarial definitiva que da fe, tanto de nuestra presencia en lugares remotos y cargados de exotismo, como de la autenticidad de lo que hasta ese momento no era  más que  pura virtualidad. El turismo de masas ha convertido a las culturas pasadas en una caricatura de lo que algún día fueron. Yo, como todo casi todo el mundo, he practicado ese tipo de viajes a los paraísos artificiales del turismo y no me arrepiento de ello; no conmoverse profundamente (a pesar de los cientos de coreanos, japoneses, rusos,...de alrededor y de a pesar de la certeza de la mistificación histórica) al presenciar un amanecer en la ruinas de Angkor Wat, u observando una puesta de sol sobre el Ganges desde una terraza en Benarés, por poner sólo un par de ejemplos, es algo como para como hacérselo mirar. Una escenografía real o una realidad escenificada. Mediocridad histórica restaurada y espectacularizada. Imagen de la imagen. Espejismo marchito. Ruina a estrenar. Reino de lo pre-visto. Existe otro tipo de viajes, sin embargo, que a mí personalmente me interesan mucho más: son viajes a lo desconocido, a lo inesperado; viajes en los que uno simplemente sale a encontrarse con el mundo; viajes donde el "tour operator" no es otro más el azar; viajes donde lo importante no son las arquitecturas milenarias, sino las personas contemporáneas; viajes de los que uno no vuelve igual, en los que crece y se hace mejor persona; viajes en donde te das de bruces con la condición humana y te humanizas por el simple contacto con tus semejantes; viajes donde no te queda más opción que la de ejercer de antropólogo accidental y tomar notas de todo lo que ves y oyes, sin la necesidad de certificar nada, mucho menos de juzgarlo. Acabo de tener la enorme suerte de haber vivido un viaje así. Ha durado solamente cuarenta y ocho horas, pero han sido probablemente las más intensas de mi vida, y sin duda las que más han transformado mi punto de vista sobre determinados temas.

 Como por cuestiones de visado tenía que salir de Taiwán, había comprado el billete más barato posible con la intención de abandonar el país, permanecer fuera un par de días, y regresar a él como un turista más que viene a visitar la isla por un periodo de tres meses (periodo máximo de estancia continuada permitido para los europeos). Tras comentarlo con varios amigos, las posibilidades más económicas para llevar a cabo mi plan se reducían a una sola: billete en compañía low cost a la Base Aérea de Clark, en Ángeles City, Filipinas.

Filipinas es un país aparte, diferente, especial. Ya había estado con anterioridad y la verdad es que me había gustado, especialmente su gente, con esa extraña mezcla de la hospitalidad y el candor tan característicos de los habitantes de Asia, con la viveza y la pasión que aporta la sangre latina. Si a eso añadimos la imaginería de la religión católica, omnipresente, hace que ese lugar resulte un sitio bastante sui géneris. Todo en Filipinas es peculiar y excesivo, desde la contaminación a la comida, desde las armas de fuego (igualmente presentes por todas partes) hasta la lengua, el tagalog, un  idioma tan abstruso como familiar por estar compuesto en un treinta por ciento de palabras españolas: uno está esperando a que el avión despegue, leyendo la interesantísima información recogida en las revistas de las compañías aéreas, y pasando completamente de la azafata (que está explicando esas cosas tan raras como que, en caso de despresurización de la cabina, reprimas tu instinto maternal y te pongas tú primero la máscara de oxígeno antes de ponérsela a tu hijo), hasta que entre tan ininteligible revoltijo de palabras, se empiezan a escuchar algunas que resultan demasiado comprensibles: "aeroplano", "compartimento", "cinturón", "electrónico",… es entonces, cuando uno levanta la cabeza de la revista, mira a la azafata para ver si se trata de un guiño personal, para comprobar, con gran desilusión, que ésta, completamente ajena a ti y a tus orígenes ibéricos, cual felatriz de los aires, ha pasado a hacer como que infla el chaleco salvavidas soplando por un tubo rojo.  La verdad es que, si uno lo piensa, da un poco de pena que, después de casi cuatrocientos años de presencia española en Filipinas, haya quedado solamente un grupo de palabras tan cutres. La culpa la tiene el imperialismo americano (¿hay algo en este mundo de lo que no tenga la culpa el imperialismo americano?), el que, después de la Segunda Guerra Mundial, impuso la enseñanza obligatoria del inglés en las escuelas, prohibiendo con ello la del español.

Tras poco más de una hora y media de vuelo, aterrizamos en lo que, hasta 1991, fue una base aérea estadounidense de vital importancia durante la Segunda Guerra Mundial y la Guerra de Vietnam, la Base Aérea de Clark, hoy perteneciente al Ejército de Filipinas, y cuya pista se ha utilizado para construir un aeropuerto civil a una hora escasa de Manila. Al bajar del avión, bofetada en la cara de trópico en estado puro (esos "Tristes Trópicos", como los denominaba poéticamente el antropólogo Claude Levy- Strauss). El trópico es un lugar genérico, ya que es prácticamente igual en todo el planeta, sin apenas diferencias de un sitio a otro: una luz intensísima; perros anoréxicos que juegan apáticamente a mordisquearse o se huelen el sexo con igual desgana; pollos y gallinas correteando por las cunetas de unas carreteras pesimamente asfaltadas; niñitos jugando en la calle como sus madres los trajeron al mundo; mujeres caminando bajo paraguas de estridentes colores para protegerse de un sol inmisericorde; hombres durmiendo a cualquier hora del día bajo cualquier cosa capaz de  proporcionar una pequeña sombra; ratas del tamaño de un perro pequeño rebuscando en la basura; chicas embarazadas con catorce o quince años, puestos de fruta madura en cuyo néctar reseco se regodean millones de moscas; miles de vehículos para el transporte público con la música a un volumen atronador; sensualidad exudando por cada poro de la piel, sexo sudoroso y furtivo,…Cada vez que voy a Filipinas no puedo dejar de sentirme como se debía de sentir el pintor Paul Gaugin en la Polinesia; con esas mujeres orondas y voluptuosas, de melena negra y brillante que recorre todo el largo de su espalda, y que sin conocerte de nada, te acogen con una sonrisa cómplice y receptora, por el simple hecho de ser foráneo. Como digo, cada vez que llego a ese país tengo la sensación de que, cuando vean mi avión aproximándose a la terminal, las autóctonas van a montarse en sus canoas y van a venir remando a nuestro encuentro, con sus pechos descubiertos y las caras ufanas, para colocarnos collares confeccionados con flores salvajes alrededor de nuestros blancos cuellos, cada uno encima del anterior.

Ángeles City es una ciudad que creció a la sombra de la Base de Clark y, como no es difícil suponer, es, simple y llanamente, una ciudad burdel (de esto ya me había percatado unos días antes de emprender mi viaje, cuando puse "Ángeles City" en Google, cliqueé en el apartado "Imágenes", y vi el panorama con el que me iba a encontrar en breve), como Pattaya o como cualquiera de las que existen en el Sureste Asiático. También a través de un buscador de internet (¿cómo era nuestra vida antes de que existiera internet?, ¿alguien se acuerda?), había localizado un hotel a las afueras (¿a las afueras de qué?, a las afueras de las afueras, supongo) que tenía pinta de ser un lugar tranquilo. Tras pasar el control de inmigración del aeropuerto, hacia allí me dirigí. El camino desde la terminal hasta el hotel fue tal y como me lo había imaginado: una sucesión de pequeños burdeles que no se acababa nunca; putitas adolescentes en sus puertas tratando de llamar la atención de unos clientes occidentales viejos y gordos; pedófilos sentados con algún niño hambriento, en la mesa de un restaurante, esperando impaciente a que éste terminase su plato para subírselo a la habitación, jubilados australianos con la piel quemada por el sol conduciendo motocicletas con menores filipinas viajando en la parte de atrás asidas a sus enormes barrigas,…uno de esas esquinas del  mundo, desoladoras y bastante deprimentes.

 Mi relación con las putas es tan antigua como mi propia vida; nací y pase mi infancia y adolescencia en el céntrico "Barrio de las Letras", un barrio más o menos señorial tiempo ha, y venido a menos durante esa etapa un tanto oscura de la ciudad, que fueron los años del tardofranquismo; últimos sesenta y, sobre todo, los setenta, con la irrupción salvaje de la droga y la delincuencia en una época en la que España se abría al mundo y perdía la inocencia, si es que alguna vez la tuvo, cosa que personalmente dudo (España e inocencia son dos palabras que, por más que lo intente, nunca puedo concebir unidas). No exactamente en mi calle, pero sí en la de al lado, trabajaba un nutrido grupo de "mercenarias del amor", unas veinte o treinta en total. De estas prostitutas se podría decir que pertenecían a algo así como la Tercera Regional de las meretrices: gordas voluptuosas vestidas con minifaldas y medias de rejilla que mostraban unas carnes excesivas y grotescas, yonquis maduras desdentadas por la acción del caballo y los años, alguna que otra africana que, sin duda, llamaba poderosamente mi atención de niño, en un Madrid en el que, por aquél entonces, debían de vivir unos veinticinco o treinta negros en total, y en el  que, las improbables veces en que te cruzabas con uno de ellos, le apretabas la mano a tu madre en un gesto de complicidad, como diciendo "mira mami, un negrito" (es curioso que, con los años, me haya convertido yo en ese "negrito", ese personaje fantasmal y diferente al que los niños asiáticos miran con la misma mezcla de fascinación y sobrecogimiento con que lo hacía yo entonces). Como digo, aquellas mujeres, formaban parte de mi paisaje vital. Cuando iba y venía del colegio, ellas estaban siempre ahí, habitando las esquinas o medio metidas en un portal, quietas, calladas, como formando parte del mobiliario urbano, pasando frío en invierno y calor en verano, esperando la llegada de algún viejecillo recién llegado de la provincia con las palabras "Calle de la Cruz" apuntadas en un papel arrugado, que les comprara un rato de compañía a cambio del dinero necesario para la próxima dosis o la manutención de algún hijo ilegítimo. Jamás me importunaron. Nunca las vi molestar a nadie. La prostitución, elegida como una opción tomada libremente por un hombre o una mujer, nunca me ha parecido humillante ni denigrante (ni más humillante ni más denigrante que cualquier otro trabajo, puede que incluso menos si se ejerce sin ninguna coacción. No entiendo porque vender un rato de compañía y sexo tenga que ser peor que malvender la fuerza de trabajo, sin duda, una muestra más de la moral hipócrita judeocristiana). Lo que me ha parecido siempre la prostitución (quizá por aquella estampa tan desoladora que acompañó mi niñez), es algo terriblemente triste, contrario al goce y la festividad de la carne a la que se supone que está destinada. Las risas y el champán yo no los vi nunca. En cualquier caso, creo que las personas que se dedican a este noble oficio son bastante más interesantes que el resto y poseen una sabiduría especial, la que proporciona el roce constante con las capas más oscuras del ser humano. Como decía el gran actor Fernando Fernán Gómez: "las señoritas son para follar, las putas para charlar con ellas". Absolutamente de acuerdo.

Como soy una persona que, para su suerte o para su desgracia, tiene la extraña habilidad de encontrar siempre lo más raro dentro de lo raro, tras una serie interminable de conexiones entre jeepneys (el medio de transporte por antonomasia en Filipinas; Jeeps militares americanos transformados en furgonetas profusamente decoradas) y triciclos (motos con sidecar), llegué por fin a mi hotel, donde lo primero que me recibió, en el hall de entrada, fue la singular figura de una mujer desnuda, a tamaño real, tallada en una madera muy oscura, casi negra. La mujer estaba en una postura muy sensual, sentada de rodillas con las piernas ligeramente abiertas, la cabeza echada levemente hacia atrás y las manos sobre el pelo, imitando a la legendaria Bo Derek en la película "10, la mujer perfecta". Alguien le había puesto unas bragas y un sujetador, y también una máscara sobre la cabeza, que con su blancura resaltaban mucho sobre la oscura tonalidad de la madera y de la noche que empezaba ya a cubrirlo todo, con esos atardeceres veloces, tan característicos de los trópicos, en los que la penumbra se precipita sobre lo que queda del día en cuestión de segundos. El edificio parecía deshabitado, nadie en la recepción, nadie por ninguna parte, lo que me permitió husmear un poco, y decidir si realmente quería quedarme en un hotel con una pinta tan peregrina, ya que por los alrededores había visto otras opciones que parecían un tanto más "normales". Lo segundo que llamó mi atención, después de la escultura de la mujer, fue la cantidad de carteles, naturalmente escritos en inglés, que había sobre las paredes del hall. Estos carteles en algunas ocasiones se limitaban a dar indicaciones objetivas y frías, tipo: " EL CAFÉ ESTÁ DISPONIBLE PARA LOS CLIENTES DEL HOTEL EXCLUSIVAMENTE DE 7 AM A 11 AM), o directamente órdenes concisas como: "QUEDA ESTRICTAMENTE PROHIBIDO HACER RUIDO A PARTIR DE LAS 10 PM". En otras ocasiones, los carteles transmitían mensajes que se podrían calificar como de jocosos, y contrastaban con la seriedad de los anteriores. Éstos eran del tipo: "¿PREGUNTA USTED POR EL HOMBRE QUE ESTÁ AL CARGO, O POR LA MUJER QUE SABE DE QUÉ VA LA COSA?". Otro consistía en una de esas pegatinas amarillas, con forma romboidal, que se pegan en la ventanilla del coche, en las que pone: "BEBÉ A BORDO", pero en la que la figura del bebé atado a su sillita había sido sustituida por la de una ametralladora M16. Pensé que, sin duda, faltaban algunos clásicos españoles como: "HOY NO SE FÍA, MANAÑA SÍ" escrito sobre una porra, o el no menos desternillante: "ES UN PRECIOSO DÍA, YA VERÁS COMO VIENE ALGUIEN Y LO JODE", una lástima. La tercera categoría de carteles, estaba compuesta por un grupo que se podría denominar como de "mensajes morales"; éstos transmitían recomendaciones éticas a seguir por los huéspedes durante su periodo de estancia en el hotel, recuerdo uno que decía: "TODO LO QUE VEAS Y TODO LO QUE OIGAS AQUÍ, DÉJALO AQUÍ", toda una declaración de intenciones que me produjo una mezcla de preocupación y gracia: preocupación lógica porque, cuando uno va a hospedarse en un hotel, no se supone que tenga que ver u oír nada que no pueda ir luego contando por ahí, y gracia porque me recordaba a esa frase tan lapidaria como estúpida que usan los futbolistas, después de algunos partidos especialmente hoscos, para no tener que dar explicaciones a los periodistas que les preguntan sobre un lance marrullero del juego (un insulto, un pisotón, un escupitajo en la cara, o cualquier otra lindeza tan habitual en ese deporte tan caballeroso), y que éstos suelen zanjar con un contundente y definitivo: "lo que pasa en el campo, se queda en el campo", pues aquí, lo mismo. Otra cosa que me pareció singular de aquel lugar, es que estaban colgados, en la parte alta de la pared, los escudos de todas las armas del Ejército de Estados Unidos, algo sin duda más propio de un cuartel que de un hotel: Cuerpo de Marines, Guardia Costera, Fuerza Aérea, Guardia Nacional,…hasta un total de unos ocho, todos con gran profusión de barras, estrellas, águilas, flechas, y toda la parafernalia imperialista tan del gusto de ese pueblo norteamericano. El que más me impresionó fue uno que decía: "DISABLED AMERICAN VETERANS" ("VETERANOS AMERICANOS DISCAPACITADOS"), sobre cuya superficie había pintada una diosa griega  con los ojos vendados que posaba su espada sobre el hombro de un soldado postrado de rodillas ante ella en clara actitud bendicente (ahora me explicaba la cantidad de sillas de ruedas que había apiladas en una pequeña habitación anexa a la recepción). Como ya habían pasado unos cinco minutos, y por allí no aparecía nadie, decidí tocar una campana que había colgada de una cuerda junto a la puerta de la recepción, que estaba cerrada. Al poco rato, llegó un vigilante de seguridad que volvió a tocar la campana para que viniera el recepcionista, como en un protocolo que tuvieran pactado de antemano. Segundos más tarde, llegó un chico muy joven al que sin duda habíamos despertado, a campanazo limpio, de un sueño profundo que trataba de disimular en un alarde poco convincente de profesionalidad. Abrió la puerta de la recepción y entramos para realizar mi registro. La recepción, que hasta ahora sólo había podido entrever a través de un pequeño ventanuco, era inenarrable, no sólo por la enorme cantidad de carteles que había colgados por todas partes (muchos más que en el hall), sino porque en ella había unas estanterías en las que se exponía para su venta todo tipo de productos, tanto alimentarios como para la higiene personal, la gran mayoría de los cuales no había visto nunca con anterioridad, ni sabía exactamente cuál era su utilidad. Tras un rápido check in, el recepcionista, aún somnoliento, me dio a elegir entre habitación con aire acondicionado o con ventilador. Cuando le pregunté que si el ventilador sería suficiente para dormir cómodamente, me contesto fría pero cortésmente que eso dependía de mí (se conoce que no quería reclamaciones posteriores). Tras pagar mis dos noches de estancia en lo que se prometía como el paraíso, me acompañó a mi habitación y, por el camino, me informó de que el hotel disponía de una piscina. Me pareció advertir que lo dijo con un cierto orgullo. Sobre cada una de las habitaciones que íbamos pasando, había una lucecita, que podía estar en rojo, verde o amarillo, cuya función y códigos de color no me atreví a preguntar a mi transitorio guía (supuse que rojo para las que estuvieran ocupadas o reservadas, verde para las vacantes, pero, ¿y el amarillo?. De todas formas, las que tenían la luz en verde parecían estar igualmente habitadas). Tras recorrer una larga galería exterior, dimos por fin con mi habitación. Fue abrir la puerta, y tras entrar y darle al interruptor de la luz, sentir una sensación de inexplicable de desazón recorriendo todo mi cuerpo (esas veces en que entiendes físicamente lo que significa la expresión: "caérsete el alma a los pies"); era como si todo en ella se hubiera conjurado con el único fin de dar la idea más alejada posible de la confortabilidad y el acogimiento, muy diferente, desde luego, de la imagen que me había hecho a través de las fotos que habían colgado en su página web: una luz fluorescente fría y mortecina (el tipo que inventó la luz fluorescente seguro que era un tipo amargado, sin familia, ni amigos, si no, no me lo explico); sobre la cama, unas sábanas con ciertas zonas más oscuras que otras; la cortina de la ducha llena de moho y medio descolgada, un ventilador impotente, y más cartelitos pegados por todas partes, de entre ellos, el más curioso, uno que rezaba tan surrealista leyenda: "ESTA PROHIBIDO FUMAR EN LA HABITACIÓN. EN CUALQUIER MOMENTO, SE PODRÁ REALIZAR UNA INSPECCIÓN DE LA MISMA; SI ÉSTA HUELE A HUMO, O SE ENCUENTRA SOBRE LAS SÁBANAS O LAS TOALLAS ALGUNA MANCHA DE SANGRE O DE TINTE PARA EL PELO, EL HUÉSPED DEBERÁ DE PAGAR UNA MULTA DE VEINTICINCO DÓLARES". Me resultaba cómico que en un ambiente tan insano como aquél hubiese una cruzada antitabaco tan contundente, lo del tinte para el pelo no me lo explicaría hasta la mañana siguiente. Al menos parecía limpia y habían tenido  el detalle de dejar una pastilla de menta sobre cada una de las almohadas, único signo de hospitalidad en toda la estancia. Tras mostrarme la habitación en detalle (en realidad tampoco tenía mucho que mostrar) y explicarme cómo funcionaba la televisión, el recepcionista cerró la puerta y desapareció. En la televisión estaban poniendo un concurso de niños filipinos imitadores de Michael Jackson (por cierto, niños del mundo: ¿hasta cuándo vais a seguir imitando a Michael Jackson, bonitos?. Cuando uno los ve dando esos pasitos hacia atrás, llevando esos sombreros que les tapan la cara hasta los ojos, esas americanas a las que sus madres han cosido primorosamente miles de lentejuelas plateadas y esos guantecitos blancos que cubren unas manitas que se agitan en el aire sin parar para acabar indefectiblemente agarrando la entrepierna, no puede evitar preguntarse: "¿lo estará haciendo como tributo a su ídolo, o es que el pobrecillo no se ha enterado aún de que "El Rey del Pop" la pichó hace ya casi cuatro años y que su último disco lo sacó hace como doce?". Es tan inexplicable como pensar que un niño de hoy, al jugar con sus amigos al fútbol, en lugar de pedirse ser Messi o Cristiano Ronaldo, se pidiera ser Maradona o Michel Platini. Cosas de niños que a mí, seguramente por no ser padre aún, se me escapan completamente). Otra cosa que me mola de Filipinas es que el deporte nacional son las peleas de gallos, y en los anuncios de la tele, entre champús, mutuas de seguros, y zumos tropicales, se publicita pienso para fortalecer a tan irascibles aves. Me imagino la lista de la compra de un filipino: Coca-Cola, patatas, atún en conserva, papel higiénico, chocolate, pienso para el gallo,…La primera vez que estuve en Filipinas, fui a una pelea de gallos a las afueras de Manila, algo que sin duda le recomiendo a todo el mundo que visite el país (me hice pasar por un fotógrafo de National Geographic, y me abrieron todas las puertas, aunque creo que me las hubieran abierto igual por ser el único turista que había pisado el palenque en todos sus años de historia; ¡estaba todo el mundo más pendiente de mí que de los gallos!. Me acuerdo de que cada poco me traían cervezas, que yo por supuesto no rechazaba, y que al final salí de allí bastante borracho. Fui unas horas antes de coger mi avión de regreso a China y recuerdo que mi mayor preocupación era meterme tanto en el ambiente que acabara perdiendo el vuelo. Por poco lo consigo).

Como en la habitación me estaba dando un cierto bajón, decidí salir a cenar algo y a darme después una vuelta por los puticlubs. Éstos, al menos en la zona en que yo me encontraba, estaban situados a un costado de la carretera principal, y consistían en una hilera de casuchas iluminadas con una gran variedad de luces de colores, tanto en el exterior como en el interior. A pesar de que todos tenían unos nombres muy llamativos y exóticos, tipo "HONEY POT" o "FIRE AND ICE", eran realmente cochambrosos.  A un lado de la entrada de cada uno de ellos, había una chica con minifalda que solía permanecer recostada sobre una silla de plástico cuyo respaldo apoyaba contra la pared, dejando las dos patas delanteras de ésta en el aire; en uno de los dedos, se habían atado una cuerda cuyo otro extremo habían atado al picaporte de la puerta, para poder abrirla sin tener que levantarse, en el remoto caso de que algún cliente quisiera pasar al interior para tomar una copa mientras veía bailar a otras chicas que ejercían de streapers tras una gruesa cortina negra, que colgaba del dintel de la puerta, que imposibilitaba que se las pudiera ver bailar medio desnudas desde la calle. La portera, repanchingada con la cuerda conectando su mano con la puerta, le daba al conjunto un aspecto de indolencia extrema. En uno de estos prostíbulos, vi una cosa bastante sorprendente: a unos dos metros de una de estas "prostituta-portera", había un gato sentado. Lo gracioso es que el gato estaba sentado como lo hacen las personas, con el culo sobre el suelo, la espalda apoyada en la pared y los brazos caídos. Además, el animal tenía la mirada perdida en el infinito, como si le hubiese sentado mal alguna droga y hubiese salido del local para tomar un poco de aire. Presentaba un aspecto tan humano que resultaba gracioso e inquietante a partes iguales ("trop bizarre", como dicen los franceses). A las putitas no había por donde cogerlas, eran como esas niñas que, aprovechando la ausencia de sus madres, han tomado su tocador y el maquillaje que éste contiene al abordaje y se han dedicado durante una hora o más a dejarse la cara hecha un adefesio. Todas tenían una estatura muy baja, alrededor de un metro cincuenta o puede que incluso menos, y la piel muy morena. Cada vez que pasaba por delante de uno de estos "Girls Bar", que es como se los conoce allí, y no hacía el menor ademán de querer entrar, alguna de las chicas que trabajaban fuera del local animando al público a entrar, me preguntaba a voz en grito: "¿where are you going, sir?", como diciendo: "pero adónde vas, insensato, ¿no ves que en ningún sitio vas a estar mejor que aquí con nosotras?". Yo, indefectiblemente, rechazaba la invitación con una sonrisa un tanto forzada, o les preguntaba el precio de una copa para mostrar con ello un interés que en realidad no existía, y marcharme acto seguido. Al principio, pensé que su insistencia por mí se podía deber a que por allí, entre tanto carcamal tripudo, yo les debía parecer todo un Yorch Cluni, pero luego me di cuenta de que sus reclamos sonaban mecánicamente a mi alrededor, y yo no era para ellas más que un turista más al que sacarle algunos pesos, en nada diferente del resto. En una de las isletas de la autopista adyacente, estaban tres de estas chicas "atractoras" tratando de llamar la atención de los conductores que por ella circulaban; para ello, se habían puesto una de esas bandas que llevan las misses en los concursos, y en las manos llevaban unas luces parpadeantes (como las que se colocan en la parte trasera de la bici) que agitaban frenéticamente en dirección al local que las pagaba por hacerlo. Como todo estaba adquiriendo ya un tono más onírico del estrictamente necesario, tras continuar brevemente mi paseo, y un poco deprimido ante la certeza de que aún tenía que permanecer un par de días más en ese lugar, me volví cabizbajo al hotel, pasando otra vez por delante de todos y cada uno de los burdelitos por los que lo había hecho minutos antes, desde los que las putas que me acababan de invitar a pasar, extrañadas por mi rápida vuelta, me volvían a preguntar con la misma indiferente voz: "¿where are you going, sir?". "Al hotel", contesté yo en un par de ocasiones. Todavía no sé muy bien porqué. Como si a ellas les importara en lo más mínimo el destino de mis pasos tristes. En mi camino de regreso, me crucé con algunos americanos y australianos de unos sesenta y tantos bebiendo en los bares, algunos en grupos de dos o tres, otros solos y, al verlos, no pude evitar preguntarme qué es lo que podría llevar a un ser humano a elegir voluntariamente acabar sus días en un lugar como ese. Tras un rato sopesando pros y contras, no encontré ninguna explicación que me pareciera mínimamente plausible.

 A la mañana siguiente, me desperté con los primeros rayos de sol y salí de mi habitación lo antes posible. Fue entonces cuando mi sorpresa fue mayúscula; ¡no sabía muy bien si me encontraba en un hotel o en una residencia de ancianos!, ("¿me habré equivocado de edificio?", pensé). De todas y cada una de las habitaciones, iban saliendo tipos muy mayores, militares americanos retirados (supe luego), que tenían pinta de vivir permanentemente o de al menos pasar largas temporadas en el hotel (ahora me explicaba lo de los escudos y también lo del tinte para el pelo del cartelito). La mayoría salía de su cuarto del brazo de una joven filipina que, debido a su provecta edad, les trataba más con los cuidados de la enfermera que era, que con los mimos de la amante que se suponía debía ser. Algunos se trasladaban en sillas de ruedas empujadas por sus jóvenes novias locales. También había algún que otro estadounidense joven. Uno muy fornido, con melena pelirroja recogida en una coleta, una poblada barba y un tatuaje, sobre su colosal brazo, de una cruz gamada sobre alambre de espino, se me acercó muy amigablemente y me dijo, como si nos conociéramos con anterioridad, que se iba a otro hotel porque ese era muy ruidoso y no había podido dormir bien la noche anterior. Yo le dije que había visto uno con muy buena pinta, muy tranquilo y barato en la otra punta de la ciudad (Nazis Raus!!!). La verdad es que entre los veteranos reinaba un ambiente de máxima cordialidad y una educación casi exquisita, como si de lores ingleses se tratara; todos me daban los buenos días o, al menos, me miraban con cara de aprobación. Sólo había uno, completamente borracho, que estaba dando la nota y que se me acercó para decirme que a lo mejor me debería afeitar; "probablemente", le contesté yo, a lo que él reaccionó estallando en una sonora carcajada, al considerar mi respuesta de lo más ingeniosa y divertida. A continuación, me dio su móvil para que marcara el número de su novia filipina (ya que las lamentables condiciones en que se encontraba le impedían hacerlo personalmente). Cuando ella contestó la llamada, lo primero que le preguntó con preocupación fue que dónde había pasado la noche y que dónde se encontraba en ese momento, a lo que el americano borracho le contestó que ese no era su problema y, tras preguntarle si había podido entrar en su casa o no, le cortó. Yo no daba crédito de todo lo que me estaba pasando en tan breve periodo de tiempo, una cosa disparatada detrás de otra, como en las películas de los Hermanos Marx. Luego bajé a la recepción y pregunté dónde podía tomar algo para desayunar. Un recepcionista, diferente al de la noche anterior, me dijo que fuera al VFW, que se encontraba en un anexo al edificio del hotel. A mí eso del VFW me sonaba como a fondo para protección de la naturaleza o algo así pero, en seguida, me di cuenta de que las siglas en realidad correspondían al acrónimo de "VETERANS OF FOREING WARS" ("VETERANOS DE GUERRAS EN EL EXTRANJERO") y que no era otra cosa que una especie de club de oficiales que habían montado allí los viejos para reunirse y comentar las batallitas (nunca mejor dicho) de cuando servían en Corea o Vietnam en un ambiente ideal para ello. Al entrar en el club, tenías la sensación de salir automáticamente de Filipinas para entrar en la América profunda. Era como estar en un bar de Alabama en el que lo único que desentonaban eran las camareras sudasiáticas. Aquí la parafernalia militar estadounidense se hacía ya excesiva, casi insoportable: retratos enmarcados de los altos mandos del Ejército del Aire de Estados Unidos; fotos de aviones F-14 volando en escuadrón, firmadas personalmente por los pilotos; cartelería de guerra con consignas propagandísticas que infundían ardor guerrero incluso a los tipos más cobardes o más antibelicistas, como es mi caso (un águila de cabeza blanca delante de una bandera yankee con la leyenda: "THESE COLORS DON´T RUN" ("ESOS COLORES NO HUYEN"), recuerdo que fue uno de los que casi me empuja a alistarme). Me sentía como si estuviera haciendo de extra en la parte decimoquinta de "Top Gun", en la que los estudiantes para piloto hubiesen cumplido ya los ochenta años de edad. El tablón de anuncios estaba divido según tres categorías: eventos, reuniones y entierros (este último es el que más mensajes contenía, lo cual no es de extrañar teniendo en cuenta la edad de los socios de tan singular club). La verdad es que, si la noche anterior no podía entender las razones de una jubilación dorada en lo que a mí me parecía el lugar más próximo al infierno, en este club me di cuenta de que, en realidad, era mucho mejor pasar los últimos años de vida junto a los compañeros de armas, cuidado por una filipina paciente y cariñosa, que en un desabrido pueblo de Iowa, con Jack Daniel´s por única compañía. Tengo que reconocer que, poco a poco, le estaba cogiendo el punto al sitio y hasta me comenzaba a encontrar a gusto en él. Después de desayunar me dirigí a la piscina para darme un baño. La piscina y el bar que estaba a su lado, podían haber estado perfectamente en California o Florida. Tomándose unas cervezas en la barra, había tres americanos como de unos cuarenta años con las cabezas rapadas al cero. Tenían pinta de contratistas de una de esas empresas que dan cobertura al ejército estadounidense cuando está llevando a cabo una de sus guerras imperialistas en alguna parte del globo, Halliburton, por decir una. Uno de ellos trabajaba en su pequeño ordenador portátil mientras hablaba con los otros dos de las gilipolleces de las que suelen hablar los americanos, y que, cuando se encuentra fuera de "América", consisten básicamente en despotricar, por una razón o por otra, contra todos los países a los consideran tercermundistas, con frases del tipo: "¿has estado en Bolivia?, joder, los baños apestan allí, tío" (seguramente confundiendo Bolivia con cualquier otro país de su entorno). De los americanos siempre me ha llamado la atención dos cosas: la primera es la enorme facilidad que tienen para socializar entre ellos; es verse, y surge una camaradería a primera vista que les puede llevar a conversaciones (absolutamente estúpidas e inanes) de horas. La segunda, es comprobar cómo la gente más cretina que existe sobre el Planeta Tierra, lo gobierna desde hace casi un siglo. Para mí sólo hay un pueblo más imbécil e inculto que el americano y es precisamente el que  parece estar llamado a sucederle como superpotencia mundial, lo que confirma mi teoría de que cuanto más estúpido sea uno, más probable es que alcance el éxito en esta vida. Visto lo visto, me subí a mi habitación, donde pasé el resto del día escribiendo (tengo que reconocer que, por un momento, jugué a creerme un verdadero escritor maldito, como mis admirados Roberto Bolaño, Charles Bukowski, o Raymond Carver, ordenando notas en la habitación sombría de un hotel decadente perdido en la espalda del mundo).

 Por la noche, volví a salir para comer algo y darme otra vuelta por los antros de perdición (la oferta cultural de Ángeles City se limita al streap tease, nada de conciertos de música barroca, ciclos con la filmografía de Antonioni, o performance experimental, qué le vamos a hacer). Después de cenar, camino de regreso al hotel, pasé por delante de un bar que me pareció un tanto diferente del resto, desde el que me llamó una chica que también parecía distinta. El bar se llamaba "A TOUCH OF CLASS" y, a juzgar por la pinta que tenía, no parecía que se tratara simplemente de un reclamo publicitario, un título retórico sin más puesto únicamente con la intención de atraer a una clientela más o menos selecta, por otro lado, inexistente en el lugar. Si algo estaba pidiendo Ángeles City a gritos, era precisamente un toque de clase, aunque fuera diminuto como este bar. En verdad, se trataba de un local muy pequeño pero realmente distinguido, con una decoración que hacía que pudiera perfectamente haberse encontrado en la zona más exclusiva de Hong Kong, Tokio o Singapur: botellas de vinos muy caros sobre estanterías metálicas de las que salía una agradable luz azulada, una música muy suave y una barra de vidrio negro con taburetes de diseño más o menos moderno. Por supuesto, dentro no había chicas bailando, sólo un par de camareras bastante atractivas y ningún cliente a esa hora, por lo que me decidí a acercarme para echar un vistazo. La chica que se me acercó en la calle para darme la publicidad e invitarme a pasar era terriblemente bella, nada que ver con el resto; dulce, discreta, bastante tímida. Cuando estábamos hablando todavía fuera del bar, de repente, me vi rodado por un grupo de niños que se abalanzaron sobre mí, mientras me metían la mano en todos y cada uno de los bolsillos que llevaba para tratar de robarme la cartera. Ella, rápida de reflejos, como un ángel de la guarda, me agarró de la muñeca y me metió al interior del bar, disculpándose  acto seguido por el incidente con los niños, en el que ella, de hecho, no había tenido ninguna responsabilidad. Una vez dentro, comenzamos a charlar mientras tomábamos una cerveza. Me contó que era de Manila, que tenía veintiún años y que durante los últimos dos había compaginado su trabajo de camarera con el de modelo (me mostró las fotos que guardaba en su móvil y que le había hecho un fotógrafo de Hong Kong; me quede petrificado, eran unos retratos un tanto comerciales pero en los que el fotógrafo había conseguido transmitir un nivel de sensualidad sorprendente, por otro lado, algo no muy difícil con semejante cara y con ese cuerpo menudo pero tan bien perfilado). No hablaba mucho, básicamente contestaba a mis preguntas y se reía, al hacerlo se tapaba la boca con la mano. Luego estuvimos hablando de su trabajo; me dijo que era camarera pero que por una cierta cantidad de dinero se iba al hotel con los clientes aunque fueran viejos ("first to come, first to serve", recuerdo que me dijo con una sonrisa de resignación cuando le pregunté si no le daban asco). Todo esto lo decía sin el menor atisbo de drama, aceptándolo sin más, con una dignidad extrema, que había hecho extensible a todas las demás chicas de Ángeles City (y acaso a las del resto del mundo que ejercían su misma profesión), a las que, a partir de ese momento, yo ya no vería nunca más como "putitas", sino como las chicas que son, con sus anhelos y sus problemas, sus esperanzas y sus miedos. Sus palabras y la actitud con que las decía, las había humanizado a todas de golpe, y en mí, había cambiado su percepción para siempre. Luego me contó que había tenido varios novios extranjeros y también varios tutores. Por tutores, se refería a tipos que la visitaban periódicamente y le hacían regalos (móviles, joyitas, flores,…), una especie de benefactores. Uno de esos tutores era un médico vietnamita que trabajaba en Estados Unidos y venía a verla aproximadamente una vez al mes, pero con el que ya había perdido el contacto. Me dijo que, la última vez que estuvieron juntos, cuando él se volvió a Estados Unidos, dejó pagada una semana más la habitación del hotel donde se habían estado quedando para que ella pudiera permanecer allí sin hacer nada, relajándose. Camille, que así es como se llamaba, decidió entonces traer a su familia de Manila para que todos pudieran disfrutar del regalo del tutor vietnamita (la historia me pareció realmente conmovedora y hermosa, y reconozco que se me hizo un pequeño nudo en la garganta cuando me lo contó). También me dijo que lo que buscaba realmente en un hombre no era ni dinero, ni regalos caros, sólo que la tratara como a una princesa (me hizo gracia que utilizara esa expresión porque me vino inmediatamente a la cabeza la película de Fernando León de Aranoa), que prefería los regalitos baratos pero hechos con verdadero cariño. Parecía tan fácil una vida feliz al lado de Camille. Cuando terminé mi cerveza y una vez que sentí que ya no teníamos nada más de qué hablar ( y había quedado suficientemente claro que ni ella trabajaba gratis ni yo pagaba por sexo), ella presintió que me marchaba, entonces fue a un cuartito del que volvió con un papelito de color lila que metió en el bolsillo de mi camisa. En él había anotado su dirección de correo electrónico. Al despedirnos, nos dimos un abrazo y un fugaz beso en los labios. Me marché sin mirar atrás. A lo lejos, a unos diez o quince kilómetros de Ángeles City, se divisaba una tormenta con gran aparato eléctrico. En mi cabeza continuaba sonando el "Time after time" de Miles Davis.

 


Publicado el 2 de Marzo, 2013, 11:20



Hoy, mientras permanecía sentado en un banco de uno de los parques de la apacible Taipei, he observado a mi lado un acontecimiento tan contradictorio como hermoso por raro. Las hojas secas de los árboles, arrancadas de sus ramas por una leve brisa de aire templado, caían sobre flores recién estrenadas. A tal incongruencia estacional no sabría si clasificarla como primatoño u otoñera, lo único que sé, es que como una hora después, me he enamorado muy profundamente de una mujer.


Publicado el 2 de Marzo, 2013, 11:17



Mi nueva vida en Taiwán es tan fácil y llevadera comparada con la que he llevado durante los dos últimos años en ese enorme manicomio con forma de país llamado China, que he decidido llevar(me) a cabo pequeños actos a modo de sabotaje, con la única finalidad de no perder la noción de incondicional incomodidad, delirante exasperación y mala hostia permanente, a las que estaba ya tan acostumbrado, y que sentía como parte intrínseca de mi existencia. Dichos actos auto lesivos varían según el humor en que me encuentre en un día determinado; a continuación, una lista con algunos de los que he realizado en el  último mes: desinflarme las ruedas de la bicicleta (especialmente si llego tarde a algún sitio); meterme tierra en los bolsillos; apuntarme con un pequeño espejo a la cara cuando voy caminando para que el reflejo del sol me ciegue los ojos, y perder la referencia de dónde me encuentro; rociar con agua las sábanas antes de meterme en la cama; formatear el disco duro del ordenador sin guardar nada antes; al prepararme la comida, añadir pequeñas cantidades de productos para la limpieza; si encuentro alguna cucaracha por la calle (cosa más que frecuente en Asia), cogerla con sumo cuidado, subirla a casa y depositarla detrás de mi nevera; situarme justo detrás del tubo de escape de los autobuses cuando espero a que se abra un semáforo, respirar hondo cuando arrancan; desconectar la manguera de la lavadora del desagüe al que vierte el agua sucia, y provocar así una pequeña inundación; poner cinta aislante en la célula fotoeléctrica del ascensor para impedir que se cierren las puertas cuando lo quiero usar, y tener que subir por las escaleras; mezclar basura orgánica con basura reciclable y luego separarlas pacientemente; comprar a través de internet billetes de avión que no voy a utilizar, cancelarlos y realizar los trámites para que me devuelvan el dinero (poner algún dato erróneo  para que se complejice más todo el proceso); acudir apresuradamente a lugares a los que no necesito ir por ninguna razón; solicitar y aceptar trabajos que no pienso realizar; comprar libros que no voy a leer; echarme novias a las que no voy a querer; hacer amigos a los que no voy a llamar,…la verdad es que no es exactamente lo mismo, pero se parece tanto que casi no lo extraño.


Publicado el 20 de Enero, 2013, 7:58



Para Carmen.

No trabajo dos horas y media al día, y el resto del tiempo lo paso haciendo surf en el acantilado que está a los pies de mi casa de cuatrocientos metros cuadrados por la que pago una cantidad irrisoria al mes. Mis jefes no son seres bondadosos y comprensivos, sino unos explotadores sin entrañas. Aquí no siempre brilla el sol, de hecho, llueve casi todos los días. No puedo responder a qué me dedicaba cuando vivía en Madrid porque, en realidad, no recuerdo que me dedicara a nada en concreto. No tengo un grupo de amigos locales por los que daría la vida llegado el momento, ni ellos por mí, tampoco. Con la comunidad de expatriados no mantengo ningún tipo de contacto, ni tengo el más mínimo interés en ello. No consigo recordar una sola cosa que eche de menos de la ciudad palurda que me vio nacer. No como cosas nauseabundas por el simple hecho de que mis "anfitriones" las consuman con deleite. No sé cómo qué barrio de Madrid sería el barrio en el que vivo ahora, supongo que como ninguno. Ni he llegado aquí siguiendo a un amor, ni con la intención de propagar las dudosas virtudes del jamón ibérico y la sangría, abriendo un tugurio de comida española. No tengo nada claro acerca de mi futuro, ni siquiera tengo nada claro acerca de mi presente. Los fracasos se suceden sin solución de continuidad, y los éxitos son tan esporádicos e insignificantes que apenas me percato de ellos y, cuando lo hago, ya se han transformado nuevamente en un fracaso.

Casi todas las noches, antes de acostarme, atenazado por la angustia, me pregunto si seré un verdadero madrileño por el mundo o no, pero, de momento, lo único que puedo asegurar es que yo, sintiéndolo mucho por Sabina y su legión de fans, ni me bajo en Atocha, ni me quedo en Madrid, ¡qué depresión, madre mía!.